El Gobernador de Salta ha vivido una semana inédita en la que su particular «idea» del trabajo (subir y bajar de los aviones, entrar y salir de los estudios de televisión) se ha visto ferozmente deformada por la realidad, que le ha obligado a sentarse a resolver problemas. Lo ha hecho en dos casos: el primero, el conflicto de los bagayeros; el segundo, la firma del acuerdo federal minero, primero condenado y después aplaudido.
El primero es quizá el caso más claro de hasta qué punto la realidad puede interrumpir el sueño del continuo dolce far niente.
Cuando los bagayeros cortaron las comunicaciones por tierra en las proximidades de Orán, el Gobernador de la Provincia, declaró a los cuatro vientos que el conflicto era de competencia de las autoridades federales, mientras dejó que los palos los recibieran en Obispo de Orán, Marcelo Lara Gros y el co-intendente municipal y obispo real Gustavo Zanchetta.
Pero como los bagayeros no acaban de bajar del cerro como el Gobernador supone, exigieron que él estuviera presente en las negociaciones y lo encerraron a escuchar a los revoltosos.
No fue ni mucho menos una situación querida ni buscada por Urtubey. De lo contrario hubiera mandado ha hacer mil fotos del encuentro. No hubo, por supuesto, nada de eso, porque el Gobernador, incómodo, acudió a la reunión a cara de perro, como diciendo «¿para esto me sacan de mi rutina televisiva?»
Lo del pacto minero fue un claro ejemplo de que cuando hay que arremangarse y meter la mano en los asuntos por cuya resolución se nos paga un sueldo, hay que hacerlo, así se enfade el más pintado.
Primero, Urtubey decidió por las suyas colocar a Salta en una especie de limbo minero nacional, no con otro propósito que el de cuidar la cartera de las empresas mineras a las que se les permite aquí lo que en otros lugares se les niega.
Una semana después resuelve cambiar de opinión, asfixiado por las críticas y -cómo no- para sacarse el asunto de encima.
Todo el mundo sabe que nuestro Gobernador «tiene cosas más importantes que hacer» que dedicarse a esa tarea tan pedestre y monótona de gobernar al ingrato y traicionero gauchaje.