Urtubey pasa del 'Cristina ya fue' al 'quién soy yo para decir quién sí o quién no'

  • El cambio experimentado por Urtubey en poco tiempo incluye una presencia un poco más aseada en sus cada vez más abundantes (pero también cada vez más huecas) apariciones públicas, como todo el mundo ha podido advertir.
  • Para el lado que sopla el viento

Los movimientos políticos del gobernador Juan Manuel Urtubey parecen cada vez más dictados por el oportunismo que por sus convicciones.


A pocos días de dar un giro copernicano en materia de legislación sobre abortos, el Gobernador de la Provincia de Salta ha recuperado la precaria conexión con sus homólogos, los gobernadores peronistas de otras provincias, y aprovechado para dejar atrás, al menos temporalmente, sus tremendos ataques contra la que hasta hace pocos años fuese su aliada, mentora y confidente, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Después de haberse cobijado a la sombra de la exmandataria por más de diez años y de declarar a la prensa con no poca convicción que deseaba para la Argentina que «el kirchnerismo durara cien años», tras ver Urtubey que las encuestas primero y el voto popular colocaron a los que le protegieron y mimaron a él a las puertas del infierno, comenzaron sus coqueteos con Macri, que duraron hasta que las primeras dificultades económicas comenzaron a erosionar la popularidad del actual Presidente.

Con las elecciones a poco más de un año vista, Urtubey pretende seguir navegando a dos aguas, una técnica náutica que le ha dado espléndidos resultados en su corta pero agitada existencia política. Tras sus afirmaciones de ayer, que recuerdan mucho al tono empleado por el Papa Francisco durante una declaración sobre los homosexuales («¡Quién soy yo para juzgarlos!») ahora parece que también han quedado en la cuneta las furiosas críticas que dirigió a la exmandataria y que acompañaron, como música suave, su aparente caída en las preferencias populares.

De golpe, para Urtubey la señora Kirchner ha dejado de ser «el obstáculo» que era, el «límite» y «la línea roja» para sus desplazamientos entre «espacios», la «chorra» o el incómodo diablillo que dejó el país hundido en la corrupción y la miseria y a Salta agarrada de una rama para no caerse del mapa.

Hoy, como el Papa, Urtubey siente que no es nadie para decidir si Cristina sí o Cristina no. Evidentemente, algo ha cambiado y esto puede ser los ojos con que sus colegas gobernadores lo miran a él, con sus ambiciones, sus tics, sus meteduras de pata y sus torpes movimientos políticos.

El cambio experimentado por Urtubey en poco tiempo incluye una presencia un poco más aseada en sus apariciones públicas, como todo el mundo ha podido advertir. Desde hace algunas pocas semanas, el Gobernador de Salta parece decidido a mostrarse más formal que lo que aparenta en realidad ser, para alejar un poco de las retinas la imagen de aquel mandatario que acudía a los centros de votación con la misma camisa con la que, al parecer, había dormido.

Una cosa y la otra pueden tener, claro está, un impacto directo en la siempre oscilante evaluación de las cifras de su popularidad, pero lo que está más claro todavía es que, entre las dos, se las ingenian para cuajar un cóctel amargo que sorbo a sorbo nos alerta de una personalidad inestable e imprevisible, de poco fiar tanto para los votantes como para aquellos socios que, en vano, piensan que han encontrado en Urtubey «un aliado de hierro».

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