
Con los anuncios efectuados ayer en materia económica y de reducción del déficit fiscal por el gobernador Urtubey y su ministro Yarade, ya pocas dudas quedan acerca de que aquel a quien una mayoría consideraba (y no sin razón) un conservador ultracatólico, en realidad ejerce como un populista sin religión ni convicciones.
Pensar -y decir- que la aguda crisis que afecta a las cuentas públicas de la Provincia de Salta y que tiene al conjunto del país al borde del colapso financiero se va a curar con medidas simples y de mero trámite, no es una ingenuidad ni producto del «buenismo» del Gobernador, sino una irresponsabilidad mayúscula, que más tarde o más temprano terminarán pagando los salteños con más miseria, más atraso y más postergación.
La primera razón. Cualquiera -no necesariamente un Gobernador- que ponga a la «previsibilidad» como objetivo de sus acciones y que, al mismo tiempo, se deleite en destruir la confianza de quienes le rodean, haciendo una cosa un día y la contraria al siguiente, es una persona de poco fiar. Si ya los titubeos son muchos en materia política (aborto, kirchnerismo, religión en las escuelas, protección de las mujeres, educación sexual, etc.), a ellos se les debe sumar los sucesivos disfraces económicos (ayer keynesiano, hoy neoclásico, mañana quién sabe).
La segunda razón. Si las medidas que Urtubey ha propuesto ayer son tan certeras y adecuadas para la situación en que él mismo ha colocado las finanzas de la Provincia que gobierna, ¿por qué no las ha descubierto antes? Si el shock productivo, inversiones extranjeras mediante, es capaz de curarlo todo, ¿por qué razón su gobierno ha esperado hasta el décimo año y mitad para intentar una cosa como esa? Y si la solución a nuestros problemas está en Europa (a donde su ministra al parecer será enviada a hacer «gestiones» los próximos días) ¿por qué se ha despreciado tanto a este continente durante los últimos años y por qué él mismo, cuando lo ha visitado, en lugar de pasear por shoppings, puentes de enamorados, museos enormes, selectas boutiques y hamburgueserías, no dedicó unos días a conocer cómo hacen las empresas y los trabajadores de los países de este continente para producir mejor que nosotros y para enterarse de cómo los gobiernos democráticos y responsables luchan contra el déficit fiscal?
La tercera razón. En diez años y medio de gobierno Urtubey no ha llevado a cabo ninguna reforma estructural, por miedo a los efectos que sobre su popularidad y su imagen podrían tener las medidas que debió adoptar. Puede que su ADN conservador se lo haya impedido, lógicamente, pero a la vista de sus últimos cambios de camiseta en cuestiones mucho más peliagudas que esta, es casi imposible decir ahora que la renuncia a reformar se deba a una convicción profunda sobre la alta calidad de nuestras instituciones. A Urtubey, en su temeridad, no le importaría perder la vida o su fortuna. Lo que le espanta es la posibilidad de perder votos. Y aquí están los resultados.
La cuarta razón. Ningún país del mundo ha alcanzado metas fiscales razonables sin sacrificios. Ya es una cuestión más delicada saber si esos sacrificios deben repartirse equitativamente entre todos los agentes económicos o si son los más débiles los que, por poder defenderse menos, han de soportar la peor parte. En casi todos los países los gobiernos han intentado negociar las medidas para conjurar el déficit; no solamente con los territorios (que es lógico e inevitable) sino especialmente con los agentes sociales. Urtubey no se ha sentado a conversar con ninguno para tomar las medidas que ha tomado. Los sindicatos, en lugar de oponérsele, le bailan el agua, porque él es el mayor empleador de la Provincia y un mal día suyo puede provocar en Salta una catástrofe social. Y él responde: Aquí no habrá despidos. Que es lo mismo que decir: Que despida Macri y que se chupe esa mandarina. Yo aumento los impuestos, y a ver qué pasa.
La quinta razón. ¿Qué promesa de reactivación productiva puede hacer un gobierno que ha llevado hasta límites increíbles el gasto para mantener a la burocracia estatal improductiva y al mismo tiempo se ha visto sorprendido por el colapso del ingenio San Isidro, que no ha podido prever ni evitar? Quiero imaginarme la cara de la ministra Bibini en Bercy, o a donde quiera que haya ido a «buscar inversores», diciéndoles: «Vengan a Salta nomás, que allí hace un sol estupendo, hay gente muy amable, unos vinos exquisitos y nosotros no le vamos a cobrar a ustedes impuestos, porque ya los van a pagar los salteños que ven Netflix. No se dejen influenciar por esos perversos que andan diciendo en las redes que nuestras empresas privadas se caen a pedazos, que nuestros parques industriales son unos lodazales con galpones inútiles, que nuestra política de formación profesional se basa en cursos para fabricar botas camperas, que nuestra seguridad jurídica es similar a la del África subsahariana y que nuestro sistema bancario es de los peores del mundo». Para convencerlos, Bibini y Urtubey deberían antes gastarse los millones que no tienen para pagar la factura de una de esas empresas que se dedican al lavado de reputación en Internet.
