Urtubey y Gareth Bale, como dos gotas de agua

mt_nothumb
La historia comienza un poco despareja pero después se endereza. El delantero del Real Madrid Gareth Bale dice que los jugadores galeses tienen mucho más «orgullo» que los ingleses. Las declaraciones levantan una ola de indignación en Inglaterra, a pocos días de que se celebre el referéndum para decidir la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Juan Manuel Urtubey dice que le provoca un gran «orgullo» que Macri inaugure en Cerrillos su plan tecnológico, y los salteños, mareados por los vapores del llanto de Güemes o agarrotados por el frío, lo aplauden a rabiar, como si en vez de Urtubey hubiese abierto la boca el Mahatma Ghandi.

¿Por qué un orgullo indigna y el otro pone tan contenta a tanta gente?

La razón es muy sencilla: el orgullo para los salteños es una cosa hermosa. Para los ingleses, que utilizan las palabras «pride» y «proud», el orgullo es un sentimiento maléfico.

Lo ha dejado muy claro Gareth Bale: sentir orgullo por ser galés significa sentirse superiores a los ingleses, y, si nos apuran, a cualquier otro pueblo de la Tierra.

El orgullo salteño de Urtubey es igual, solo que el mensaje no se dirige a los ingleses o a los galeses, sino a los santiagueños, a los jujeños o a los tucumanos. Sentir orgullo por ser salteños significa automáticamente colocarse por arriba de esos herejes que no son salteños, de los que no han tenido la suerte cósmica de haber nacido entre estos benditos cerros.

Los ingleses -que bien diferentes son a los nativos del país de Gales- entienden el orgullo (el propio, y aún más el ajeno) como un exceso, como un pecado de soberbia. Los ingleses no son humildes, puesto que su historia no se lo permite. En tal caso, experimentan los que los franceses llaman con más propiedad «fierté», por oposición a «orgueil».

La «fierté » no supone colocarse por encima de nadie. Es solo una satisfacción legítima de sí mismo, una percepción particularmente recatada del honor y del amor propio.

Lo de Urtubey es puro orgullo gaucho, que no sabe, porque no puede o porque no quiere, entrar en estas distinciones lingüísticas que son casi filosóficas. Es el mismo orgullo del que presume Gareth Bale, solo que traducido al lenguaje vallisto. Un orgullo malo, que levanta indignación, que se parece a la soberbia y que está emparentado con la estupidez más rancia.