El ministro de un país de cuyo nombre no quiero acordarme llegaba muy temprano a su despacho, siendo recibido en la cochera por el jefe de ceremonial, un hombre de tez aceitunada y notorio deje andaluz. Nada mas sentarse en su cómodo sillón, la secretaria privada, una belleza egipcia de ojos rasgados, le ponía al tanto de las novedades: audiencias, llamadas telefónicas, papeles a la firma, actos protocolares.
El ministro, educado en las rígidos cánones del celibato y de la austeridad republicana, omitía levantar los ojos para contemplar el talle excelso de la relativamente joven funcionaria de carrera, número uno de su promoción, licenciada en filología árabe y políglota.
Pero no podía ignorar el suave aroma que inundaba el amplio despacho de la planta noble. El ministro atribuyó esta agradable sensación a la sabiduría de su colaboradora y dedujo que eran seguramente los movimientos sobrios y profesionales de la egipcíaca, la causa de que todo el ambiente quedara impregnado del delicado clima que habría de acompañarle durante las primeras horas de trabajo; mas concretamente, hasta la llegada del subsecretario, cuyo talento era igual a su desaliño personal.
Fumador empedernido, enemigo declarado del desodorante (aunque no del jabón), comedor matutino de ajos crudos por prescripción médica, abusaba de la antigua amistad que le unía a su superior para quebrar el embrujo instalado por la egipcíaca.
Un día, aquel día de la famosa huelga general que marcó la ruptura de una antigua familia política, la Secretaria incurrió en la primera falta sin aviso de su carrera.
El jefe de la cartera, tras saludar con forzada sonrisa al aceitunado y eludir a una movilera poco amable, ingresó a su despacho, habló con el Presidente, tomó nota de la inasistencia inesperada de su Secretaria, y se sorprendió al percibir la presencia de aquel cotidiano, inconfundible, aroma.
Pronto cayó en cuenta de que el perfume provenía, en realidad, de un sobrecargado ramo de flores exóticas. Recordó que este ramo estuvo allí, renovado y espléndido, cada una de las 300 mañanas que llevaba en el cargo.
La curiosidad se sobrepuso a las tensiones de la huelga general y preguntó: ¿Quién envía estas flores?
Nadie en su privada tenía mayores noticias sobre la procedencia del noble adorno ministerial. Las miradas confluyeron, en razón de su competencia, en el Jefe de Ceremonial quién, urgido por el mal humor del ministro, explicó que las flores eran compradas en una casa especializada, y pagadas con fondos públicos; todo en cumplimiento de una orden dada por el anterior ministro, conocido por su desmedida adicción a las damas maduras.
El austero asturiano decidió profundizar la investigación. Pidió las facturas, constató el precio abusivo y descubrió que la tienda proveedora era propiedad de una amante del aceitunado.
Tronaron las furias, el jefe de ceremonial fue sumariado, cesó el flujo de flores matutinas, y el despacho ministerial terminó oliendo al tabaco de mala calidad que fumaba el subsecretario.
Así y todo, el audaz aceitunado había completado mil quinientos días de facturación de flores a precio de oro (en su descaro, el infiel servidor actualizaba el precio de su suministro según el valor de la onza de oro en el mercado suizo).
Esta larga narración pretende servir para poner de manifiesto las dificultades presentes en cualquier proceso de cambio, resaltar el peso de las rutinas anteriores, y advertir sobre los intereses espurios que pueden esconderse en asuntos tan simples como este del ramo de flores en la mesa ministerial.
Y viene a cuento también para compartir con los lectores una duda que me inunda el pecho:
¿La orden de continuar enviando esquelas fúnebres institucionales (probablemente pagadas con fondos públicos) al diario que fuera boletín oficial del antiguo régimen, es un reflejo mecánico del aceitunado de turno, o una decisión continuista del nuevo Gobernador? ¿Seguirán habiendo muertos honrados y muertos ignorados por el primer mandatario, o resplandecerá la igualdad republicana ante la muerte?