Queridos hermanos:Damos gracias a Dios porque también este año ha querido reunirnos en esta plaza de la vida, atrayéndonos como un Padre invita a sus hijos a volver a su casa, puesto que nuestra casa es Su Corazón. El Corazón del Señor del Milagro es reflejo del corazón del Padre que nos fascina y nos convoca. El Corazón de nuestra Madre del Milagro es cobijo y fuerza que nos impulsa.
Cada año se renueva esta experiencia del llamado a la conversión, que es un llamado a regresar a nuestra casa. Es una voz que escuchamos en lo profundo de nuestro ser y que nos hace estar aquí y decir: ¡Presente! ¡Presente, Señor, presente! Presentes con tu Madre. Presentes como hermanos. Presentes como discípulos tuyos. Presentes y dispuestos a partir como misioneros tuyos.
Queremos renovar el pacto del Milagro. Nuestro pacto contigo.
Con toda la Iglesia queremos entrar un poco más en tu Corazón para conocerte y para conocernos, para seguirte y para comprometernos en nuestra tarea de misioneros. Lo hacemos aprendiendo de Pablo a quien, a lo largo de este año, recordamos y honramos.
I
La vida que sigo viviendo en la carne,
la vivo en la fe en el Hijo de Dios
que me amó y se entregó por mí. (Gal 3,20)
Esta afirmación de Pablo en la Carta a los gálatas nos identifica y nos cuestiona. Nos identifica porque somos creyentes, cristianos, bautizados.
Nos cuestiona porque la afirmación lleva en sí una pregunta que interpela nuestra fidelidad: ¿Vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí? ¿Quién es Jesús, el Hijo de Dios, para mí, para mi vida, para mi familia, para nuestro pueblo? ¿Descubrimos en Él, el Señor Jesús, a quien adoramos convocados por su imagen del Milagro, la fuente de nuestra vida? Su amor y su entrega, ¿constituyen la fuente de nuestra dignidad, de nuestra libertad y, por ello, de nuestro compromiso y estilo de vida?
La vida de Pablo, madurada en la fe, tiene un momento decisivo, un punto que significó un cambio total en su vida. A partir de entonces comenzó a considerar pérdida y basura todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal. Sucedió que Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo y transforma su pensamiento y su misma vida. Después de su bautismo, en el que da su sí definitivo a Cristo, se abren sus ojos y puede ver.
Pablo fue renovado por la presencia irresistible del Resucitado quien lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, lo convirtió en testigo de la Resurrección con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos. Al mismo tiempo, San Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia , debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que han creído les dice a los corintios (1 Cor 15,1). Sólo existe un anuncio del Resucitado porque Cristo es uno solo.
Pablo, al abrirse a Cristo con todo su corazón se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo para todos.
Detengámonos en el encuentro de Damasco, según lo narra del capítulo 9 del libro de los Hechos de los Apóstoles. Pablo preguntó: ¿Quién eres tú, Señor? Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz. (Hch 9,5) Hoy también nosotros estamos llamados a formular la pregunta y a dejarnos enseñar por Jesucristo.
pacto 08¿Quién eres, Señor? En el Pacto confesamos que Tú eres el camino, la verdad y la vida, así de los individuos como de las familias, pueblos y naciones. ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida?
Nos enseñaba el Papa Benito XVI que sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano1 . La historia nos ha mostrado que cuando queremos ignorar a Dios en nuestra vida y en la vida de nuestros pueblos terminamos destruyendo al hombre. Todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis han fracasado.
Ahora bien, ¿quién conoce a Dios? Nadie ha visto jamás de Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre. (Jn 1,18). Por eso Cristo es importante para nosotros, para todos los hombres. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad2 .
II
¿Cómo conocerlo? Como sucedió con Pablo, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en nuestra vida y al que llamamos discípulo nace de un encuentro con El Es un encuentro que nos impulsa a formular la pregunta de los primeros discípulos: Maestro, ¿dónde vives? (Jn 1,38).
Aparecida3 nos responde enseñándonos que El encuentro con Cristo, gracias a la acción invisible del Espíritu Santo, se realiza en la fe recibida y vivida en la Iglesia , que es nuestra casa. ¡ La Iglesia es nuestra casa porque es la casa de Jesús! ¡Ella existe porque Él vive en ella!
