Tercera elección del Gobernador de Salta: ¿Jubilación o beatificación?

Al revés de Dios (que está presente a un mismo tiempo en todas partes), el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey tiene la extraña virtud de estar ausente de todos los lugares a un mismo tiempo.

Al mandatario salteño muchas veces se le ha criticado su falta de apego al trabajo, pero estas críticas han sido en su mayoría injustas e infundadas. La poca dedicación a sus tareas específicas no es producto de la pereza sino de su tercera elección como Gobernador.

Es normal que cuando un ciudadano resulta electo por tercera vez para un cargo tan importante como el de Gobernador, y con una cantidad de votos capaz de quitar el hipo a cualquiera, el elegido sienta que tiene a los salteños en un puño y que puede dirigirlos solo con mover los ojos. Que puede hacer con ellos lo que se le antoje.

Llega un momento en que la popularidad es tan intensa, tan brutal y tan irrevocable, que gobernar es casi un insulto. El elegido piensa y cree que del gobierno deben ocuparse otros (mucho menos populares que él) y que su tercera elección representa una suerte de beatificación, de ascenso a los altares. Una especie de mando de «manos libres», pero en versión mística.

La tercera elección normalmente desliga al Gobernador de los asuntos corrientes de la administración de la Provincia, traslada sus pensamientos a otra escala y coloca sus inquietudes en otros territorios. Solo para evitar el aburrimiento y el hastío.

Cuando el Gobernador se deja ver por estas tierras polvorientas es para ser llevado en volandas, sacado en procesión o reverenciado por los niños de las escuelas, esos que flexionan las rodillas y agitan banderines ante su augusta presencia.

¿Quién en semejantes condiciones podría acercarse al Gobernador y decirle que su casa se está viniendo abajo o que no tiene para darle de comer a sus hijos? ¿Quién podría hacerlo sin cometer al mismo tiempo un pecado de sacrilegio?

Un Gobernador en su primer mandato podría dar algunas soluciones prácticas para ayudar a paliar estos problemas. Pero un Gobernador que va por el tercero solo puede hacer sobre el necesitado -y a prudente distancia- la señal de la Santa Cruz. El que espera de él un gesto diferente, quizá más humano, comete un acto «contra personam sacram».

La tercera elección representa, en fin, un montonazo de tiempo libre, una jubilación ancha, pacífica y bien remunerada, a una edad muy conveniente. En el caso del Gobernador de Salta no debe verse en esta abundancia de leisure time una falta democrática o un exceso mayestático, sino pensar en ella como el tiempo necesario que necesita el buen sabio para crear aquellas maravillas del espíritu con las que todos nos deslumbraremos.

¡Alabado seas!