
Salta no es una isla. Integra por derecho propio la federación argentina, a cuyo destino está inexorablemente unida. Es por ello que Salta no puede, bajo ningún concepto, eludir la responsabilidad que le cabe a la hora de sostener al Estado nacional, del que forma parte tanto en las buenas como en las malas.
Partamos de la siguiente situación hipotética: la Administración salteña ha alcanzado el equilibrio fiscal, mientras que la federal lucha por enjugar el déficit. En tal caso, es deber del gobierno nacional aplicar medidas restrictivas sobre su propio gasto, primero, y solo después sobre los recursos que transfiere a las provincias; tanto a las equilibradas como a las desequilibradas.
Sería razonable que a la hora de aplicar estos últimos recortes, la Administración federal premiara de algún modo la mayor responsabilidad fiscal de algunas provincias. Lo que no puede hacer, de ninguna manera, es castigar con mayores sacrificios a las que, por diversos motivos, no han logrado equilibrar sus cuentas. Las provincias equilibradas deben «pagar la fiesta» de las desequilibradas, así como el Estado nacional ha pagado y sigue pagando la fiesta de las que hoy presumen de fantasiosos equilibrios.
Como el gobierno nacional no puede andar imponiendo castigos, no hay más remedio que pedirle a algunas provincias responsables que ajusten más de lo que lo han hecho y transferirles menos dinero. Esta es la parte del sacrificio que debemos hacer si queremos que el Estado federal siga existiendo y si no queremos condenarlo a desaparecer. Es, por decirlo de otro modo, el precio que tenemos que pagar por ser parte del país y no una isla en forma de herradura mal clavada al sur de Bolivia.
Nadie asume con gusto la obligación de recortar el gasto y acepta con alegría que le transfieran menos recursos de los que se le venían transfiriendo. Se puede protestar, se puede patalear, se puede echar las culpas afuera, pero lo que no se puede hacer de ningún modo es negarse al sacrificio; sobre todo cuando de tranqueras adentro casi todos sabemos que el gobierno provincial gasta en cosas como viajes al extranjero no justificados, subsidios a gauchos, auxilios financieros a fundaciones de parientes, regalos a los curas, festivales de poca monta, cursos de formación profesional para oficios medievales o confecciones de ponchos para regalar a soldados viajeros.
Quien plantea las cosas de ese modo, por mucha suerte que haya tenido al equilibrar las cuentas (si es que lo ha hecho con herramientas transparentes, y no valiéndose de la inflación, que ajusta solita a la baja los sueldos de los empleados públicos), lo que pretende con sus pataletas es romper el país.
Si Salta quiere seguir siendo Argentina o parte de ella, tiene que aprender a convivir con los highs and lows de la Argentina entendida como unidad territorial irrompible, y no proclamarse diferente, ni para atarse pañuelos de cualquier color al cuello, ni para negarse a hacer lo que toca en materia financiera o de gasto público.
Asistimos todos al penoso y paradójico espectáculo de un Gobernador que aspira a presidir el país, después de haberlo desvertebrado, rompiendo los lazos de solidaridad que hasta aquí lo han mantenido dificultosamente unido. Un Gobernador que piensa que a él -y a su campaña presidencial- no se le pueden tocar los recursos, simplemente porque es él, y ¡que los demás se aguanten!
Solo un Gobernador insolidario, irresponsable o poco dispuesto al sacrificio abandona su puesto en el puente de mando de la nave para -en medio de una feroz crisis- mandarse a mudar dos semanas a Europa, para preparar mamaderas en Madrid con agua Solán de Cabras, para hacer compras en las calles más caras de la capital del reino, o para tomarse unos mates con milhojas con Marley en Roma.
Después de hacer cosas como estas, es muy fácil desfilar por los programas de televisión a decir que Macri es «gato» o que sus políticas son un auténtico desastre y que lo que le hace falta al país es un Presidente como él, que entiende la solidaridad como ya hemos visto que la entiende.
Los ciudadanos de Salta deben saber que esto es cinismo puro, antes de cualquier destilación. Es frivolidad y desapego disfrazado de preocupación política y envuelto en el celofán del show business. Que mil veces es preferible un gobierno que comete errores y marcha a trompicones, pero intenta decir la verdad, como el de Macri, a otro que asegura no haber roto nunca un plato, pero que engaña todos los días a los ciudadanos y les vende carne podrida.