Lesionado Urtubey y con Parodi engullido por el tsunami del Brexit, el gobierno de Salta debería estar representado ahora mismo por el vicegobernador Miguel Isa. Pero no ocurre así. La ausencia forzada del Gobernador y la no menos forzada del despistado Ministro Jefe de Gabinete, que espera en algún paraíso fiscal que vuelva la calma a los mercados financieros, debería hacer recaer la responsabilidad de gobierno en quien fue elegido por el pueblo para reemplazar al Gobernador en caso de que se produjera su ausencia, transitoria o definitiva.
Sin embargo, en estos días tan fríos en Salta y tan convulsos en Europa, quien levanta el cuello y habla por los intereses de los salteños es un señor que no ha sido elegido por el pueblo en ninguna ocasión, como el Ministro de Gobierno, Juan Pablo Rodríguez.
Entre Miguel Isa y Rodríguez hay un universo de distancia en materia de habilidad política y de tirón popular, pero por esas cosas que tiene el gobierno de Urtubey, Isa se ha convertido en un florero, casi inútil y poco decorativo, mientras que Rodríguez acapara focos y micrófonos como si realmente tuviera algo importante que decir o que hacer.
Aunque la verdadera importancia de la aparición de Rodríguez en los medios estriba en el refuerzo de esa especie de gobierno municipal paralelo que ha montado al legítimo (y elegido por el pueblo) de Gustavo Sáenz.
No le basta a Miguel Isa con haber jurado eterna fidelidad al jefe Urtubey. Sabe este último que si el cargo de Vicegobernador existe es para que lo ocupe un conspirador permanente y no un obediente seguidor. Isa puede haber jurado lealtad pero lo que Urtubey necesita es humillación e idolatría, como la que le profesan los gauchos (otros a los que no ha elegido nadie).
Miguel Isa es obediente, pero nunca se sabe cuándo alguien va a cambiar el chip y convertirse en un serruchapisos peligroso.
Lo que no se puede explicar ni justificar es que la desconfianza de Urtubey llegue al extremo de desfigurar la imagen de Miguel Isa hasta convertirlo en un ente, sin estructura política ni capacidad de decisión. Al menos cuando se lo ninguneaba a Zottos, éste tenía por costumbre rodearse de sus bases en el Partido Renovador para sentir que por lo menos dirigía algo.
Miguel Isa no puede ni eso. Y lo peor es que lo sabe y no quiere remediarlo.
Su gran contribución a Salta -a la que debe un supremo gesto, después de haber incumplido su promesa de tapar todos los baches, cuando fue Intendente- será pasar a la historia como el último ciudadano que ejerció un cargo tan poco vistoso y efectivo como el de Vicegobernador.