
La Juana Figueroa -recientemente calificada como «mujer descocada» por un prominente periodista de Salta- va camino de ser una de las devociones populares que más traslados físicos ha sufrido a lo largo de su corta historia.
Cincuenta y tantos años después de su muerte violenta a manos de su celoso marido (Fierrito Heredia), el pueblo llano veneraba a la Juana Figueroa en la aristocrática esquina de las calles Virrey Toledo y Paseo Güemes. En aquel entonces, el canal de desagüe pluvial discurría a cielo abierto y dividía la ciudad antigua de un espacio abierto a los pioneros delimitado por el fétido canal por el Este y el Cerro San Bernardo por el Oeste.
Más tarde, cuando la zona se convirtió en un elegante barrio residencial, los nuevos moradores vieron con bastante poca simpatía que el culto cuasirreligioso a la mujer infiel por antonomasia tuviera lugar en sus propias narices. Entre las presiones de los vecinos moralistas y el posterior cierre del canal, la Juana Figueroa fue confinada a un hueco oscuro y tenebroso del mismo canal de desagüe, pero más cerca de «las orillas».
Por cierto, los vecinos de la zona lograron un poco más adelante que casi en el mismo lugar que la gente más humilde veneraba a la Juana Figueroa se colocara el busto de Roberto Tavella, el primer Arzobispo de Salta, que en un primer momento se erigió en la rotonda de Limache, con la cara del prelado mirando hacia el bajo, lo que no le hizo mucha gracia a la curia local, que presionó para que el busto fuera colocado a pocos pasos del Club 20 de Febrero.
Pero volviendo a la Juana, no se debe olvidar que para rendir respetuoso homenaje a la mártir popular abatida por el famoso «fierrazo», los devotos tenían que jugarse la vida. Ello era así porque para colocar una simple vela había que descender prácticamente hasta el lecho del canal y para llegar a éste había que esquivar como toreros sin muleta a los bólidos que descontrolados atravesaban -y aún atraviesan- la zona desde y hacia Villa Mitre, pasando por Villa Las Rosas.
Durante muchos años el santuario de la Juana Figueroa fue un lugar que parecía hacer honor a la oscura fama de la protagonista de la historia. Paredes llenas de hollín, flores decrépitas, más sebo que parafina, y un olor característico conferían a ese lugar una personalidad única e irrepetible.
Un devoto de la Juana se percató de esta situación y en base a su trabajo y con sus propios recursos acometió una obra de adecentamiento físico de la cripta, que incluyó su traslado del otro lado del canal. Su encomiable esfuerzo fue considerado como una forma de acudir al rescate de la memoria de esa «mujer descocada» a la que se atribuyen unos milagros fantásticos.
A pocos pasos del canal, el señor Ernesto Maciel -el devoto al que nos referimos- instaló bancos (no del tipo de Macro sino esos menos capitalizados que sirven para sentarse), colocó plantas, plantó árboles y dos farolas para iluminar, lo cual, para decirlo sin rodeos, incomodó en cierta medida a otros devotos que siguen considerando que la Juana Figueroa es sinónimo de hollín, sebo barato y calas hediondas.
Pero don Maciel no se arredró y ahora, en base a su devota perseverancia, ha conseguido que la Municipalidad de Salta lo autorice a trasladar la cripta desde el lado occidental de la avenida Yrigoyen (próximo a la calle Abraham Cornejo), al lado oriental, en el espacio que hay allí próximo a la calle Nuestra Señora de Talavera, la misma que pasa por el frente del cementerio de la Santa Cruz.
Maciel ejercerá ahora su protectorado sobre la Juana Figueroa a título de «padrino del espacio público» y a su cargo tendrá la limpieza y el cuidado del lugar. La Municipalidad de Salta ha prometido que le brindará apoyo (le dirá: «¡Fuerza Ernesto! lo estás haciendo muy bien») y le proporcionará «el recurso que necesite para tal fin».
Una vez que el lugar, de la mano de Maciel, florezca como la autoridad municipal espera, estaría bueno que el diario que publicó aquello de que la Juana Figueroa era una «mujer descocada» dé marcha atrás y ofrezca unas discretas disculpas a sus miles de seguidores.