Regalar en Salta

En el Valle de Lerma, como en el resto del mundo, regalar es un arte regido por normas exigentes vinculadas tanto con el buen gusto -un concepto de pretensión universalista-, como con factores locales que tienen que ver con nuestra historia y con determinados hábitos culturales típicos.

Regalar es, además, un arte condicionado por pertenencias sociales o generacionales, pero no necesariamente por los recursos disponibles, aunque si limitado por la oferta del comercio local; un límite que algunos de nuestros abuelos quebraban gracias a los catálogos de las tiendas porteñas o londinenses, y que los mas jóvenes burlan gracias a las oportunidades que brinda Internet.

Los salteños, también nuestros antepasados indígenas, fuimos y somos afectos a regalar, aun cuando hay quienes han desarrollado cuasi-teorías sociológicas para fundamentar su rechazo, no a recibir, sino a entregar regalos.

En realidad, estos rebeldes no impugnan en bloque al acto de regalar. Sostienen que esta costumbre tiene sentido únicamente para los cumpleaños, las bodas y los bautismos, ya que el resto de citas han sido creadas por los audaces comerciantes (“emigrantes o hijos de emigrantes” en apostilla que encubría un cierto racismo) en su afán por incrementar sus ventas.

Las celebraciones tales como el día del niño, de la secretaria, del amigo, son objeto de especial tacha por parte de los impugnadores de este tipo de dádivas. Una de estas rebeldes matronas atribuye el inicio de esta costumbre a una muy conocida y exitosa publicidad de tienda El Indio (“comprarás en mi casa”), y a las voces convincentes de locutores radiales de la talla de Héctor Bates Belgrano o de Omar Villalba.

Si bien hay un punto de exageración en estos ataques, es muy difícil negar algún vínculo entre el interés mercantil y el auge de celebraciones que convocan a ofrecer todo tipo de regales. Cualquier condición (padre, madre, abuelos, tíos, vecinos, compañeros de promoción o de aficiones, pertenencia a una misma corporación, pueblo, tribu urbana, parroquia deportiva o, incluso, afinidades en materia de preferencia sexual, de esas que terminan con el regalo de pijamas blancos), es buen pretexto para incitar el intercambio de regalos.

Se trata de un asunto que, cuando se mira en detalle, divide las aguas.

Así, por ejemplo, en los años sesenta entre los jóvenes “progresistas” o, si se prefiere, afrancesados o “iluminados”, no estaba bien visto que un varón hiciera regalos a su novia, prometida, festejada o simplemente acompañada formal. Esta convicción juvenil anatematizaba especialmente el regalo de flores a las damas con quienes se mantenía (o pretendía mantener) una relación mas o menos “seria”.

Cualquier sesentista que se preciara podía, eso si, regalar libros, a ser posible de la cotizada y surtida “Librería del Hotel Salta”, con títulos “revolucionarios” que las receptoras habrían de cuidarse de poner al alcance de sus mayores o, si la confianza lo permitía, ropa interior recatada en comparación con lo que hoy puede verse en las vidrieras de cualquier pueblo.

Vaya uno a saber porqué, el intercambio de regalos entre amantes ocasionales era algo aceptado entre esos mismos jóvenes varones que no dudaban en exhibir los presentes recibidos identificando, si venía a cuento, a la generosa fémina autora de una prueba de cariño desprejuiciado.

He traído varias veces a estas páginas el caso de un famoso letrado que por años no compró ropa interior pues le era provista por una bella admiradora que cosía para la calle.

Por supuesto, las cosas sucedían casi del modo inverso entre los jóvenes formales, decentes o tradicionalistas.

Pasando al caso de los niños, hay que decir que para muchos salteños, y no solamente para los muy pobres, los primeros regalos vinieron de la mano de la Fundación Eva Perón: guardapolvos, ropa interior de frisa, zapatos “Carlitos”, juguetes y útiles escolares, llegaban puntualmente a miles de niños durante los diez años que duró el “régimen depuesto”.

Sus padres, además, disfrutaban de la sidra y del pan dulce que llegaban puntualmente a los hogares con el inconfundible y querido sello de la misma Fundación bienhechora.

Esos mismos niños, cuando salían a la vereda a jugar con sus vecinos y amigos, eran reiteradamente advertidos para que no aceptaran regalos de extraños transeúntes, pues -se decía- pululaban perversos que obsequiaban a los chicos estampitas o caramelos con propósitos inconfensables y nunca explicados a los desprevenidos infantes.

En aquellos mismos años, era habitual que las tías mayores regalaran a sus sobrinos que cumplían pocos años manzanas, alfeñiques, chancaca y otros dulces caseros. Cuando les llegaba, con una tardanza que hoy seria inaceptable, la hora de alargar el pantalón, una de esas mismas tías era la encargada de regalar la apreciada prenda varonil nueva o usada.

En muy pocas familias de clase media faltaba el “tío rico”, que venía del campo para fechas muy señaladas (El Milagro, los 80 años de su madre, las navidades), y que hacía formar a sus sobrinos en fila india para distribuirles billetes de un peso o monedas, en ambos casos relucientes, como recién salidos del Banco Central.

Eran tiempos en donde cualquier fiesta familiar de cierta relevancia era propicia para que el agasajado exhibiera a sus invitados los regalos recibidos, ejerciendo, eso si, la necesaria vigilancia para evitar sustracciones o desapariciones que lo mas audaces ponían bajo la invocación del diablo (“quiquito me valga”) o pretendían legitimarlas invocando la innoble regla de “papita pal loro”.

Sabido es que antes de que se implantara la costumbre de las “listas de casamiento”, las familias de los novios se las ingeniaban para orientar a los invitados respecto de las necesidades que las nuevas parejas pretendían cubrir merced a la generosidad de los padrinos y demás invitados.

El caso es que, contemporáneamente, la sociedad de consumo y, más aun, el antiguo régimen introdujeron enormes cambios en este tipo de hábitos de provincia.

Para ejemplificar tan brusco giró desde la sobriedad a la ostentación, bastaría con citar el caso de un jovenzuelo “militante” que, si en los años sesenta hubiera regalado a su amada el “Libro Rojo de Mao”, en los noventa llegó a regalar un Rólex de oro y hasta un crucero de placer a su ocasional enamorada.

O este otro donde un padre “pos moderno”, universitario, remilgado, y cursi le dice a su hija quinceañera:

“Hija, para que veas el amor que te profesa tu buen padre, te doy a elegir -como regalo de egresada-, entre un viaje a Bariloche y una operación de cirugía estética que realce tu busto”.