En ella encontramos a Jesús en la Sagrada Escritura. Recordemos lo que enseñaba San Jerónimo y que tantas veces repetimos: Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo. Que la Palabra de Dios se convierta en nuestro alimento para que, por propia experiencia, veamos que las palabras de Jesús son espíritu y vida. Sólo en la roca de la Palabra de Dios podemos fundamentar nuestra vida de discípulos y misioneros. Aprender a leer rezando la Palabra de Dios abrirá nuestro corazón al Maestro, al Salvador, a la Verdad que nos da la Vida.
En la Iglesia encontramos a Jesús en la Sagrada Liturgia , siendo la Eucaristía el lugar privilegiado de dicho encuentro. En la Eucaristía Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Ella es la fuente inagotable de la vocación cristiana e inextinguible del impulso misionero. Ser discípulo supone una activa participación en la eucaristía dominical en familia.
En la Iglesia celebramos el sacramento de la reconciliación, el lugar del encuentro con Jesucristo que perdona, libera y devuelve la alegría y el entusiasmo.
En la Iglesia aprendemos el arte de la oración personal y comunitaria que nos permite cultivar una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre. Aprender a orar todos los días de los labios del maestro es una tarea de buen discípulo.
En la Iglesia aprendemos a descubrir a Jesús presente en la comunidad cristiana, en aquellos cuyo testimonio nos habla del amor de Dios, en los pobres, en los enfermos, en los necesitados, en los excluidos, en el prójimo. En el reconocimiento de la presencia y cercanía de Jesús entre los pobres y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo.
Celebrar el Pacto es renovar nuestro bautismo. Celebrar el Pacto es experimentar que el Señor Jesucristo vuelve a llamarnos desde el manantial vivificante del sacramento de nuestro nacimiento y de nuestra incorporación a la familia de la Iglesia.
Celebrar el pacto es volver a encaminarnos detrás de Jesús que vive su Pascua y aceptar los pensamientos de Dios sobre nosotros y sobre nuestra comunidad y nuestro tiempo. Celebrar el Pacto es recordar que es necesario ponernos detrás de los pasos del Señor y como El renunciar a nosotros mismos, cargar con la cruz y seguirlo.
Celebrar el Pacto es confesar gozosamente que es verdad que la vida se gana cuando se la da y no cuando se quiere poseerla y acapararla. ¿O acaso tú, Señor, no entregaste tu vida y resucitaste recorriendo el camino del grano de trigo que cae en la tierra y muere dando así fruto abundante?.
Pacto 08
Con la frescura de un amor fiel y con la carga fuerte y desafiante de nuestra historia, de nuestra familia, de nuestra patria, de nuestro lugar en la vida, celebrar el Pacto es volver a escuchar nuestro nombre de labios del Maestro que nos dice: Colócate detrás de mí toma tu cruz sígueme. Celebrar el Pacto es poder decirle al Señor, tomados de la mano de Nuestra Señora: Te seguiré, Señor, adonde vayas y con la fuerza del Espíritu reemprender el camino de nuestra vida, de nuestra Salta, de nuestra Nación.
III
Queremos reemprender el camino desde Cristo, en El, que nos reconforta, todo lo podemos.
Queremos reemprender el camino como Iglesia particular de Salta que quiere hacerse eco del compromiso misionero de la Iglesia en nuestra América Latina y el Caribe. Celebraremos el IV Congreso Misionero Arquidiocesano en el Galpón el próximo mes de octubre. Como lo hizo América toda en Quito, también nosotros queremos escuchar, aprender y anunciar. Queremos madurar en la escuela de Jesucristo y vivir la experiencia de un amor que nos sana, nos dignifica, nos impulsa, nos hace solidarios. Queremos aprender para renovar pastoralmente nuestras parroquias y transformarlas en verdaderos centros de acogida y de misión. Espacios de comunión misionera que muestren en los pueblos y ciudades el amor de Dios que se entrega y sirve a los hombres hasta dar la vida.
