Durante años, el Gobernador de Salta ha sobrellevado con gallardía la pesada carga de su propia superficialidad.Bien es verdad que la taumaturgia del lenguaje y la ciencia de la imagen le han servido para llenar huecos, para poblar silencios y para salir del paso en momentos difíciles, pero en los últimos tiempos, en los que su discurso alcanzó cimas casi increíbles de expresión poética, la sanata ya no le estaba reportando los mismos dividendos.
Es que además la audiencia ha cambiado. El Gobernador ya no habla para ese «montón de boludos» que aplauden la primera cosa que se le viene a la cabeza -como él mismo alguna vez dijo- sino para oídos más exigentes que no parecen tan dispuestos a perdonarle los patinazos y las absurdidades, al menos con la misma simpatía y condescendencia con que durante todos estos años lo han hecho los salteños.
Si escuchamos con atención el nuevo discurso del Gobernador de Salta, advertiremos nada más empezar un contenido diferente, más estructurado y ligeramente más coherente. Lo cual no es de un gran mérito, pues cualquier pensamiento medianamente organizado y aparentemente lógico puede aparecer ahora como un «gran discurso» si se lo compara con la retahíla de incoherencias y despropósitos a que nos ha venido acostumbrando durante los últimos veinte años.
Pero como el zorro pierde el pelo aunque no las mañas, el Gobernador sigue dedicando a los salteños -a ese pueblo atrasado, con vocación y destino periférico- sus peores líneas, sus ideas más irresponsables, sus decisiones más alocadas; al mismo tiempo que reserva para la gran audiencia nacional sus frases de mayor lucidez y sensatez.
En el fondo, hay que comprenderlo. Su intelecto se debate entre las pulsiones lúdicas y el desafío del poder responsable (ese que mete el miedo en el cuerpo), tal cual como le sucedió alguna vez a Seinfeld cuando sus genitales y su cerebro disputaron una partida de ajedrez. El Gobernador sabe que «siendo él mismo» no tiene ninguna posibilidad de alcanzar la Primera Magistratura del país, y que solo con un buen coach que le indique cuáles son los callos que no debe pisar, puede seguir soñando con ocupar el sillón de Rivadavia.
¿Cuál Urtubey es el verdadero? Nadie lo sabe. Ni siquiera él. Y esto es lo verdaderamente grave.
El problema es que mientras el Gobernador siga buscándose a sí mismo, siga deshojando la margarita o siga disputando esa partida de ajedrez interior, pueden suceder -en Salta y en el resto del país- unas desgracias tremendas. Y éste, que ya es un precio demasiado alto para cualquier país, lo es mucho más para uno como el nuestro en el que la gente carece de la paciencia necesaria para esperar que un líder político supere el desafío de su propia superficialidad.