Pobrecitos

  • La pobreza no es una excusa que ampare el incumplimiento de la ley. Las normas que nos rigen deben ser observadas por todos, cualquiera sea su condición social.
  • La crisis de los carreros en Salta

Hace ya muchos años, un cobrador callejero de estacionamiento en Salta discutió con un automovilista por la forma arbitraria en que el primero rellenaba la boletita. Al verse acorralado, el cobrador le dijo a su víctima: «¡Claro! Ustedes siempre tienen razón y nunca nosotros los pobres, que tenemos que hacer esto para vivir».


El automovilista, sin perder la calma, le dijo: «No se haga el pobrecito, porque usted no está mendigando sino que me está cobrando un impuesto».

En Salta, la pobreza no solo cobra sino que también paga. Declararse pobre -sobre todo cuando uno no lo es- acarrea unos enormes beneficios, que solo son equiparables al hecho de declararse aborigen o «pueblo originario» para acceder a la propiedad de la tierra, a subsidios y generosos tratos con el gobierno.

Pongamos las cosas un poco más claras aún: Si al Concejo Deliberante se le ocurriera decir que a partir del 5 de agosto de este año las camionetas 4x4 y las Toyota Hilux no podrán circular por las calles de Salta, inmediatamente los zorros grises saldrán en bandada a colocarles un cepo y las harán arrastrar por la grúa hasta el canchón.

Y lo harán con un enorme placer, con júbilo contenido, pues en la actuación de inspector de tránsito hay siempre un cierto resabio de «revancha de clase».

Ninguno de sus propietarios les dirá a los agentes: «Mire, esta camioneta es 'mi fuente de trabajo', mi mujer y mis ocho hijos comen de lo que produce este vehículo. Déjeme seguir circulando, por favor». Y aunque lo dijeran de rodillas frente al patrullero, los agentes le levantarían la camioneta como «cerote en pala».

Otros, por supuesto, sintiéndose poderosos, intentarán humillar al inspector diciéndole con prepotencia: «Esto no se va a queda así. ¡Usted no sabe quién soy yo!». Muy diferente es si usted es carrero y está violando una ordenanza municipal. Si se le acerca un agente de tránsito dispuesto a incautarle el caballo, el carro y la mercancía, sacará usted el carnet de pobre y le dirá al canita: «No dispares, hermano. Somos pobres tú y yo». Y el inspector, al ver que en los contactos del teléfono móvil del carrero no aparece el número del Ministro de Gobierno, replegará su talonario, perdonando la vida y la fuente de trabajo del hombre.

Moraleja: la ley no es igual para todos, como dice el artículo 16 de la Constitución nacional. La eluden tanto el pobre como el rico. Unos con unas armas y otros con otras.

Pero eso no sería tan grave si no existieran canas dóciles y bondadosos que perdonan las multas (otros que se dejan apretar y doblan las rodillas ante el poder) y dejan en ambos casos que las leyes se sigan violando alegremente.

Si la ley dice que no debe haber más caballos tirando de carros por la calle, es que la ley debe cumplirse cualquiera sea la condición social del cochero. No porque sea o parezca pobre ese ciudadano circula por las calles con un carnet que le autoriza a saltarse las leyes como le dé la gana.

La pobreza -qué duda cabe- es una calamidad. Pero más grave que eso es dejar de cumplir con las leyes o extorsionar al Estado para que no se apliquen. Si cumplimos todos las leyes por igual es posible que algún día se pueda derrotar a la pobreza. Si dejamos de cumplirlas, no acabaremos con la pobreza jamás.

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