Las agresiones sexuales y un lenguaje periodístico inconveniente

A menudo se puede leer en la prensa salteña algunas crónicas referidas a ataques sexuales de los que son víctimas las mujeres, en los medios de transporte, en la calle, en las escuelas, a plena luz del día y a ojos vista de todo el mundo. Por la frecuencia con que se publican este tipo de relatos, cualquiera podría creer que en Salta lo más normal es que las mujeres sean víctima de agresiones sexuales de todo tipo, pero es dudoso que este tipo de agresiones públicas haya aumentado su gravedad, como lo sugieren las diversas crónicas periodísticas. Más llamativo que esto, sin dudas, es que las crónicas se refieran al sujeto agente de estos ataques como "un degenerado", "un depravado" o "un pervertido" y no simplemente como un "agresor sexual".

"Degenerado" significa "dicho de una persona: De condición mental y moral anormal o depravada, acompañada por lo común de peculiares estigmas físicos". Es decir que para calificar a alguien de esta forma, no sólo hay que hallarle aquellos "peculiares estigmas físicos" sino también establecer su condición mental y moral anormal o depravada, circunstancia que sólo puede ser determinada previos estudios psicológicos adecuados.

"Depravado" es el sujeto "demasiado viciado en las costumbres". Tampoco es posible determinar las virtudes y los vicios de las costumbres de nadie que sea acusado de un tocamiento indebido a bordo de un colectivo. El estudio de las costumbres de una persona requiere no sólo de profesionales especializados sino también, y muy especialmente, de tiempo. No se puede calificar a nadie de "depravado" sino frente a un informe pericial o a una sentencia judicial que lo convalide.

"Pervertido" es aquel que posee "costumbres o inclinaciones sexuales que se consideran socialmente negativas o inmorales". Caben, respecto de este calificativo, las mismas objeciones efectuadas a los otros.

Quien protagoniza una agresión sexual debería ser considerado un "agresor sexual" sin más, es decir, sin juzgar sobre sus costumbres, vicios, inclinaciones sexuales, condición mental, estándares morales o estigmas físicos. Suelen bordear la redundancia las crónicas periodísticas que califican estas agresiones como "repugnantes", "indecentes" o "escandalosas", ya que cualquier restricción de la libertad sexual de las personas provoca un inmediato rechazo social.

Todas las demás consideraciones sobre un hecho de esta peculiar naturaleza deberían quedar reservadas "para el momento procesal oportuno", no tanto en defensa del agresor, como se podría pensar a primera vista, sino en defensa de la independencia de juicio de quienes deben juzgar la agresión sexual, y también en defensa de la sociedad, porque no es lo mismo informar que ha crecido el número de agresiones sexuales en una sociedad determinada que dar la impresión que en la misma sociedad lo que se ha multiplicado es el número de degenerados, depravados y pervertidos.