La sexta razón. ¿A quién queremos convencer de la sinceridad de nuestro plan de equilibrio fiscal, si nuestros amigos de la Corte de Justicia tienen a medio cocinar en la Legislatura un proyecto de ley para instalar juzgados de paz en casi todo el territorio, con el enorme gasto que supone su funcionamiento diario, cuando estos juzgados no se necesitan? ¿Cómo se compagina la anunciada austeridad con la generosa chequera del ministro Marcelo López Arias, que aun con las medidas de restricción del gasto en vigor, se echa alegremente la mano al bolsillo para calmar la sed de los gauchos o de los exsuegros (solo por poner dos ejemplos inocentes)?
La séptima razón. ¿De veras alguien cree que luchando contra el comercio ilegal (atrapando a pequeños traficantes de ropa usada y levantando a manteros de la calle) van a parchar el enorme agujero de las cuentas públicas? La eficacia del aparato recaudador del Estado provincial salteño no es mejor que el de algunas de las municipalidades más atrasadas de la Provincia. Creer que con las leyes que tenemos -diseñadas por contadores anclados intelectualmente en la década de los treinta del siglo pasado- vamos a poder meterle mano a Netflix o a Apple, cuando tres cuartas partes de Europa quiere hacer lo mismo y no encuentra cómo, es de una ingenuidad imperdonable.
La octava razón. Urtubey y Yarade han dicho que no van a tocar un solo puesto de trabajo de la planta permanente del Estado. Y hay que creerles, mucho me temo. Van a dejar que las jubilaciones (o, lo que es casi lo mismo, «el General Tuberculosis») hagan su silencioso trabajo adelgazador. Ninguno de los dos ha tenido la gallardía de reconocer por qué se ha llegado a esta situación. No quieren explicar por qué se ha desbocado el gasto burocrático improductivo y cuáles son los motivos que han justificado o justifican tener una de las Administraciones públicas más numerosas e ineficientes del país.
La novena razón. La campaña presidencial de Urtubey sufriría un tremendo varapalo si en los dieciocho meses y pico que le quedan de mandato, la Provincia de Salta se hunde. Eso lo sabe hasta el menos listo de la clase. El objetivo del Gobernador, no es, pues, apuntalar las bases de una Salta productiva y fiscalmente equilibrada (si lo fuera ya lo habría hecho mucho antes) sino simplemente evitar que el derrumbe se lo lleve puesto. Por eso es, entre otras cosas, que las medidas anunciadas no son creíbles. Porque ni siquiera son parches para ir tirando. Son, en muchos casos, mentiras envueltas en papel celofán.
La décima razón. Urtubey dice haber cambiado de equipo económico, como si Parodi fuese Menotti y Yarade fuese Bilardo, es decir polar opposites. Pero en realidad, la sucesión Parodi-Yarade se parece mucho a la que escenifican, de tanto, en tanto, Putin y Medvedev. Las ideas y las soluciones son las mismas; los socios (el Banco Macro, por ejemplo) siguen siendo los mismos. ¿Por qué pensar entonces que algo ha cambiado y que son estas recetas las que van a dar en el clavo y a afirmar como tornillo de puente el futuro de los salteños? No se puede decir que todo siga igual, porque algunas cosas importantes evidentemente van a peor y no hay señales ni siquiera remotas de que se puedan corregir en el corto plazo.
Por todas estas razones, y algunas otras más, es deber de los ciudadanos y de los políticos que aspiran a representarlos exigir al Gobernador que se comprometa y que ponga los intereses del conjunto de la sociedad por delante de sus aspiraciones presidenciales. Por su parte, los ciudadanos y los políticos deben ofrecerle al Gobernador su cooperación para superar esta crisis, pero una cooperación sincera y no un cálculo político de corto alcance, poniendo sobre la mesa los sacrificios que cada uno está dispuesto a hacer, asegurándonos de que el Gobernador haga los suyos, sin engañar a la gente, como lo ha venido haciendo hasta ahora, con los desastrosos resultados que estamos viendo.