
Durante años me he ocupado de escuchar, con cierta atención (con la que se merece) el discurso público del Gobernador de Salta. Pienso que todos los ciudadanos tenemos la obligación y el derecho de hacerlo, porque es una dimensión de nosotros mismos como personas la que se encuentra -o idealmente debería encontrarse- reflejada en el discurso de los gobernantes.
Si queremos controlar al poder (otro ideal de difícil consecución) no queda más remedio que penetrar en esa jungla de palabras que normalmente forma el lenguaje de los políticos. En mi caso, he procurado hacer este trabajo sin prejuicios, sin esquemas mentales previos y solo iluminado por mis débiles conocimientos de teoría política. Tengo que reconocer, sin embargo, que al cabo de un tiempo -una especie de periodo de gracia- solo he conseguido aproximarme al pensamiento verbalmente expresado del Gobernador de Salta con desconfianza y recelo. Pienso que lo suyo, en este plano tan delicado de su trabajo que es la comunicación pública, no es un servicio al ciudadano sino una forma de imponer sensibilidades y visiones del mundo que contradicen frontalmente la idea de ciudadanía.
No voy a decir que el Gobernador de Salta tiene un discurso hueco, porque sería exagerado. Creo sin embargo que su forma de exponer los problemas, su forma de contar las soluciones que se propone poner en práctica y hasta su forma de dirigirse al público es superficial algunas veces y falaz la mayoría de las veces. Como dice un personaje de las novelas de Rafael Chirbes, «la buena letra es el disfraz de las mentiras».
Creo que el gobernador Juan Manuel Urtubey abusa de este recurso. Hablo del disfraz, pero también hablo de las mentiras. Si en sus once años de ejercicio cómodo del poder el Gobernador de Salta ha acumulado alguna deuda esta es la de decirle la verdad a los ciudadanos.
Urtubey no es directo, ni transparente, ni honesto (en el sentido que los angloparlantes le dan a esta palabra). Su obsesión por controlar el poder e incrementarlo, al mismo tiempo que lo ha alejado de los ciudadanos, lo ha colocado en un lugar desde donde es muy difícil apreciar la realidad. Y ya se sabe: quien se aleja de la realidad tiende a perder de vista el estado del alma humana, especialmente el de la propia.
El lenguaje actual del Gobernador de Salta -dejando de lado las malas palabras, que más que humanizarlo lo degradan- conforma una maraña engañosa que tiene como fin último que sus comprovincianos se crean que todos los males que padecen son culpa de otros, que generalmente viven fuera de Salta. Se puede decir que el lenguaje es superficial, vacío y sanatero, pero de ningún modo que carezca de sentido, pues lo tiene y solo hay que tomarse el trabajo de encontrarlo.
Aunque parezca contradictorio, el endiosamiento de su figura es interior (es una cuestión de autoestima hipertrofiada) y no se refleja en el discurso, que pretende a veces ser empático, sin conseguirlo. ¿Quién podría creerle al Gobernador cuando se dice concernido por la conmovedora lucha por la subsistencia que libran cientos de miles de comprovincianos suyos, mientras él, gobierna desde los aviones, se toma vacaciones en Europa y aumenta la familia sin que a ninguno de los suyos le falte nada?
Otra parte de la población percibe que el Gobernador ha entrado en una etapa de su vida en la que no existen los valores y menos los ideales, salvo que entendamos por tales sus apetitos de figuración y poder. Urtubey no sabe -y si lo sabe, bien lo oculta- que aspirar es fracasar y que para fracasar hay que empezar por ser sinceros y no disfrazar con palabras los grandes tropiezos para hacerlos pasar por éxitos rotundos. Quizá sea un poco tarde para preguntarse ahora por qué un político prometedor ha acabado sin valores, pero este normalmente es el precio que pagan quienes en su vida han extraviado el norte, quienes han perdido sus puntos de referencia moral, quienes han aceptado tocar la música de una partitura que cualquiera podría considerar despreciable.
Las palabras complicadas, las prolijas, las sonoras, las que no tienen un significado preciso pero son agradables al oído o desafían nuestro entendimiento son ideales para enmascarar una realidad como la que intento describir. A Urtubey se le ha pasado el tiempo de gobernar y ya no puede imaginar -y menos aún poner en marcha- soluciones a los problemas comunes. Lo suyo ha pasado a ser pura inspiración y no inclinación hacia un oficio, hacia un arte para el cual él disponía de ciertas dotes.
Pero a las cualidades naturales hay que alimentarlas para que no se sequen. Un político eficaz se carga en contacto con la realidad y no escapándose de ella en sueños siderales. Un político se construye leyendo, escuchando a personas muy diferentes. Así, de esta forma, quienes nos gobiernan aprenden -aunque sea solo de forma intuitiva- del instrumental que le proporcionan los demás. Mirarse a sí mismo es la mejor receta para no mirar lo que nos rodea.
Muchas veces se ha dicho que al Gobernador de Salta no le gusta trabajar. Y algunos tienen razón cuando lo dicen, porque en la comodidad en la que está instalado -que no es solo un mérito suyo sino también de la oposición política que le deja hacer, a veces con resignación y otras veces con apoyo explícito- el esfuerzo, el sufrimiento, el fracaso, los intentos repetidos por salir adelante son imposibles. El buen día de los buenos gobernantes comienza desde cero, como lo hacen los jugadores que se acercan a la ruleta.
Las buenas palabras, el discurso fluido y mediático sirven para construir una imagen a corto plazo, pero si todo el arsenal verbal que se desgrana ante los focos de la vanidad se aleja de la verdad y se utiliza para escamotearle al ciudadano sus herramientas de control, no valen de nada. Solo contribuyen a la degradación de la política, en la medida en que impiden a los ciudadanos pensar. Para políticos livianos como Urtubey, un pueblo que piensa es peligrosísimo, pero es hora de que nos vayamos dando cuenta de que un pueblo que deja de pensar se vuelve inútil o insoportable.
Como digo, ya es tarde para pedirle a nuestro Gobernador que sea simple y directo con sus discursos, que diga cosas sensatas que sirvan a los demás, con independencia de que lo que dice le pueda servir a él o no. Pero nunca será tarde para exigirle que se preocupe porque sus comprovincianos -los que lo han elegido para gobernar- participen de la construcción del país; es decir, que no se les excluya de los asuntos que les conciernen, colocando al discurso político, a la ética o a la polémica fuera del alcance de los demás.
Siempre estaremos a tiempo para que una persona que ha extraviado su estrella guía vuelva a poner sus pies sobre la tierra. Solo será demasiado tarde cuando alguien, desilusionado e impaciente, en vez de hacer serenos llamados a la reflexión y a la cordura, decida bajar al ángel de su nube de un certero hondazo.