Urtubey y Macedo, un serio obstáculo para la evangelización

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La misma pareja que, arrodillada en Jujuy sobre una mullida frazada enrollada, rindió culto a la Pachamama, será la que con toda seguridad presida oficialmente las celebraciones católicas del Milagro en Salta, si es que el Arzobispo de Salta, con un gesto de autoridad que se está echando en falta, no lo impide a tiempo.

Al contrario de lo que se supone, la presencia del Gobernador de Salta en una ceremonia neopagana como la celebrada el Tilcara el fin de semana pasado, puede tener sus interpretaciones religiosas más o menos negativas, pero está perfectamente amparada por las normas de la Constitución.

Pero no por la Constitución argentina ni la de Salta, sino por la Constitución de Bolivia, que muy claramente expresa en su artículo 4º que “el Estado respeta y garantiza la libertad de religión y de creencias espirituales, de acuerdo con sus cosmovisiones”.

Ello, sin contar, claro está, con que el Preámbulo dice con no menos énfasis: “Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes”.

Se podría decir, por tanto, que al momento de entregarse al paganismo, el Gobernador no se encuentra en territorio espiritual argentino sino extranjero. Y eso ya es toda una disculpa.

Pero, hasta donde se sabe, la posibilidad de que las ofrendas y rituales dedicados a la Madre Tierra se desarrollen de manera paralela -y en algunos casos, superpuesta- a las festividades del calendario católico está reservada a los descendientes de quechuas y aimaras. No así al resto de las etnias, incluidos los descendientes de los antiguos colonizadores y de los inmigrantes. Para estos, no hay religiosidad dual que valga.

La Iglesia y la religiosidad popular

El Documento de Puebla suscrito en 1979 al cabo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, dedica un importante espacio a la evangelización y a la religiosidad popular. En él se perfila el concepto de religión del pueblo como «el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan». Y lo reduce a una cuestión cultural o meramente formal: «Se trata de la forma o de la existencia cultural que la religión adopta en un pueblo determinado».

A pesar de estos límites, el culto a la Pachamama propiciado por el Gobierno de Salta y las festividades de las que participa el Gobernador en persona, no tienen casi nada de simbólico, pues en la mayoría de los casos se habla de la Tierra como un ser personal, en abierto desafío a la teología cristiana.

Si recordamos la extravagante bendición pronunciada hace algunos años por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (“¡Que Dios, la Virgen y la Pachamama, los bendigan a todos!”) comprobaremos sin necesidad de ningún esfuerzo cómo en los últimos años de la religiosidad popular, como expresión cultural o modo particular de manifestar la fe de un pueblo, se ha dado un salto cualitativo importante en dirección al paganismo.

La presencia de Urtubey y de su novia en una ceremonia que no pertenece a su cultura ni a sus tradiciones no constituye tanto una falta de respeto a la religión católica, como un gesto desconsiderado, por lo aristocrático, mayestático e inauténtico, hacia los que, desde hace siglos, practican el culto a la Madre Tierra.

Es del caso señalar, sin embargo, que los cultos ancestrales a la Pachamama tienen un muy difícil encaje en la enumeración restrictiva de los «elementos positivos de la piedad popular» que identifica el Documento de Puebla.

Son considerados positivos, por ejemplo, la presencia trinitaria que se percibe en devociones y en iconografías, el sentido de la providencia de Dios Padre, el misterio de la Encarnación de Cristo, su Crucifixión, la Eucaristía y la devoción al Sagrado Corazón. También, el amor a la Virgen María, el culto a los santos, como protectores; los difuntos, la conciencia de dignidad personal y la fraternidad solidaria, la conciencia de pecado y de necesidad de expiación, la capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); la Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos); la sensibilidad hacia la peregrinación como símbolo de la existencia humana y cristiana, el respeto filial a los pastores como representantes de Dios; la capacidad de celebrar la fe en forma expresiva y comunitaria; la integración honda de los sacramentos y sacramentales en la vida personal y social; el afecto cálido por la persona del Santo Padre; la capacidad de sufrimiento y heroísmo para sobrellevar las pruebas y confesar la fe; el valor de la oración; la aceptación de los demás.

Al contrario, la presencia de políticos (que no son quechuas ni aimaras o descendientes de estos), como Urtubey, revela hasta qué punto el poder necesita del populismo para mantenerse a flote, y hace recordar con gran intensidad a los «aspectos negativos» de la religiosidad popular enumerados por los obispos en el mismo Documento de Puebla.

Estos elementos pueden ser de diverso origen. De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo, idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios. Amenazas: secularismo difundido por los medios de comunicación social; consumismo; sectas; religiones orientales y agnósticas; manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas; mesianismos políticos secularizados; desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio cultural.

Los obispos latinoamericanos dijeron en su día que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la Evangelización, dando a entender así que la demagogia y la manipulación de la piedad popular es cosa de vieja data y que Urtubey, con su mesianismo político secularizado, no ha descubierto nada nuevo, excepto la poca firmeza de sus creencias religiosas.