Hace tres o cuatro décadas, cuando la clase media argentina era una de las más extensas y bien remuneradas del mundo conocido, las señoras de su casa se invitaban las unas a las otras a comprobar in situ la funcionalidad de sus cocinas, muy bien equipadas de aparatos útiles, como las funcionales licuadoras a botonera, que representaban un salto enorme respecto de sus predecesoras, las licuadoras a perilla.Comenzaba también la revolución del packaging y descubríamos con alborozo que algunos líquidos, especialmente los que se usaban para la limpieza, en lugar de venir en apestosas latas como las clásicas de Fenelina o el tubo de Puloil, podían ser envasados en plásticos, con un práctico y funcional "pico vertedor".
Pero con la creciente politización del lenguaje social y mediático, lo funcional ya no es tanto aquello que alude a los objetos "en cuyo diseño u organización se ha atendido, sobre todo, a la facilidad, utilidad y comodidad de su empleo", como dice el Diccionario.
Ahora, con tanta mudanza, lo auténticamente funcional, es aquello que es "eficazmente adecuado a sus fines". El Diccionario limita este significado a cuando se habla de "una obra o una técnica". Pero a nosotros nos da igual. Como dijo aquel gaucho rebelde respecto de la tiranía de la RAE, "yo no soy ni real, ni académico ni español".
Pruebe usted a levantar la mano en una audiencia pública, en una reunión barrial o en una simple junta de consorcio y escuchará inmediatamente a alguien que en voz alta le dice: "Usted no puede hablar porque ha sido funcional al neoliberalismo de los 90", cual si esto fuera un insulto gravísimo (no tanto el abrazar ideas neoliberales sino el ser "eficazmente adecuado").
Las tachas y descalificaciones por "ser funcional" son infinitas: "Usted ha sido funcional al Proceso" (ésta es una de mis favoritas, porque encierra una contradicción en los términos); "Usted es funcional a los Kirchner"; "Usted es funcional al campo", "Usted es funcional a Cobos, a Reutemann, a Duhalde, etc...". Ser "funcional" es muy malo para una persona decente. Ser "funcionario", aunque uno sea ineficaz e inadecuado, en cambio es buenísimo; entre otras cosas, porque además te pagan un sueldo.
Es que, de tanto andar por la vida siendo eficaces, todos alguna vez hemos sido funcionales a algo o a alguien. Lo curioso es que la eficacia, aunque sea en relación a causas discutibles, constituya en la Argentina la materia prima de ataques feroces a la libertad de expresión. No debe haber nada más odioso, molesto e injusto que contemplar que alguien priva a un semejante del derecho a expresarse mediante la palabra por haber dicho, o tan siquiera pensado, hace cuatro décadas, algo con lo que ya no está de acuerdo, o algo con lo que aún comulga. Da igual.
"Oiga, usted no puede hablar, porque en el Torneo Evita de 1954 convirtió un gol en off-side". O "usted no puede hablar porque no asistió a la misa de los Boy Scouts de 1962". O "usted no puede ser diputado porque en el Comedor Universitario de Tucumán, en 1965 gritó aquello de 'ni votos, ni botas, fusiles y pelotas', mientras comía dulce de membrillo con queso".
Pero ya que hemos mentado al fútbol, debo admitir que hoy mismo me he reconciliado parcialmente con la expresión "funcional", al leer en una publicación nacional que el fútbol de Palermo (el delantero, no el barrio) puede ser "funcional" al fútbol de Messi. ¿Habremos vuelto a los tiempos de la Tienda Heredia?
Ojalá, porque comos estas cuestiones me revuelven un poco la bilis, vivo con el temor de que la diatriba que además asesina al idioma me convierta en un "funcional" del insulto.