
Cualquiera con un poco de experiencia en el mundo de la política -que no es sino la epifanía evidente del más ancho mundo de las ideas- sabe que el pensamiento humano mejora continuamente y que, en política, una idea buena que se presente un día como «superadora» puede, a su vez, ser superada al día siguiente, con bastante facilidad.
Decir por tanto que se está a la espera de una construcción «superadora» del pensamiento para dar un gran salto, significa que la espera será eterna. Quizá un poco menos duradera, pero bastante parecida a la de aquel obsesivo consumidor que se resiste a comprar el último iPhone por creer que pronto aparecerá uno nuevo y mejor. Los iPhones, como las ideas políticas, no dejan de evolucionar y de «superarse» las unas a las otras, y a velocidades cada vez más vertiginosas.
Pero para alcanzar la tan ansiada superación, en política, se requieren algunas condiciones, entre objetivas y subjetivas.
Para empezar, es necesario poner las ideas en orden, puesto que esto es lo que permite hacer análisis estructurados de la realidad actual y del resultado en el futuro, si es que tenemos la suerte de que nos dejen poner en práctica nuevas ideas. Desde luego, no vamos a conseguir el orden sino la confusión si en vez de presentar nuestras ideas de una forma limpia, secuencial y entendible, lanzamos un día un mensaje y al siguiente el mensaje totalmente contrario en materias que resultan decisivas para que los demás se formen una idea sobre nosotros. Esto no es tener las ideas «en orden», sino su exacto opuesto.
Por otro lado, suponiendo que nuestras ideas estuvieran en orden, el segundo requisito de la evolución del pensamiento es la correcta comunicación. Es decir, que seamos capaces de expresar nuestras ideas de una manera que resulte fácil de entender por los demás. Especialmente en política, si abusamos de términos como «lógica», «sustentabilidad» u «obturación de la democracia» (por solo citar algunos ejemplos), nos aseguramos de que el pensamiento, en vez de evolucionar, se estanque o se vuelva confuso y, por tanto, inútil.
Y si por ventura alguien consiguiera hacer las dos cosas anteriores, se requeriría finalmente una capacidad personal muy desarrollada para poner a funcionar las ideas «superadoras», y eso -aunque no se crea- entraña una dificultad añadida.
Superar por superar carece de mayor sentido si con las ideas pretendidamente nuevas y mejores a las conocidas hasta el momento no conseguimos conmover la realidad, transformarla de raíz o, al menos, proporcionar elementos para que nuestras ideas sean reelaboradas y «superadas» por otros que no se parecen a nosotros ni están de acuerdo con lo que decimos o queremos. La capacidad personal, es por tanto, clave para llevar la evolución de las ideas a donde se pretende.
Debemos tener en cuenta que las palabras que diariamente emplea una persona (esas inesperadas traidoras) y las acciones que realiza (que a menudo traicionamos con nuestros actos contradictorios) son el reflejo y el espejo de los pensamientos, sentimientos y emociones de esa persona; forman parte de su conducta y definen su personalidad.
Es dudoso incluso que hasta el más capaz y preparado de los hombres pueda alcanzar la cima del pensamiento transformador si con sus palabras, sus acciones y sus gestos ha dado muestras sobradas de un fino talento para traicionar y traicionarse, así como de una vocación permanente de derrota y abandono frente a los principales problemas que le ha tocado enfrentar.
En tales casos, lo «superador» puede entenderse simplemente como un íntimo y vehemente deseo de abandonar la desidia y la indolencia para empezar a preocuparse por el prójimo. «Superarse a sí mismo» siempre es posible, incluso para aquellos que han hecho de la contradicción y del abandono de las responsabilidades una seña distintiva de su vida.
Más complicado, sin dudas, es «superar» a los demás, cuando quien se lo propone solo ha cometido errores en aspectos clave de los procesos mentales que conducen a la creación del pensamiento, como la percepción de impresiones, la formación de representaciones, el raciocinio, los conceptos, el lenguaje, la imaginación o la creatividad. El hombre del campo diría aquello de «difícil que el chancho silbe»,
Así como ciertas ideas y ciertas personalidades, por su excelsa calidad, son «insuperables», en el mejor sentido de esta expresión, hay otras que son «insuperables», no personas diferentes, sino por quien se propone superarlas, y no precisamente por su particular calidad o pertinencia, sino por todo lo contrario.