
Juan Manuel Urtubey ha descubierto en las últimas semanas que para poder ser candidato a Presidente de la Nación, en los meses que restan para las elecciones, debe hacer exactamente todo lo contrario a lo que hizo en Salta durante los últimos once años.
Presa de un ataque inesperado pero aparentemente bien coordinado de relativismo moral y pragmatismo jurídico, el mandatario ha convertido a Salta en un tremedal ingobernable, con lo cual ha demostrado, una vez más, que, en sus manos, los salteños no son sino cobayas, animalitos de laboratorio que le permiten ensayar sobre un escenario real la opera buffa de su aventura nacional.
Ayer, cuando justificó la derogación del malhadado Decreto 1170/2012, que tradujo al lenguaje jurídico sus preferencias morales y las de un grupo de ultras salteños de los que él no está demasiado lejos ideológicamente, Urtubey se olvidó de decir que aquella norma no fue producto solo de las presiones de la extrema derecha local sino también de su precipitación como el gobernante inexperto que fue y sigue siendo.
Debió el Gobernador de Salta recordar ayer que lo suyo en 2012 representó una clara insumisión a la decisión «irrefragable» de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; es decir, una especie de «insurrección» como le gusta decir a ese puñado de veteranos que ahora parecen enamorados de la Constitución de Salta, después de haber aplaudido cuanto golpe de Estado hubo en la Argentina.
Los periodistas locales, tan bien documentados como siempre, se olvidaron de desempolvar aquel archivo WAV en el que Urtubey negaba a la sentencia de la Corte cualquier eficacia erga omnes, argumentaba que el tribunal federal solo había decidido un caso entre miles y que el deber de su gobierno era analizar los abortos no punibles «caso por caso» y no bajo la luz de los criterios generales (demasiado laxos y permisivos para él) establecidos por el tribunal.
El acierto jurídico del moralista salteño duró nada menos que seis largos años, lapso en el cual el análisis «caso por caso» se convirtió en una formidable aplanadora burocrática que logró disuadir a quién sabe a cuántas mujeres de usar de su derecho, porque ya se sabe que la religión -así como el sentimiento gaucho- están en Salta por encima de cualquier cosa que pueda decir la ley u ordenar las sentencias de los tribunales.
Luego de haber convertido a Salta en una isla en la materia, y a los salteños en rehenes -otra vez- de los silenciosos hombrecitos de guardamonte y sotana, Urtubey ha declarado ahora que su deber es el de «gobernar para todos». Pero ¿es que no lo era también en 2012, en 2016, en 2009 y en 2007? ¿Por qué ahora y no antes?
Después de que los sondeos hayan dicho que los irlandeses -nada menos que ellos- han decidido apoyar la reforma de su legislación sobre el aborto, también influída por la religión (aunque, a diferencia de Salta, por unos curas un poco más «rosaditos» que los nuestros), solo queda en pie para dar la batalla la indómita Nicaragua, porque en Salta, finalmente, el Gobernador ha tenido que dar su brazo a torcer.
Y no lo ha hecho porque en un mal sueño el ángel de la muerte se le haya aparecido para revelarle que erga omnes no significa lo que él cree y que el Código Penal y las sentencias de la Corte Suprema federal no se «reglamentan» del modo tan libérrimo en que él lo ha hecho hace seis años, sino porque un grupo de feministas ruidosas (más ruidosas y bastante más inteligentes que las de Salta) lo han puesto a Urtubey al borde de un ataque de nervios, en solo una semana y media.
Peligraba su popularidad nacional y con ella su candidatura presidencial, de modo que rápidamente había que cortar por lo sano, y en este caso, el hilo se cortó por lo más delgado (en términos nacionales) pero por lo más gordo (en términos locales). Monseñor Bernacki, que tendrá pocos pelos en su curtida testa cafayateña pero en la lengua seguramente ninguno, salió como un toro de Victorino a leerle la cartilla al antiguo alumno de la Escuela Parroquial que se erige a la vera del varias veces reventado Corredor de la Fe. Más tarde, otro obispo, con menos pelo aún pero con más mando, le pegó el tirón de orejas de su vida, aquel que debió de haberle dado el 24 de septiembre de 2016, cuando el antiguo alumno parroquial consumó su ofensa a la sacra institución matrimonial.
Y así, enfundado en su abrigo austriaco, después de haber dejado a Salta confundida y con dos palmos de narices, el hombre se tomó el avión para Misiones, en donde casi nadie sabe cuántos otros conejos va a sacar de su chistera.
Muchos esperan que las mismas alas que lo llevaron a la capital misionera lo transporten a Ushuaia y allí anuncie el fin del voto electrónico en Salta; o que se pose con su helicóptero-buitre en la plaza Lavalle de la ciudad de Buenos Aires y grite a los transeúntes que, como su obligación es la de «gobernar para todos», ha ordenado a su Fiscal de Estado que promueva la revisión de la condena de Santos Clemente Vera.
Mañana es incluso posible que se traslade a Los Gatos, California, para anunciarle a los directivos globales de Netflix que lo de ponerle un impuesto a las suscripciones fue solo una «joda» de su Jefe de Gabinete y que en Salta, Netflix, al igual que sucede con los extractores de litio, tiene extendida una larguísima alfombra roja, como la que solía pisar Harvey Weinstein junto a esos bellezones a los que acosaba, antes de salir esposado de una comisaría de Nueva York.
De aquí hasta las elecciones presidenciales del año que viene, todo es posible que suceda en Salta. Es cuestión de sentarse, esperar... y disfrutar, como si estuviésemos viendo una serie (gratuita) de Netflix.