Desabastecimiento de bienes culturales

Tras la derrota de la ultra salteña naranjada PASTORE, la empresa MARINARO mantiene un desigual combate con la todopoderosa COCA COLA. La venerable Granadina Pastore, allá por 1974En un importante artículo publicado en estas mismas páginas, don Carlos VAZQUEZ IRUZUBIETA nos esclarece acerca de la naturaleza y sentido de la nostalgia y de los ancestrales o genéticos vínculos del hombre con su terruño.

Sin ánimo de incursionar en esta reflexión de altura, me referiré aquí a una de las manifestaciones domésticas o, si se prefiere, menores de la búsqueda de señas de la propia identidad individual en el tiempo pasado: al rastrillaje de lugares y de objetos que existieron en otro tiempo y que esconden sabores, colores y circunstancias que motorizan la memoria involuntaria.

Para los salteños de mi generación, la naranjada y la granadina PASTORE forman parte de esa nostalgia imposible de satisfacer ante la infeliz desaparición de esta fábrica familiar (no una simple embotelladora) de líquidos refrescantes higiénicos, sabrosos, baratos y divorciados de la lujuria (en el sentido de que su mezcla con aspirinas era totalmente inicua).

La granadina Marinaro, en 2007 Abocados a lo inexorable, muchos descubrimos lejanos ecos de los productos PASTORE en las excelentes soda limonada y granadina MARINARO.

Pero hete aquí que hoy en día resulta imposible conseguir los productos MARINARO en los bares del centro o en los principales supermercados.

Algunos comerciantes, requeridos para que expliquen la ausencia de bebidas gaseosas regionales, invocan determinadas prácticas comerciales de la COCA COLA que incentivan y premian la exclusividad; otros aluden a las excelencias logísticas de la embotelladora de origen norteamericano y a la incapacidad de almacenar la creciente variedad de bebidas sin alcohol que compiten en el mercado.

Solamente los pequeños bares de barrio y muchos quioscos (verdaderos restaurantes sin mesa ni mantel de los salteños con prisas o con recursos escasos) sirven la limonada y la granadina que, más allá de las dificultades apuntadas, deberían enorgullecer a los salteños, llenado el espacio legítimo del patriotismo local.

Ayer mismo, tras una prolija maratón, pude encontrar botellines de MARINARO únicamente en el quiosco que una de las campeonas de la Empanada y del Locro tiene en las proximidades del Colegio Salesiano y que algún irreverente bautizó, con ánimo elogioso, como La YUTITA.

Ayer también, y como si esto fuera poco, un culto lustrabotas que trabaja en el área de EL FARITO, me anoticia de un estropicio que habría cometido la COCA COLA en la bella y abandonada casona de dos plantas que es (o supo ser) propiedad de la familia ARAOZ CASTELLANOS y está ubicada en los aledaños del Cabildo de Salta.

Allí, según mi fuente, letristas de la embotelladora americana habrían tapado un espléndido mural del inmortal Antonio YUTRONICH con los colores y logos de esta (para mi desagradable) bebida global.

Quizá no haya más remedio que soportar (esperemos que por poco tiempo) que el excelentísimo señor Gobernador se disfrace de gaucho todos los meses de junio, imaginando que así promueve el turismo, hace patria y rinde homenaje a antiguos habitantes de La Pedrera.

O que nuestro Lord Mayor (ese hombre venido desde la Colonia que provee al país de pomelos y tomates) se sienta gaucho y valluno, a punto tal que, en un acto de audacia propia del Régimen, identifica su apellido con el nombre de la ciudad (“Intendencia ISA”), mientras no acierta siquiera a apuntalar la Casa de Leguizamón que se viene abajo ante sus propios ojos deslumbrados.

O tolerar, “no queda otra”, que los nombres de los funcionarios inunden las placas conmemorativas, en una muestra de su incapacidad de dominar las pequeñas vanidades.

Pero cabría simultáneamente exigirles medidas en defensa de esta parte del patrimonio provincial.

Facilitando, por ejemplo, la distribución de las gaseosas locales; o impidiendo el exterminio de las llamas que vienen provocando presuntuosos “cocineros de altura” para deleite de muchos turistas cegados por el esnobismo y la gula (como con inigualable valor denuncia TOPETO); o promoviendo la edición de obras de autores locales, sin exigirles, eso sí, vasallajes ni pleitesías. Comenzando, quizá, con la agotadísima obra de Carlos Hugo APARCIO, el mas grande de nuestros literatos vivos.

En realidad, la distribución de bienes culturales salteños deja mucho que desear (si el lector tiene alguna duda, bastará que recorra las librerías buscando libros o revistas de autores o temática local).

Como dicen los periodistas radiales de Buenos Aires atragantados por lo vulgar, “todo un tema”.