
Es preocupante -desde el punto de vista psicoanalítico- la obsesión del diputado nacional Andrés Zottos con las obras. El 95% de su actividad política se revuelve alrededor del cemento, lo que lleva a preguntarse si no arrastrará un déficit congénito de hierro en la sangre, que le aviva esa pasión incontenible por el encofrado.
Cuando el pequeño Andrés vio la luz en la tórrida Tartagal, sus padres advirtieron que el mocete ya llevaba casco y overol al asomarse al mundo. Su misión en la vida estaba poco menos que cantada; si no desde su nacimiento, desde el momento en que le regalaron por primera vez un kit del popular juego infantil Mis Ladrillos.
Al desembarcar en la política, Zottos advirtió que, más que ideas y moral, lo que faltaba era concreto y paleta, de modo que se puso manos a la «obra», de cara al objetivo de convertir a nuestra democracia en una gigantesca hormigonera.
Sin dudas es sarcástico y paradójico que, siendo Zottos el «maestro mayor de obras» por antonomasia de la Cámara de Diputados de la Nación y del Mercosur en su conjunto (por no hablar de la ortodoxia ecuménica), sea otro colega suyo (de cabellera algo más pinchuda) el que aparezca con una pala en el hemiciclo.
Pero su pasión -la de Zottos- tiene unas ciertas características que la hacen única. Zottos no construye. Se limita a «pedir» obras, como si alguien las guardara en un canasto a la espera de que se haga la hora del reparto.
Da igual qué obra sea (un palo de luz, un pico de agua, un cordón cuneta, un polideportivo). A Zottos le interesa ver en los terrenos incultos esos carteles tan llamativos en donde aparece el nombre de la empresa constructora, el del ingeniero en jefe y el del presupuesto asignado. Aunque si por él fuera, borraría el plazo de ejecución, porque nunca se cumple. Como el Fondo de Reparación Histórica, que él bendijo desde el púlpito, pero que no reparó, que no hizo historia y -recientemente también se ha descubierto- no tiene fondos.
Últimamente, y tras la sospecha de que su jefe Urtubey inaugura decorados (como las ciudades Potemkin), los carteles viven mucho más tiempo que las obras, que, o no se realizan o se levantan en el mismo tiempo que le llevó a Felipe II y a su familia erigir el Monasterio del Escorial.
Pero Zottos, erre que erre, agacha la cabeza y tira para adelante. Lo importante no son las libertades ni el bienestar sino las obras. Sin obras no hay política; sin obras ni siquiera hay hombres: solo hormigas en un hormiguero.