
Hay por lo menos un millar de argumentos, entre políticos, sociológicos y económicos, que sirven para demostrar que el peronismo es en realidad un esfuerzo constante por hacer pervivir ideas y formas de vida propias de los antepasados.
Sería muy fácil y poco riesgoso exponer aquí estos argumentos, aunque sea desordenadamente; porque diseccionar al peronismo y descolgar una fruta que pende del árbol a poca altura son acciones que presentan un grado de dificultad similar. El error básico del peronismo -perfectamente asumido por quienes se dicen peronistas- consiste en confundir las épocas y situar su visión de la sociedad, de su relación con el Estado, su idea de la libertad, de la ciudadanía y del disenso democrático, fuera de su época.
Las razones por las que el peronismo pervive -o, mejor dicho, resiste- sin actualizaciones doctrinarias desde hace casi cincuenta años están vinculadas precisamente a la confusión de épocas. Las elaboraciones teóricas de Perón -las últimas datan de comienzos de los años setenta del pasado siglo- contienen una interpretación del mundo que en las décadas posteriores se ha revelado equivocada, no solo para el porvenir que había previsto el anciano general sino para el mismo momento en que fueron formuladas.
Pero una cosa es pensar que el peronismo pueda sobrevivir a duras penas con elaboraciones teóricas efectuadas por Perón en sus últimos años y otra cosa bien diferente es creer que todo el desfase temporal del peronismo, sus enormes lagunas filosóficas y su deriva histórica, puedan ser corregidos, en solo unos pocos meses, por un personaje del limitado vuelo intelectual de Juan Manuel Urtubey.
Ni Urtubey es Perón, ni Pichetto es el doctor Figuerola y mucho menos Isabel Macedo es Eva Perón.
En manos de los tres -y de alguno más- el «charming peronism» no es más que un delirio cuya agitada confusión mental, su absurdo y su incoherencia, se alimentan del sueño electoral en el corto plazo. Un peronismo encantador y renovado es, en el fondo, una contradicción en los términos, una empresa fuera del alcance moral de quienes dicen estar llevándola a cabo.
Es de imaginar que el peronismo -como sucede con cualquier otra fuerza política con cierta solera- no se transforma ni se renueva en un día, con un solo clic, y que quienes se proponen hacer una cosa como esta vienen, desde hace tiempo, ensayando nuevas formas de vincular algunas cosas fundamentales, como la relación del ciudadano con el poder, la de este con el territorio, la del mundo con nuestra realidad nacional.
Permítaseme repasar, en la menor cantidad de líneas que me sea posible, algunos de los gestos políticos más importantes del «peronista encantador» por antonomasia, del renovador de las ideas y de las prácticas del movimiento político de base popular y obrera fundado por Perón allá por 1945.
Alianza con la iglesia católica. En los once años de gobierno que lleva en Salta, Juan Manuel Urtubey ha sellado una sólida alianza con sectores ultraconservadores del clero local (una alianza «nueva y eterna»). La enorme influencia de la Iglesia en los asuntos públicos de Salta ni siquiera se puede comparar a la que tenía en la época de Perón, sino que se retrotrae incluso al medioevo. Es decir que, si juzgamos al peronismo de Urtubey por su relación con el clero, se podría decir que el suyo, más que un peronismo del siglo XXI es un peronismo del siglo XVI.
Algunos hechos confirman sin lugar a contradicción la existencia de esta alianza de gobierno: 1) la continua transferencia de recursos económicos del Estado salteño a la Iglesia local (en forma de donaciones inmobiliarias pero también de transferencias directas de dinero); 2) la vista gorda que hizo el Arzobispo de Salta cuando Urtubey, divorciado por lo civil, contrajo nuevas nupcias; y 3) la tibia reacción de la dirección eclesiástica ante el sorpresivo giro del Gobernador en materia de abortos.
El nivel de desprotección social de los trabajadores en Salta. La provincia que gobierna Urtubey no solo es una de las más pobres de la Argentina, una de las que más ha expandido el empleo público improductivo, sino una de las que tiene una tasa más elevada de trabajo no registrado. El trabajo no declarado por el empresario representa la peor forma de desprotección a los trabajadores. Hasta la fecha, ningún gobierno peronista en el país había llegado a estos extremos. Volviendo a los siglos, se podría decir que niveles parecidos de miseria y desprotección en la clase obrera solo se habían alcanzado en las factorías inglesas de 1830, sobre las que teorizó Marx.
