Estas espléndidas celebraciones son la mejor prueba de la inutilidad de las fronteras, de los pasaportes, de las aduanas y del tradicionalismo recalcitrante.La devoción mariana en su versión cochabambina desciende implacable hacia el sur, al amparo de la homogeneidad cultural que identifica a la inmensa región a la que pertenece Salta, del acierto de un culto que combina ritos cristianos con formas y ceremonias originarias y precolombinas, de la potente corriente migratoria norte/sur, y de la poco elaborada pero poderosa propensión de buena parte de los salteños hacia el cosmopolitismo.
Puede afirmarse que la difusión en Salta de las complejas relaciones, complicidades, responsabilidades y agendas que rodean el tiempo primaveral dedicado a venerar a la Señora que mora en los cerros, está transformando ciertos moldes de vida familiar y barrial.
Son cada vez mas las salteñas y salteños que, además de sus roles tradicionales (madres, tíos, compadres, suegros, empleados, obreros, jubilados, deportistas, peluqueras, paseantes, gauchos), se reconocen en los papeles que conforman el escenario que celebra a la Virgen de Urkupiña.
Guardadores de la sagrada imagen (que, a diferencia de los cultos católicos clásicos, no es una sino muchas), preparadores de las comidas, sonidistas, comparsantes, músicos, coreógrafos, modistos, cuidadores del orden, chóferes, engalanadores de las imágenes, decoradores de los arcos multicolores donde penden las ofrendas, locutores de verbo encendido, maquilladoras de mujeres danzantes, proveedores de cerveza y otras bebidas, cónsules ante la autoridad eclesiástica, abanderados (que llevan la bandera papal, junto a la argentina, la salteña y otras de colores ambiguos), prestadores de vajilla de plata y de ositos de felpa, armadores de ofrendas donde abundan los dólares de utilería junto al pernicioso tabaco y a las energizantes hojas de coca, son algunos de estos nuevos roles comunitarios que ha generado la Virgen de Urkupiña.
Hombres y mujeres residentes en Salta (términos más precisos que los de salteños y salteñas) o transeúntes, pujan por alcanzar las dignidades cívico-religiosas centrales, con un entusiasmo mayor al que pondrían para ubicarse en una lista de concejales. Prestar el domicilio para que concurran los vecinos a ofrendar a la Virgen o actuar de Padrino durante la semana central, son dos de los papeles mas cotizados.
Fue, seguramente, un arzobispo católico boliviano, inteligente y cosmopolita, quién habilitó el naciente culto, pese a sus evidentes aristas paganas.
Solo esas características, ese talante poco habitual en cierto sector de las jerarquías de las grandes religiones, explican que la Iglesia Católica tolerara primero y promoviera después esta vocación popular.
¿Cómo sino, se explica que estos fieles marianos hagan un alto en las Iglesias cristianas, que sacerdotes fieles a Roma bendigan imágenes, procesiones y objetos de un culto que se declara compatible con el baile (a veces frenético), con la alegría, con las bebidas incluso alcohólicas, con la vestimenta audaz, o con la presencia de oficiantes que no han asistido a ningún seminario?
Aquí, en esta floreciente comunidad de Urkupiños, no hay radicales ni peronistas, montoneros ni guardianes, romeristas ni urtubeycistas (aun cuando son muchos los que afirman que se trata de un mismo fenómeno). Si bien la mayoría de fieles pertenecen a las clases menos favorecidas, hay devotos poderosos (seis ceros, dueños de 4x4, letrados expertos en pactos de cuota litis). Los hay también, como no, jóvenes y viejos; endomingados y desarrapados; pulcros y descuidados. Nadie pregunta de donde viene quién se acerca al nuevo culto, ni cuales son sus preferencias sexuales.
La devoción es tan amplia que permite que eximios comparseros que en las carnestolendas rinden honores a Dionisio, a Belcebú y a otros ángeles caídos, se sumen con sus vestimentas, sus pasos y sus instrumentos musicales a las procesiones de Agosto.
Si alguna prueba faltara del pluralismo Urkupiño, está el caso de aquel paisano que este sábado en Cerrillos dio tres vivas al Virrey (¿de España?), en un alarde de anacronismo y ambigüedad históricos.
O la devoción por el dólar estadounidense que simboliza la prosperidad y los anhelos materiales de los promesantes, en abierto desdén a nuestras monedas nacionales.
Estamos, en síntesis, frente a un espléndido fenómeno de mestizaje espiritual, de humanización de las costumbres. Ante nuevas formas de socialización, y en un bello hermanamiento con nuestros vecinos bolivianos, en especial con aquellos de los que, a mediados del siglo XIX, nos separó la incuria política de un Deán Cordobés y las intrigas del lugarteniente bolivariano. Una absurda separación contra la que lucha el mas ilustre de los descendientes vivos del Héroe Gaucho