Es habitual entre nosotros que las hazañas sexuales de los políticos sean festejadas por una amplia franja de la ciudadanía. Salvo casos muy aislados, las perversiones y los excesos que algunos cometen en este ancho campo de la conducta humana no suelen reportar grandes disgustos a quienes se dedican -paralelamente- a ese otro noble arte que es la política. Tal vez uno de los casos más resonantes, a nivel internacional, sea el de Dominique Strauss-Kahn, que perdió su oportunidad de ser presidente de Francia después de que una camarera de un hotel (francés) de Nueva York lo denunciara por violación y lo enviara a prisión.
Claro que el señor Strauss-Kahn no era ni de lejos un fundamentalista que andaba reclamando la castración para violadores y acosadores de mujeres, ni oponiéndose con cerrazón mental y esfinteriana a los matrimonios homosexuales.
Pero se han dado casos -en Estados Unidos, principalmente- de altos exponentes de la derecha más reaccionaria que han sido pillados in fraganti en baños públicos con fornidos marineros, y cosas por el estilo.
En cierto modo, al salteño (no tanto a la salteña) le gusta saber que sus políticos andan enredados en asuntos de faldas. Alguien que no diera que hablar en este aspecto pocos votos arrastraría. Si toleramos a los que roban ¿por qué habrían de disgutarnos los mujeriegos?
Y si la cosa tiene ribetes de escándalo, todavía mejor, porque casi todos sabemos que el escándalo no suele afectar el buen nombre y honor de que el político en cuestión goza en el terreno que más le interesa, que es el de la política. Lo demás importa poco.
Algunos llegan al extremo de inventarse historias inexistentes, conquistas simuladas, parejas imaginarias y noches interminables de alcoba, con tal de que la gente los tenga en cuenta.
Frente a las aventuras, verdaderas o falsas, el salteño (y no tanto las salteñas) suele reaccionar como los jueces de la Sala II del Tribunal de Juicio; es decir, aplicando el beneficio de la duda para absolver.
No hay vídeos, instagrams o whatsapps, por muy explícitos que sean, que puedan llegar a probar una relación ilícita. Ni siquiera en las puertas mismas del motel.
Condenar a un político por defender los valores de la familia al mismo tiempo que tiene su propia familia hecha un desparramo es temerario. ¿Acaso los curas no defienden también con ardor a la familia y son incapaces de tener una propia?