El gobierno machista. Durante el gobierno de Juan Manuel Urtubey la cifra de mujeres muertas violentamente ha aumentado de forma exponencial. En todo este tiempo, el gobierno provincial ha carecido de un discurso, un enfoque o una política que, en sintonía con los tiempos y la evolución de las sociedades, promoviera a la mujer y la protegiera ante las amenazas contra su vida, su desarrollo personal o sus derechos cívicos. Juan Manuel Urtubey hizo el intento -no se puede negar- de aliarse con unas aficionadas entusiastas, supuestamente feministas, que hacen el papel de esos ecologistas que contratan los grandes contaminadores del planeta para simular un inexistente compromiso con el medio ambiente. Resultado, el supuesto «peronismo del siglo XXI» ha abocado a la mujer en Salta a una ciudadanía incompleta, a una minoría de edad duradera y con pocos derechos.
El crecimiento de la desigualdad social. En Salta no solo ha aumentado la pobreza de forma escandalosa desde que el «peronista encantador» se hizo con todos los resortes del poder. También ha aumentado, y de forma mucho más preocupante, la desigualdad social, la brecha que separa a los más ricos de los más pobres. Fuera parte de un vago discurso sobre la «movilidad social ascendente», en casi once años, Urtubey no se ha preocupado jamás por la cohesión social, por la fractura demográfica o por las insostenibles asimetrías entre territorios. Si la creciente desigualdad alimenta sus posibilidades electorales, no hay que tocarla. Probablemente en esto consista verdaderamente el peronismo del siglo XXI: en hacer que los pobres se distancien cada vez más de los ricos y la sociedad se parta en dos.
El estancamiento productivo de Salta. Contrariando las bases doctrinarias del peronismo más prístino, el gobierno de Juan Manuel Urtubey ha destruido el aparato productivo de Salta, cuya eficiencia ha caído en picado desde 2007 y hoy no da ninguna respuesta a las expectativas y necesidades de los salteños (una mayoría de ellos vive de subsidios encubiertos). El crecimiento del gasto público, la ineficiencia creciente de los servicios que presta el Estado, una política fiscal regresiva y técnicamente antigua han propiciado el avance incontenible del sector público sobre un sector privado, condenado a la prebenda, a la marginalidad tecnológica y territorial y a la falta de competencia.
La destrucción de las instituciones de Salta. El peronismo jamás se ha caracterizado por su pasión por la democracia, pero al menos tenía claro que sin instituciones fuertes su modelo de sociedad es inviable. En los pasados once años, Urtubey se ha encargado de fortalecer a la única institución que le interesa (él mismo) y ha debilitado casi todas las demás, incluidas aquellas, como el Poder Judicial, que son clave para asegurar la vigencia de las libertades de las personas. Las esporas del peronista del siglo XXI han colonizado el mundo judicial y lo han puesto al servicio de sus apetitos personales, dando la espalda a los ciudadanos.
La entronización de la frivolidad. Hasta hace unos tres años, Urtubey era un político confuso pero, en líneas generales, serio. Hasta que un clic personal en su vida lo ha convertido en un personaje mal hablado y peor obrado que exhibe sin pudor aspectos de su vida familiar que deberían permanecer en la intimidad, no tanto por él o por sus próximos, sino por el derecho que tienen los demás a no enterarse de algunas vulgaridades. De un tiempo a esta parte, el personaje ha tomado el relevo del político y si bien ello parece haberle favorecido en sus aspiraciones presidenciales, la frivolidad le ha hecho un daño tremendo a la Provincia de Salta.
Como ya se ha dicho antes, se podrían llenar páginas y páginas con detalles, más pequeños o más grandes, que demuestran que el «peronista encantador del siglo XXI» es todo menos un peronista moderno. Sin embargo, pensamos que es conveniente detenerse aquí, por el momento.
Conviene retener, no obstante, que el reaccionario, a la vez que siente nostalgia de un tiempo idealizado y lo obsesiona la amenaza de un apocalipsis inminente, a menudo piensa que él encarna al nuevo revolucionario y que son suyos los tiempos por venir.
Quienes, por conveniencia, nos obligan a vivir en una época a la que no pertenecemos, a menudo se esfuerzan por presentarse ante sus congéneres como «renovadores del pasado», «rescatistas de las esencias» o «virtuosos reformadores». Siempre conviene desconfiar de ellos, pero en algunos casos muy señalados, lo único que se puede hacer es huir de ellos como de los áspides más venenosos.
El que quiera, puede creer, lógicamente, que el peronismo se puede renovar, que puede ser encantador y amable, si se lo propone. E incluso puede pensar que Urtubey es la persona más indicada para hacer cosas como estas. Pero a quien albergue una mínima duda acerca de la sinceridad de sus intenciones, solo le basta echar un rápido vistazo sobre las principales decisiones que Juan Manuel Urtubey ha adoptado en sus años como Gobernador de Salta. Solo un poco es suficiente para darse cuenta de que quien hoy se ofrece como el salvador del peronismo en el futuro no ha hecho más que destruir todo lo poco de bueno que el peronismo pudo haber logrado en sus azarosos setenta y pico años de existencia.
Say no more!