Lo que es bueno para Urtubey no es bueno para Salta

  • El futuro de Urtubey y el de Salta marchan ya por senderos diferentes, que jamás volverán a unirse, si es que alguna vez lo estuvieron.
  • Obsesión, sueño, capricho
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Casi toda la campaña personal de imagen del Gobernador de Salta -que, hasta aquí, ha sido larga y tediosa- ha estado presidida por la artificial idea de una identificación total entre la figura del mandatario y la Provincia que gobierna.


Para aproximarse a este ideal, Juan Manuel Urtubey ha venido utilizando diferentes herramientas y articulando diferentes discursos, muchas veces contradictorios entre sí, que solo tienen en común la creencia, igualmente artificial, de que el Gobernador es una especie de intérprete supremo de las aspiraciones ancestrales de los salteños y las salteñas, así como el realizador de sus sueños más postergados.

Últimamente, el Gobernador se ha internado en el peligroso terreno de la holografía, al intentar convertir a su imagen en una representación icónica multidimensional que, vista desde un ángulo, evoca la figura de Güemes y, desde el otro, la del Señor del Milagro.

Con el tiempo se ha descubierto que las cosas son exactamente al revés; es decir, que son los salteños y las salteñas quienes con su esfuerzo y su inteligencia (ambos irregularmente repartidos) los que están dando una vida extra -incluso sin proponérselo- a los sueños más delirantes de su Gobernador, a quien, por cierto, pocos le ven ya como un héroe o como el remedo de Dios crucificado.

Es difícil saber con exactitud en qué punto preciso de la historia reciente se ha producido el divorcio entre los intereses colectivos de los habitantes de esta tierra y los intereses y apetitos particulares de su Gobernador. Es difícil incluso demostrar empíricamente que alguna vez hayan coincidido.

Pero, al igual de lo que sucede con las teorías sobre el «estado de naturaleza» que precedió a la organización social, es preferible imaginarse que en algún momento, que se antoja muy breve, la comunidad de intereses entre el pueblo de Salta y Urtubey fue una realidad.

Y si admitimos, a efectos teóricos, esta coincidencia total, necesariamente tenemos que admitir también que en algún momento comenzó a abrirse una enorme brecha entre uno y otro, que hoy, con casi todas las cartas sobre la mesa, parece imposible de achicar.

Quisiera llamar la atención sobre el argumento de que «sería muy bueno para Salta que el próximo presidente fuese salteño», pues su formulación, a pesar de su regusto localista y su utilidad psicológica para revelar un cierto complejo de inferioridad que es propio de las periferias, ilustra muy bien esta falsa coincidencia entre los intereses personales del Gobernador y los del millón y pico de salteños que lo tienen que sufrir a diario.

No hay que olvidar que a esta afirmación/deseo se han plegado no solo los ciudadanos a los que se supone menos informados y comprometidos con la marcha de los asuntos públicos, sino algunos (exgobernadores, legisladores nacionales y dirigentes políticos de cierto cartel) que ni siquiera han llegado a preguntarse si convertir al gobernador Urtubey en Presidente de la Nación será bueno para la Argentina en su conjunto.

Todo indica que nuestro Gobernador es prisionero de una obsesión infantil de la que no ha podido librarse con facilidad, a pesar de las señales cada vez más consistentes que emite el entorno. A estas alturas, más que un «proyecto político» (que no se ha conocido en veinte años) o un «modelo de país» (que Urtubey no tiene porque, como buen peronista, aspira a gobernar con las manos libres), lo que se persigue es un «berretín»; es decir, algo muy parecido a un capricho, un deseo vehemente o una mera ilusión.

No es malo de suyo que alguien acaricie en la intimidad un sueño de estas características; lo malo es que para hacerlo realidad se tenga que utilizar y postergar a tanta gente, gastar tanto dinero que no pertenece en propiedad al «soñador» y sacrificar hasta semejantes extremos la imagen de un territorio y la de su gente, identificando totalmente a la obsesión del primero con el destino de los segundos.

Hoy por hoy, todo lo que pueda favorecer la aspiración presidencial de Juan Manuel Urtubey representa una amenaza para el futuro de Salta; y, a la inversa, todo aquello que pueda favorecer el que los salteños no se vean desbordados por un futuro cargado de acechanzas es una amenaza para los sueños presidenciales de Urtubey.

Así hay que comprenderlo y, una vez comprendido, proceder a elegir; es decir, decidir si para nosotros y para nuestros hijos es más importante sentar a un señor en la Casa Rosada (y al mismo tiempo sentarnos nosotros a deleitarnos con el hecho de que un salteño presida el país), que esforzarnos para construir un futuro posible para nosotros mismos y para nuestros hijos. Advierto -con tristeza pero también con firmeza- que las dos cosas no se pueden hacer al mismo tiempo.

Es imposible -no ya desde el punto de vista psicológico o político, sino del astronómico- que una persona que ha incumplido sistemáticamente sus promesas y ha convertido a Salta en una burbuja de pobreza descontrolada en base a una magnanimidad malentendida, recobre la sensatez y pueda convertirse en el líder del país sano y equilibrado que necesitamos.

Esto no tiene nada que ver con las cualidades que se necesitan para ser Presidente. Puede que Urtubey las posea en exceso (aunque esto habría que demostrarlo, desde luego). De lo que se trata es de advertir que una carrera pletórica en fracasos sociales, errores políticos y retrocesos ideológicos no se puede enderezar en un día, por muchos consultores extranjeros que se contraten, por cuantiosos que sean los minutos en las principales cadenas de televisión, por muy bonita y saludable que sea la niña y por muy buena que sea la interpretación de las encuestas.

Para decirlo en términos un poco más comprensibles: «la cabra siempre tira al monte».

Hace tiempo que Salta necesita cosas como esfuerzo, contracción al trabajo, apego a la ley, solidaridad con las personas menos favorecidas y una visión de futuro sólida y consistente. Son valores a los que hemos renunciado, al mismo tiempo que decidimos cerrar nuestras puertas al mundo, o, lo que es peor, nos autoconvencimos de que estamos en él, sin preocuparnos en absoluto por entenderlo.

Es decir, que la hora de los líderes providenciales ha pasado, y por encima de la silueta cenicienta de esos cerros abombados e inútiles que nos impiden ver el sol a hora temprana, comienza a levantarse el fantasma de la humildad y el trabajo sacrificado.

Apuntalar las obsesiones personalistas de Urtubey, convertirnos en «los boludos que le aplauden la primera cosa que se le viene a la cabeza» (para utilizar expresiones del propio Gobernador y no de otro) no es bueno para Salta ahora y es sumamente dudoso que alguna vez lo haya sido.

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