Urtubey tira con pólvora del rey

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Desde hace bastante tiempo, el Gobernador de Salta intenta eludir las críticas -normalmente fundadas- que se dirigen a su pobre gestión de gobierno acudiendo a ventilar su popularidad y su «buen hacer» a ciertos medios de comunicación de alcance nacional, a los que se supone mayor penetración y poder de convicción que los medios que se desenvuelven en el acotado y muchas veces confuso ámbito de la política lugareña.

La estrategia -que podría ser comprensible, si se tiene en cuenta el enorme daño que aquellas críticas certeras están provocando a la imagen nacional de Juan Manuel Urtubey- es sin embargo propia de décadas pasadas. Lo es, no solo por razones relacionadas con la preocupante pérdida de credibilidad de los grandes medios estructurados, sino especialmente por cuestiones que tienen que ver con la crecida audiencia global de los medios digitales que hasta hace poco años se consideraban periféricos y poco creíbles.

Dicho en otros términos, que un repaso superficial en Internet que tuviera por objeto indagar sobre «los logros» de Urtubey en sus nueve años y pico de gobierno arroja hoy mismo un resultado claramente negativo, aun cuando tomásemos en serio las diatribas y alabanzas de las decenas de miles de perfiles falsos en las redes sociales. Y no por la multiplicación de las voces críticas con su particular forma de «no hacer», sino por el calado de sus errores (algunos de una enorme trascendencia histórica) y de su aguda falta de visión política.

Para solucionar problemas de esta envergadura no son suficientes las empresas que se dedican al «lavado de reputación en Internet», aunque las tácticas que se emplean para poder superar momentos oscuros no difieren demasiado. El recurso a las alabanzas desmedidas publicadas en los «medios importantes» es casi obligado, aunque casi siempre también excesivo, costoso e injustificado.

Lo es mucho más cuando hablamos de la Provincia de Salta, una de las más pobres y peor gestionadas del país (lo dicen con claridad las cifras de la contabilidad social argentina y no solo los medios opositores), que no debería por nada del mundo gastar las fortunas que gasta para mantener en el aire una pompa de jabón inflada hasta el hartazgo, con el riesgo de que estalle al primer contacto con el sol.

Decir hoy mismo que Urtubey está disparando con pólvora del rey no significa otra cosa que afirmar que está disponiendo del bolsillo ajeno (el de todos los salteños) y gastando sin duelo ni reparo para convencer a audiencias mucho más exigentes que el dócil y voluble electorado salteño que él puede ser la figura adecuada para dar el salto a las más altas responsabilidades del Estado en 2019.

Pero justamente, quien dispara con pólvora del rey es el más irresponsable del regimiento; quien no tiene sentido de la medida ni del decoro, quien no distingue entre los bienes propios y los ajenos y tampoco entre las esferas pública y privada. Aquel que así se comporta se expone a que el Estado (los ciudadanos) exija la reparación los daños que le han sido causados por la falta de cuidado, voluntaria o involuntaria, de alguno de sus servidores.

En este contexto de gasto abierto, descontrolado y opaco, fácil -cuando no facilísimo- es encargar sondeos de opinión semanales o mantener un estrecho seguimiento sobre las evoluciones de los niveles de imagen o conocimiento del líder. Un «gran equipo de comunicación» es aquel que puede hacer estas cosas y otras mejores, pero sin tocar un solo peso de dinero público y sin privar a los ciudadanos de recursos que mejor deberían destinarse a solventar acuciantes necesidades colectivas.

Pero como la pólvora del rey suele picar un poco más que la pólvora del pueblo, es fácil que quien usa magnánimamente de la primera llegue a vestir a la mona de seda y a presentarla en sociedad como una síntesis entre tradición y modernidad, o, como en el caso de Urtubey, como un «peronista republicano».

Dejando a un lado el hecho de que «peronismo republicano» es una flagrante contradicción en los términos, cualquiera que conozca los orígenes de Urtubey, cuyas raíces se hunden en el nacionalcatolicismo, y sus tentaciones mayestáticas (tres elecciones, después de haber impulsado en persona una segunda reforma de la Constitución para propiciar la tercera elección de su antecesor, con toda la intención de beneficiarse él mismo), cualquiera puede comprender que su «vocación republicana» es un cuento fabricado a la medida del personaje.

Hablar de que su legado será volver a limitar la reelección de los gobernadores es de un cinismo tan perverso que no requiere el más mínimo análisis, pues para el que no lo sepa, quien propició los excesos que hoy -dice- quiere limitar es el mismo que abrió de par en par las compuertas a los más enormes abusos de poder que se han cometido en perjuicio de los ciudadanos de Salta desde 1996 en adelante.

Si el «formidable» equipo de comunicación de Urtubey puede vendernos gato por liebre en este punto en concreto, y en otros, como el de las escandalosas cifras de la violencia mortal contra las mujeres que se registran en Salta, es porque no solo aspiran a ganar el Pulitzer, sino, si acaso, el Premio Nobel de Física.