El caso es el siguiente: Un paisano del norte que durante años se hizo pasar por oriundo de Bolivia, abandonó a su delicada esposa llevándose con él a la hija común de dos añitos. Inútiles fueron los esfuerzos de la atribulada madre por reencontrarse, no con el ingrato, sino con su hija que, despues se supo, se encontraba en el vecino país del norte. Todo fue pesar y angustia hasta que alguien en la Policía de Salta (al parecer en la Comisaría de Ciudad del Milagro) decidió tender original trampa al huido.
Conociendo la salacidad del buscado y su debilidad por las morenas de ojos claros, contrató los servicios de una ciudadana que buenamente se prestó para la trampa.
En un par de días la bella salteña, tras apelar a fotos y a promesas de alto contenido erótico que remitió por Internet, sedujo al norteño desaparecido del hogar.
Al tercer día, lo citó en la Terminal de Ómnibus, muy cerca de aquellos hoteles con habitaciones decoradas al estilo oriental.
La agente encubierta, arriesgando su bello cuerpo, se presentó a recibir al retornado que no pudo disfrutar más que de un escueto beso y de una fugaz contemplación de los ojos más bellos de Salta.
Agentes de civil lo detuvieron en averiguación de antecedentes.
Sin embargo, no todos son elogios para nuestra Policía.
Los consabidos juristas de la izquierda sesentista piensan que esta acción policial es inconstitucional en tanto las fuerzas de seguridad del Estado no pueden manipular los sentimientos humanos ni utilizar a la mujer como un objeto.