Queremos reemprender el camino como Iglesia particular profundizando nuestro compromiso con la tarea catequística. Avanzando cada día en nuestras parroquias para ser transparentes, austeros y honestos en el compartir, nos reafirmamos nuestro empeño de transmitir en forma sencilla y sustancial el misterio de Cristo. La reflexión madura de la fe es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Queremos ser una Iglesia discípula y comprometida en la formación de los discípulos del Señor para que, fundados en la roca de la palabra de Dios se sientan impulsados a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos. Formar verdaderos discípulos misioneros, enamorados de Cristo y convencidos que esta verdad: sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro4 .
Queremos ser una Iglesia capaz de ser familia de familias. Somos concientes de que la familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos. Los hijos tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre para que los cuiden, acompañen y eduquen. La familia forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera5. Nuestra preocupación por la educación quiere ser una respuesta a las familias. Nuestro compromiso con la enseñanza religiosa en nuestras escuelas, verdadero patrimonio de la historia de nuestra Salta, quiere ser un servicio a las familias y a los niños.
Queremos ser una Iglesia que ayude a cada cristiano a madurar en su compromiso ciudadano para contribuir, con espíritu responsable, a la construcción cotidiana de la Nación. Los argentinos debemos recorrer caminos de libertad digna y solidaria. No seremos verdaderamente libres si no cultivamos la libertad en la verdad de ser un pueblo, una familia. La libertad, sin solidaridad, no es digna. La solidaridad es verdadera cuando respeta la libertad. El ejemplo de Jesús Crucificado y Resucitado nos ayuda a convertir toda ocasión en una oportunidad de crecer con los otros, no contra los otros y menos a costa de los otros. Es urgente, para la construcción de un futuro digno, empeñarnos en devolver a los vínculos sociales, la verdad que sana, libera y dignifica. Se trata de respetar la verdad, decir la verdad, buscarla y estar dispuestos a aceptarla.
Queremos ser una Iglesia que sirve a la inclusión de todos. Nos duele experimentar la fuerza destructora de la cultura de la muerte en la dolorosísima experiencia de muchos de nuestros niños y de nuestros jóvenes que emprenden el camino sin retorno de las adicciones a la droga, al alcohol, o a otras formas de esclavitud. Al acercarnos a ellos y a su dolor surge la pregunta: ¿Es que acaso alguien tiene derecho a condenar a la muerte a nuestros jóvenes convirtiéndolos en clientes o, peor, en mercadería? Señor del Milagro: conviértenos en mensajeros de la vida. Da a tu Iglesia de Salta, la luz, el coraje y la fuerza para ser misionera de la vida. Que pueda mostrarte y decirle a nuestros niños y jóvenes: Ustedes valen. Ustedes tienen Padre. Ustedes tienen Madre. Ustedes son amados. En El, en Jesús, el amor crucificado, ustedes tienen vida. Y vida plena y eterna. En esta tarde de septiembre que grita, mas allá del frío, que la vida vuelve, Señor Crucificado y Resucitado, quiero pedirte que nuestra Patria se resista eficazmente a convertirse en un patio trasero de los que elaboran y venden muerte. Las tierras extensas y fecundas, las posibilidades inmensas de desarrollo son un llamado al trabajo y a la superación. Que terminen de querer imponerse los que comercian con la debilidad y con la muerte; que no nos destruyan destruyendo a nuestros chicos y chicas. A los que están en estos comercios de muerte les pido en nombre de Cristo: ¿Conviértanse! ¡No pueden destruir impunemente a los hijos de Dios!
Por último, Señor, fijamos en Ti nuestros ojos para pedirte por la hermana Nación de Bolivia: que tu luz ilumine a los gobernantes y a todos los habitantes de la misma de tal modo que encuentren caminos de diálogo y de paz.
IV
A todos los peregrinos, Señor, a todos tus devotos, concédenos el gozo del encuentro contigo, como el de Pablo en Damasco. Haznos experimentar el palpitar de tu Corazón amante del que brota el agua viva del Espíritu y nos dice a cada uno: ¡Ven al Padre! De la mano de María del Milagro, la Virgen fiel, en el corazón de tu Iglesia, envueltos en la belleza de la tarde de septiembre, tuyos para siempre. Amén.
Mario Cargnello
Arzobispo de Salta