Un verano de tarifa plana

El 21 de septiembre no es "el día universal de la primavera". En el hemisferio norte de este mundo tal fecha es esperada con ansiedad por muchas personas porque señala el final del verano y el comienzo del otoño. Tampoco se celebra en estas latitudes el "día del estudiante", y es dudoso que los sufridos estudiantes pudieran llegar a celebrar algo en las mismas fechas en que comienza la larga y empinada cuesta del año académico. Desde este punto de vista, el 21 de septiembre es una fecha para sufrir y no para festejar. ¿Cuarenta y quéeeee?Nunca como este año el calor infernal que suele castigar el centro de la Península Ibérica ha seguido con tanta fidelidad al calendario. Un calendario que, a medida que se aproxima el mes de junio, se convierte en un auténtico "calentario".

Pero este año, el calor de la meseta tuvo algunas características extraordinarias.

Durante los 90 días que duró por aquí el estío, los termómetros se mantuvieron por ariba de los 33 grados centígrados, el sol no se ocultó detrás de una nube sólo tres de los noventa días y no cayó una sola gota de agua del cielo, como es de suponer.

Los veranos del centro de la Península Ibérica suelen ser meteorológicamente estables por la poderosa influencia de un anticiclón permanente que impide la llegada a estas latitudes de centros de bajas presiones o borrascas a medida que éstas se desplazan hacia el este. Pero si en años anteriores el verano estuvo matizado por alguna borrasca, este año vimos brillar el sol con una regularidad asombrosa y una intensidad tan implacablemente uniforme que  resulta casi desesperante; un día sí y otro también.

Hasta hace pocos años, la información meteorológica en los servicios públicos de comunicación, especialmente las televisiones, duraba unos tres minutos en promedio. En la actualidad, todo se resuelve en unos pocos segundos, en los que mayormente se anuncian cambios de tiempo y de temperatura en el tercio norte peninsular, en el tercio sur, en el tercio oeste o en el tercio este. La sensación que deja una información tan parca y sesgada es de que el centro de la Península, que no encuadra aritméticamente en ningún "tercio", donde está la mismísima capital de España y se achicharran en ella casi seis millones de seres humanos, no dispone de ningún pronóstico meteorológico y que, al contrario, está conectada directamente por un tubo con el núcleo del sol.

A veces, parece que detrás de la insulsez de los "chicos y chicas" del tiempo, que esconde el rostro de un malvado sádico que experimenta placer al transmitirnos entre dientes algo así como: "ustedes no saben lo que les espera".

Noventa días esperando que sea cierto aquello de "van a bajar sensiblemente las temperaturas", para que la bajada en cuestión, al final, sea de los 37º a los 34º, que muy poco alivio representa para las personas, los animales, las plantas, las calles o los edificios, y para la tensión acumulada durante semanas enteras. Ni una brisa, ni una pizca de aire. Sólo asfixia, sol y borrachos y borrachas bebiendo cerveza en las terrazas de la ciudad y meando donde Dios se los dé a entender.

Si bien el agua mana de los grifos con regularidad y abundancia, la sequía visual, táctil y olfativa, es sencillamente desesperante. Mientras que en otras latitudes las personas están acostumbradas a "salir al campo" para ver algo de verde, aquí sucede exactamente lo inverso. Son las ciudades las que atesoran los árboles y los parques más verdes. Los ejidos circundantes son páramos, entre pardos y grises que liquidan en cuestión de segundos el optimismo de cualquier persona.

El problema no es tanto el rigor de la naturaleza como el conformismo de los seres humanos, que prefieren estos veranos asfixiantes y resecos al incuantificable beneficio de la lluvia, que, a pesar de todo, goza de la universal consideración de "mal tiempo". Tal vez sea porque existen lugares aun mucho más secos, como las comarcas de Levante, en donde cuando llueve lo hace de una forma tan tremenda que desaparecen pueblos enteros bajo el agua y el barro.

¿Es que no hay término medio?

Pues parece que no. El comienzo del curso escolar 2009/2010 ha dado un respiro a los ciudadanos, pero a sólo un día de que empiece formalmente el otoño, ya se ha instalado una sensación de frío, sin que las temperaturas hayan bajado de los 10º. Hay nubes en el centro peninsular y cada tanto caen chubascos más bien breves y sin mucho despliegue artístico, como el que acompaña a las tormentas de verano en el Valle de Lerma. Ni un buen relámpago, ni un trueno de esos que con su estruendo parecen revolucionar las mariposas del estómago.

El sol ha dejado de brillar de forma tan intensa y se ha moderado un poco el castigo que para las retinas y los horarios laborales supone que España esté muy desfavorablemente acogida al huso horario de la Europa central. Esta deformación nos impone el brillo del sol desde las 7 de la mañana hasta las diez de la noche entre finales de junio y comienzos de julio de cada año.

Tras el verano de "tarifa plana" hemos tenido un par de días con máximas de 18 grados, pero nadie apostaría aquí un duro a que el calor se ha retirado ya para no volver sino dentro de... cuatro, cinco o seis meses. Nadie lo sabe.

Los árboles comienzan a reverdecer en pleno mes de febrero, en marzo son ocasionales los días de frío y en abril el calor es ya una realidad consolidada.

No parece muy atinado llamar a esto "cambio climático". Más bien parece un "no cambio", por aquello de que todos los días son iguales, como salidos de la cadena de montaje de una fábrica.

Lo único que consigue tamaño alarde de estabilidad es que los vallistos transportados a esta agreste meseta suframos ataques de nostalgia por las lluvias copiosas de nuestro verano, por las hierbas enormes que crecen en nuestros campos y montes, por el verdor de nuestras montañas más cercanas, por el aire ligeramente denso de humedad tropical de altura, por los niños jugando en los charcos, por los neumáticos chirriando en las calles mojadas, por el canto de las ranas, por el olor a adobe impregnado, por los falsos alertas meteorológicos de defensa civil, y por muchas otras cosas que el primer mundo meteorológico no conoce o tiene ya completamente olvidadas.