Urtubey y su viaje sin final por todo el arco cromático del peronismo

  • Mientras que el mundo espera por horas que la Argentina se desembarace de una vez del peronismo, algunos, como el Gobernador de Salta, se empeñan en reclamar una vida extra para una forma de entender y de practicar la política que a los argentinos les ha costado y les cuesta un ojo de la cara, en libertades, pero también en pesos.
  • Fanáticamente yo

En 2007, poco después de ganar sus primeras elecciones a Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey dejó boquiabiertos a quienes hasta entonces habían aplaudido su osadía de enfrentar en las urnas al correoso aparato romerista. Lo hizo en la Legislatura provincial salteña, en donde frente a legisladores, periodistas y ciudadanos ansiosos por escuchar un mensaje nuevo, el recién elegido, sin que nadie se lo pidiera, se proclamó como «fanáticamente peronista».


Entendió Urtubey hace 11 años que lo que Salta necesitaba para superar su fractura social era «peronismo fanático», lo que se podría entender como un peronismo más apegado a sus propias contradicciones, más cerca del «descamisado» que aquel peronismo descafeinado y sin alma que lideró, durante largos años, su antecesor y mentor político, el gobernador Juan Carlos Romero.

Para poner en acción su «fanatismo», y para diferenciarse de las formas algo exquisitas de Romero, Urtubey se pegó como una lapa a los Kirchner -también peronistas- que de a poco fueron llenando de contenido ideológico lo que Urtubey concibió en un primer momento como una gran tinaja vacía, en la que poder meter un poco de esto y otro poco de aquello.

El experimento lo colocó en un incómodo lugar de la izquierda, en donde, a decir verdad, Urtubey jamás se sintió incómodo del todo, pues sigue siendo una realidad que el nacional catolicismo que abrazó el peronismo en la década de los 60, después de haberlo demonizado en la década anterior, logró sintetizar lo mejor de la ultraderecha criolla con los sueños delirantes que eclosionaron en violencia un poco más tarde de su mortal abrazo al peronismo.

Urtubey vivió opíparamente de las rentas de los Kirchner -políticamente hablando- y se identificó con ellos, con la misma fe y la misma convicción que exactamente diez años antes había profesado a Menem, el hombre que hizo Ministro del Interior a su tío carnal Julio Mera Figueroa.

El fanatismo perokirchnerista le duró a Urtubey hasta el fracaso electoral de Daniel Scioli a finales del 2015. Pese a haber ejercido como la «pata peronista» de la amarillenta candidatura de Scioli, Urtubey pensó que perder, y de aquella forma, no era algo que le iba a hacer bien a su carrera política. Y decidió explorar un terreno hasta entonces vedado a cualquier buen peronista (cortado por la tijera nacionalista) que bien se precie: las relaciones con Mauricio Macri.

Mal no le fue del todo, hasta que, por supuesto, comenzó a irle mal a Macri. Primero Menem, más tarde Romero, luego Scioli, más tarde Cristina Kirchner (en ese orden) y, al final, Macri. Urtubey solo parece hacer buenos amigos entre la gente que no atraviesa dificultades. El que las padece, o se enfrenta a su ocaso, es sistemáticamente abandonado por este aliado que parece pegado con cinta scotch, de la mala.

No antes de haber recorrido todo el variado y rarísimo arco ideológico peronista y a la vista de que el «fanatismo» de 2007 sumió a su Provincia en la peor miseria que hasta el momento se conozca, Urtubey ha decidido ejercer -frente a Macri y frente al mundo- de «peronista amable»; es decir, no fanático.

Pero ¿es esto posible? ¿Cómo alguien que se ha mostrado en las peores tabernas de la adoración pagana al peronismo puede, así de la nada, dar el salto y convertirse en un peronista pragmático y flexible?

Hay que convenir que el peronismo -que acogió a los Urtubey en los años 70 desde las aromadas profundidades de las sacristías- es flexible por naturaleza y que dentro de él cabe casi de todo, como en cajón de sastre. Pero la flexibilidad -cualquier flexibilidad, no solo esta- tiene un límite y muchas veces ese límite está fuera de nuestras fronteras.

A poco más de un año para que en la Argentina se celebren elecciones presidenciales, casi nadie en el mundo entendería la vuelta del peronismo al poder, sobre todo después del gran alivio que ha experimentado el mundo democrático occidental con el gobierno de Macri, a pesar de sus graves contratiempos. Los disfraces tampoco son infinitos, de modo que a Urtubey -que ha agotado la paciencia de los encargados de vestuarios- ya no puede disfrazarse de más personajes. O muestra su verdadero rostro o está perdido.

Para presidir el gobierno de un país como la Argentina no solo se requiere talento y dinero, sino también un sólido aparato internacional, porque el respeto de los demás líderes del mundo no es cosa que se adquiera dando saltos de pelele en un pequeño territorio, ni es algo que se conquiste en base a glamour. Hace falta demostrar al menos dos cosas: 1) lo que el candidato se propone hacer por su propio pueblo (en el caso de Urtubey, hace falta también explicar por qué Salta está como está después de sus once años de gobierno), y 2) lo que la Argentina piensa aportar al mundo democrático que la rodea.

Reivindicándose peronista (sea de Romero, sea de Menem, sea de Kirchner o sea del Papa) nadie podrá conseguir ninguna de estas dos cosas, y el país, nuevamente, estará condenado al encierro, única condición probadamente eficiente para que ciertas cosas funcionen en la Argentina.

Dicho en otras palabras, que el precio que debemos pagar por el peronismo (tanto por el bueno como por el malo) es normalmente altísimo para los amantes de la libertad, para la gente más pobre, para los desasistidos, para los que viven de un sueldo y para los que necesitan que la cultura del mundo los penetre y los transforme para sentirse seres humanos útiles y vivientes.

Pero, incluso para hacer eso (para volver al pasado), el peronismo más rancio tiene hombres y mujeres mejor preparados y políticamente más honrados que Urtubey. Y Urtubey lo sabe, de allí que quiera hoy aferrarse a lo poco que tiene como a un clavo ardiendo.

Es decir, que el que se autoproclamó en 2007 «fanáticamente peronista» no ha abandonado el terreno de juego del fanatismo porque, después de mucho cavilar, parece haber descubierto una verdad que, hasta ayer, solo se le aparecía en sus sueños más húmedos: que es fanático, pero de sí mismo.

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