
Muchas cosas tienen que ocurrir para que Juan Manuel Urtubey cumpla su sueño de alcanzar la Presidencia de la Nación. La primera, que Superman aparezca volando por la exosfera a una velocidad mayor que la de la luz y que cambie el sentido de rotación de la Tierra para que el tiempo se mueva hacia atrás.
En 2019 -fecha señalada por el Gobernador de Salta para su asalto a los cielos- muchas cosas habrán cambiado. El mundo será enteramente diferente al que conocemos hoy, excepto por un detalle: habrá un señor con el cuello erguido entre los cerros, que gritará: «¡Yo sigo siendo fanáticamente peronista!»
Ignoro si en el 2019 el seguir reivindicándose obstinadamente como peronista tendrá algún sentido. Lo que sí sé es que, visto desde este otro lado del mundo, hoy prácticamente no tiene ninguno.
Al Gobernador de Salta se lo ve últimamente dispuesto a cambiar, lo cual no parece malo de suyo. Tal vez sea solo postureo, pero nadie puede negar que recientemente ha cambiado de líder, de aliados, de espacio político, de estrategia y hasta -según comentan- de residencia nocturna.
Pero todo esto es tan cierto como que el Gobernador no parece especialmente dispuesto ni preparado para dejar de ser peronista. O lo que es lo mismo, no está dispuesto ni preparado para abordar la complejidad del futuro con mínimas garantías de acierto.
Quizá lo mejor para él sea seguir siendo peronista, pues serlo, en el fondo, equivale a no ser nada. O a ser lo que mejor convenga en cada ocasión. En la fidelidad a Perón cabe de todo, incluso las contradicciones.
Es decir, que se puede ser peronista del Perón que mimaba a la clase obrera dispensándole generosas «conquistas sociales» a medida o de aquel mismo Perón que instruía a sus seguidores a fabricar palos con clavos en las puntas para machacar las cabezas de los obreros comunistas. Así como del Perón que proclamaba que su doctrina era profundamente humanista y cristiana o de aquel que en nombre del mismo humanismo cristiano mandaba a quemar las iglesias.
Dicho en otros términos, que traicionar al peronismo es ontológicamente imposible.
La cuestión estriba en saber si el mundo, dentro de cuatro años, tolerará que un país de relativa importancia en la arena internacional sea presidido por una persona en cuyo perfil genético aparecen mezcladas, como en un hisopado mal hecho, las simpatías por los países del Eje, los acuerdos estratégicos con Muammar El Gaddafi y Nicolae Ceaucescu, las relaciones carnales con los Estados Unidos o los alineamientos con Irán y Venezuela.
El mundo, que no es tonto, le preguntará con todo el derecho al futuro aspirante a Presidente si él será un peronista de Menem (como cuando empezó), un peronista de Romero (como cuando se hizo famoso), un peronista de Néstor y Cristina (como en los pasados ocho años) o un peronista de Macri (como lo es ahora).
Los líderes del mundo que vienen no querrán tampoco escuchar sanata. Frente a ciertos auditorios, ya no valdrán las muletillas de «la lógica» de la confrontación, «la lógica» del entendimiento, o «la lógica» del sufrimiento madreteresiano. Allí donde se corta el bacalao, en los foros internacionales más importantes, le exigirán menos retórica, menos poesía, menos integrismo clerical, menos «lógica» y más hombría para asumir desafíos y compromisos.
La mano viene difícil en el mundo que se avecina, pero el que se ofrece para liderar al país en los umbrales de la tercera década del nuevo milenio no tiene para exhibir al mundo ni siquiera una gestión prolija y ordenada de los asuntos públicos de su propia provincia. Los indicadores son desastrosos, cualquiera sea el que elijamos como muestra.
Cuando las papas quemen, las tensiones internacionales arrecien y el mundo demande a la Argentina posiciones firmes y decisiones consistentes; cuando de nada valgan las picardías aldeanas, cuando no haya posibilidad de colocar a los hermanos en el FMI, la OCDE o la ONU para negociar prebendas y escalar posiciones; es decir, cuando haya que coger el toro por los cuernos, nuestro país necesitará un líder consistente y creíble: alguien capaz de gobernar y no simplemente de jugar a que gobierna.
Y aunque al candidato salteño no le cuadre mucho la idea, a ese líder habrá que salir a buscarlo; pero a partir del año que viene, pues mientras dure el presente Año de la Misericordia, a Urtubey podemos perdonarle por unos meses más el que nos siga provocando pesadillas.