Urtubey, la 'renovación dirigencial' y el techo de cristal

  • Conviene no engañarse: no puede ser partidario de la renovación dirigencial quien alimenta con dinero público a los gauchos tradicionalistas de Salta, los mismos que desde hace casi dos siglos vienen ejerciendo una influencia exorbitante sobre la sociedad, sus costumbres y sus instituciones.
  • Un nuevo disfraz, bastante antiguo
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Para algunas personas resulta bastante chocante escuchar al Gobernador de Salta hablar en el extranjero de «renovación dirigencial», como si la idea supusiera una especie de revolución conceptual de la política.


Como tal idea, la de la renovación de las elites es tan antigua como la humanidad misma y no supone una sorpresa para nadie. Menos, para los que están ya cansados de ver en la escena pública a las mismas caras de siempre. Sucede en casi todos los países del mundo, tanto en las dictaduras como en las democracias, y viene sucediendo así desde que Brutus apuñaló a César, o incluso desde antes.

Pero hay que intentar ser comprensivos. Muchas de las cosas que Urtubey deja escapar por la boca están relacionadas con el «guión» que le ha escrito ese compacto equipo que conforman sus estrategas de campaña y sus asesores de imagen. Unos y otros parecen olvidar que Urtubey (Juan Manuel) lleva casi un cuarto de siglo haciendo ruido en la política lugareña, ocupando puestos de responsabilidad y dejando el tendal de gente insatisfecha por doquiera que vaya. Para los merchandisers hay diferencias ontológicas entre lo que Urtubey es y lo que dice que es, pero intentan que no se note.

Es legítimo y razonable que los ciudadanos duden de que Urtubey esté sinceramente preocupado por la «renovación dirigencial». Y si lo está -dicen- será la de los otros, porque él se ha propuesto durar todo el tiempo que le sea posible, sin apenas renovar su discurso o retocar su robótica apariencia.

Pero como sucede en muchas situaciones que a primera vista parecen incomprensibles, antes de cerrar el asunto colocándole la etiqueta de absurdo, conviene darle una oportunidad a quien formula el juicio extravagante y hacer el esfuerzo por entender racionalmente lo que se propone.

Lo que quiere decir Urtubey con «renovación dirigencial» es que se ha topado de pecho con que el establishment peronista no lo deja avanzar ni llegar a donde se propone. No importa la edad del dirigente. El enemigo de Urtubey es el sistema.

De repente, el Gobernador de Salta se encuentra con un techo de cristal; es decir, con un cielo por encima de su cabeza que parece estar al alcance de su mano, pero que sin embargo tiene un obstáculo físico, apenas visible, que de ningún modo se puede traspasar.

El techo de cristal obliga a Urtubey a respirar el mismo aire que los demás y a resignarse a ocupar el lugar que el peronismo quiere que ocupe. De hecho, si alguna utilidad tienen los techos de este tipo esa es la de asegurar la pervivencia de la mediocridad organizada. Para romperlo hay que estar en posesión de cualidades extraordinarias, pero también vivir en un momento histórico propicio a las grandes transformaciones; y el peronismo -por lo que se ha visto y se ve- no parece interesado más que en seguir siendo lo que es y lo que ha sido siempre, a pesar de la esporádica aparición de líderes «renovadores» y muy poco «renovados», como Urtubey.

Hablar de renovación dirigencial y ponerlo a Obama como excusa o pretexto es un poco peligroso, porque si algo caracteriza al anterior presidente norteamericano es que, a pesar de su juventud, ha encajado con cierta deportividad el que su sucesor en el cargo sea quince años mayor que él y que represente a un sector de la sociedad estadounidense que no está dispuesta a cambiar sino a todo lo contrario; es decir, vivamente interesada en volver hacia atrás.

Lo que realmente quiere Urtubey -para pasar todo en limpio- es quitarse del medio a los que no lo dejan avanzar, sea en nombre de la renovación o sea en el de cualquier otro principio. Si el Gobernador de Salta pudiera, reeditaría en la Argentina la Noche de los cuchillos largos, pero es consciente de que una purga de esta naturaleza se le podría volver en su contra en cuestión de pocas horas.

Conviene no engañarse: no puede ser partidario de la renovación dirigencial quien alimenta con dinero público a los gauchos tradicionalistas de Salta, los mismos que desde hace casi dos siglos vienen ejerciendo una influencia exorbitante sobre la sociedad, sus costumbres y sus instituciones. No puede presentarse ante los ojos de sus conciudadanos como un «renovador» quien ha demostrado que sus políticas y su visión del mundo están más cerca de Donald Trump que de Barack Obama. La Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes es para Urtubey lo que la Asociación del Rifle es para Donald Trump. No puede haber sinceridad en las palabras de quien se aferra al cargo de presidente del Partido Justicialista de Salta como a un clavo ardiendo, y en quien se ha esmerado en erigir cuanto obstáculo ha considerado necesario y oportuno para evitar que este partido crezca, evolucione y se actualice.

En el argot, a veces «renovar» no significa otra cosa que quitarse del medio a los que están por encima de uno y no nos dejan tocar el cielo con las manos.

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