
La reciente visita a Salta del expresidente de facto Eduardo Duhalde y los elogios en los que se deshizo hacia su anfitrión, el gobernador Juan Manuel Urtubey, han quedado en la volátil historia de lo efímero.
Pocas horas después de que Duhalde contagiara su entusiasmo a la probable candidatura presidencial de Urtubey por el peronismo disperso, el hombre que llevó a cabo la devaluación de la moneda nacional más brutal y dolorosa de que se tenga memoria e implantó el famoso «corralón», ha dicho que «su» candidato a Presidente de la Nación no es Urtubey sino el economista filoperonista Roberto Lavagna, quien ocupó la cartera de Economía durante los gobiernos del mismo Duhalde y de Néstor Kirchner.
El anuncio de Duhalde no ha tomado por sorpresa a los peronistas, pero sí al entorno de Urtubey, casi el mismo día en que el mandatario salteño recibía en la Provincia de Mendoza un fenomenal baño de humildad, en forma de reproche abierto a su tibieza con Macri y su visceralidad antikirchnerista, que, como de todos es sabido, data de hace muy poco tiempo. Mientras recibía las quejas de quienes él creía eran sus potenciales aliados, Urtubey no levantó la vista del suelo.
Quienes habían interpretado el paso de Duhalde por Salta como un espaldarazo del poderoso conurbano bonaerense a las aspiraciones de Urtubey se equivocaron por varias cuadras. El peronismo, en sus infinitas variantes, no termina de percibir al Gobernador de Salta como uno de los suyos y lo sigue encasillando en la categoría de frailones ultranacionalistas.
A pesar de los notables esfuerzos que ha hecho Urtubey para despegarse esta etiqueta (con la boca pequeña ha abrazado la causa del aborto, se ha declarado católico no practicante y se ha vuelto a casar una vez divorciado por lo civil), buena parte de la grey peronista y del progresismo vernáculo ha visto al «verdadero» Urtubey retratado en las palabras de su hermano Rodolfo, el senador nacional que saltó a las páginas de los principales diarios del mundo por haber sostenido en un debate parlamentario que hay violaciones que se perpetran «sin violencia».
Los apoyos con que cuenta Urtubey de la izquierda se limitan a Salta, en donde su generosidad permite vivir con cierta holgura a feministas orgánicas, militantes de la diversidad sexual y otros grupos minúsculos, que al mismo tiempo reclaman el protagonismo excluyente de la vida política y social de la Provincia. En otras partes del país estos mismos colectivos parecen haberse unido en el rechazo hacia la figura de un Gobernador que no ha logrado convencer de la sinceridad de sus repentinos y radicales cambios de postura sobre asuntos importantes para el país.
El tiempo se agota, pero no el combustible que mueve las turbinas del avión de la Provincia de Salta, que nerviosamente sigue dejando su estela blanquecina en los cielos del sur (y también en el Paraguay) mientras su principal pasajero busca sin suerte los apoyos que él cree que le hacen falta para lanzar de una vez su cacareada candidatura a Presidente de la Nación.