
Una mala tarde la tiene cualquiera. El Gobernador de Salta no tiene por qué ser la excepción a esta regla tan humana que dice que el que tiene boca se equivoca.
Ayer, durante su discurso por la inauguración del museo Casa de Güemes, Juan Manuel Urtubey incurrió en dos patinazos muy evidentes. Tuvo otros más, por cierto, pero estos dos que siguen son los más notables:
El primero, al aludir a una supuesta gesta «independientista» (sic), que más bien evoca a alguna campaña exitosa del Diablo de Avellaneda (tal vez a aquella famosa delantera integrada por Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz), que a las luchas patriotas por la independencia nacional.
El segundo, al decir que «no hay milagros hoy tampoco», frase que, sin entrar en complicadas cuestiones teológicas, se interpreta como una falta de consideración al Santo Patrono de Salta (el Señor del Milagro) y a su procurador plenipotenciario en estas tierras, el Arzobispo de Salta.
Este último error es llamativo, por cuanto, hasta aquí, ha sido el Milagro y no Güemes el depositario máximo de la esencia de la salteñidad más auténtica.
Algunos optimistas atribuyen este inopinado cambio de parecer en relación con los milagros (nótese que él renueva todos los años el Pacto de Fidelidad en el Monumento 20) al reciente dictamen del Procurador Abramovich acerca de los excesos de la educación religiosa en las escuelas públicas de Salta.
Pero lo más probable es que se haya tratado de una equivocación sin mayor importancia, inducida por la tentación que domina la voluntad del mandatario de parecerse cada vez más -al menos en lo que se refiere al tono monocorde y lacrimógeno del discurso- al telepredicador norteamericano Jimmy Swaggart.
Antes de despacharse con esta desmilagrización de la realidad provinciana, Urtubey dijo que «la única manera de construir el destino de grandeza que nos espera en Argentina es hacerlo juntos». No se sabe bien hacer qué, porque el Gobernador no lo dijo. Tal vez se refiera a construir el destino de grandeza, pero la frase no tiene el más mínimo sentido, pues si el destino de grandeza nos está esperando ahí, a la vuelta de la esquina, con sentarse a no hacer nada y esperar a que llegue parece suficiente. Quizá la exhortación sea a que esperemos sentados, pero «todos juntos», como en la platea de un teatro.
También ha dicho el Gobernador que la forma de «hacerlo juntos» consiste en «dejar atrás las diferencias», algo que él ya hizo al abandonar el kirchnerismo por la puerta de atrás.
Y además dijo que se lo puede hacer «profundizando los encuentros sobre los desencuentros», frase por demás enigmática, puesto que si alguien profundiza una cosa sobre la otra, de tanto profundizar termina encontrándose con esta última.
En un pasaje exagerado del discurso, dijo: «Aquí, inaugurando este museo, tomamos el ejemplo de Martín Miguel de Güemes, de ese gran luchador por la independencia». Sorprendente afirmación, por cuanto Güemes, que era militar y que se dedicaba a dar batalla a sus enemigos, no se dedicaba a inaugurar museos vestido de traje y corbata. Pensar que alguien imita a un luchador inaugurando pacíficamente un museo, ante un público entregado, sin disparar un solo tiro y con la presencia de la guardia pretoriana, es un sueño, pero como tal sueño, es también una mentira muy grande.