Si Urtubey fuese Presidente, los problemas económicos de la Argentina se multiplicarían por mil

  • Juan Manuel Urtubey aspira a ser Presidente de la Nación sin poder ocultar de ningún modo que los principales indicadores económicos de la provincia que gobierna son virtualmente catastróficos.
  • Cero en economía

Ayer, cuando Cristina Kirchner dijo desde su poltrona que de «los cinco precios» de la economía, el gobierno de Macri había hecho estallar tres, muchos no pudieron evitar volver la mirada hacia los principales indicadores económicos de la Provincia de Salta.


Al hacerlo, agradecieron a la Virgen la gracia divina de que Urtubey no tuviera en sus manos el control de ciertas variables tales como el tipo de cambio, la tasa de interés, las tarifas públicas, el tipo impositivo de los tributos más importantes, la cuantía de las jubilaciones, las cuentas de la seguridad social, los aranceles a las importaciones o la política monetaria.

En diez años, y a diferencia de lo que en el mismo periodo ha sucedido en otras provincias argentinas, en Salta la pobreza se ha multiplicado exponencialmente, como lo han hecho también el fraude laboral y la precariedad en el trabajo. Las cuentas públicas exhiben uno de los déficits más importantes de la historia, el estado de la producción es lamentable, no hay inversiones ni públicas ni privadas, no hay acumulación de ahorro, de capital o de conocimientos, la administración del Estado ha adquirido unas dimensiones ingobernables, los niveles de empleo se disputan con la calidad de los trabajos el privilegio de ser la peor variable de la economía laboral y el intercambio de la economía provincial con los territorios circundantes y con el mundo es marginal, precario e intrascendente.

Dicho en otras palabras, si con semejante currículum de fracasos a nivel provincial, Urtubey llegara a convertise en responsable de esa parte tan crítica de la economía que controla el gobierno nacional, sería más o menos como encargarle a un mono que desactive una poderosa bomba de relojería en un lugar atestado de gente. El «estallido» del que habló la anterior jefa del Estado sería, por lejos, mucho más estruendoso y dañino.

Sin embargo, no deja de ser curioso que mientras tres cuartas partes de los argentinos están más que preocupados por la marcha de la economía del país, algunos pretendan que la solución para este tipo de problemas sea encarnada por un hombre que representa un auténtico peligro para el bolsillo y el bienestar de sus congéneres y que ha venido demostrando sin desmayos en la Provincia de Salta que no es capaz de gestionar con mayor acierto una verdulería.

Si las elecciones se celebraran mañana en la Argentina, con la agitación por la escalada del dólar, el debate de las tarifas sobre la mesa y con la inflación en niveles inaceptables, el candidato con menos posibilidades sería seguramente aquel que en diez años no solo no ha conseguido enderezar la economía de su provincia sino que también ha obrado un milagro al alcance de muy pocos: hacer que las cosas vayan aún peor.

Pasaría exactamente lo mismo si en vez de preocupaciones económicas los argentinos estuvieran concernidos por sus libertades, la transparencia política, la seguridad de las mujeres o la independencia de la justicia. Elegir a quien en su feudo ha destruido cosas tan esenciales para la vida democrática como aquellas y que ha concentrado el poder político hasta niveles inimaginables, es la mejor garantía de que en poco tiempo el país entre en barrena, nuevamente.

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