El Intendente Municipal de Salta está llenando con imaginación y protagonismo la falta de políticas, de equipos y de recursos económicos, que mantiene a su gobierno paralizado desde que hace dos meses asumió el cargo. A diferencia de Isa, que en su mejor época llegó a enviar tres partes de prensa por día a los medios de comunicación, Sáenz está enviando doce, en lo que se interpreta como un claro intento por adquirir un protagonismo mediático que supere (o disimule) los bloqueos de la gestión.
Su modesto plan de arbolado (llamado por él mismo de reforestación de la ciudad) ha supuesto el envío de no menos de treinta partes de prensa. La desproporción entre el bombo mediático y la importancia de la actuación política es más que evidente.
Pero Sáenz también está pendiente del calendario. Si la OMS lanza un alerta mundial por la amenaza de las enfermedades transmitidas por los mosquitos, allí está Saénz para anunciar campañas de desmalezado, descacharrado y desecado de floreros; si la misma organización celebra el día de lucha contra el cáncer infantil, allí está Saénz para prometer que dará boletos de colectivo gratuitos para los pequeños enfermos; si los salteños amanecen con la noticia de cinco muertos en rutas, allí está Sáenz para anunciar campañas de «concientización» en seguridad vial. Si mañana -Dios no lo permita- la población salteña padece una epidemia de diarrea, pasado mañana estará Sáenz repartiendo pastillas de carbón en la esquina de la calle Lola Mora.
La sobreexposición mediática de Sáenz no solo está planeada milimétricamente para llenar con imaginación los huecos que deja la ineficiencia política, sino también para ocupar inteligentemente el espacio que ha dejado vacío el Gobernador de la Provincia, desde que decidió trasladarse a Buenos Aires a realizar su campaña para Presidente.
A Sáenz no parece importarle que su exceso de protagonismo y sus gestos demagógicos provoquen rechazo en la población. Él está tan convencido de la potencia y el encanto de su carisma personal que no se ha detenido a pensar que a algunos ciudadanos el merchandising de su figura puede resultarle excesivamente artificial o, incluso, relajante.