El Gobernador de Salta ha adoptado la muy fea costumbre de utilizar en sus discursos, entrevistas y apariciones públicas un lenguaje cargado de expresiones malsonantes y palabras indecentes o groseras. Ayer, sin ir más lejos, en una entrevista concedida a Tiempo Argentino, se ha despachado con la siguiente frase: «Salta es lindísima, pero la gente todavía se caga de hambre».
Dejando a un lado el significado político que encierra esta expresión (esto es, la implícita admisión de un fracaso personal), los pobres de Salta, las personas que padecen hambre, no se merecen en absoluto que el Gobernador de la Provincia se refiera a ellos de un modo tan irrespetuoso y descomedido.
No está muy claro que el gobernador Urtubey -nacido y criado en una familia educada, de personas letradas y con amplios recursos verbales- gane mucho descendiendo a las cloacas del idioma, para comunicar una realidad que con palabras más decentes o menos groseras se puede describir igual o incluso mejor.
Ningún político europeo -si se nos permite esta comparación- utiliza este tipo de expresiones, porque intuyen acertadamente que los ciudadanos, con independencia de su nivel cultural, esperan que el gobernante se dirija al pueblo en términos correctos y respetuosos.
Dicho en otros términos, nadie (ni los llamados «descontracturados») gana votos soltando palabrotas y recurriendo a vulgaridades para ganarse la voluntad de las personas con menos cultura.
Hace mal el gobernador Urtubey en confundir sus comparecencias públicas con una reunión de amigos. Sus salidas coloquiales pueden tener cabida y aceptación en otros contextos, pero la grosería prácticamente no lo tiene en ninguno. Un hombre que no cuida sus palabras tampoco cuida de sus actos.
Lamentablemente, no solo los pobres y hambrientos de Salta se sentirán mal al escuchar los excesos verbales del Gobernador. También se avergonzarán sus maestras de la Escuela Parroquial de La Merced y sus profesores del Bachillerato Humanista Moderno, que seguramente le enseñaron a comportarse como un señor y no como un cochero.