En medio de ese panorama resulta dramática la ausencia de propuestas dirigidas a los verdaderos desafíos que enfrenta nuestra Nación. Muy pocos reflexionan sobre los enfrentamientos que aún subsisten en nuestra sociedad, en gran medida alentados desde el gobierno y que lejos de suavizarse o diluirse, se incrementan en su intensidad, dejando poco espacio para la serenidad que requiere el análisis de los odios que se tienen grandes sectores de ciudadanos.
Ninguna Nación subsiste si no hay ciertos acuerdos básicos entre sus integrantes, que admitan al adversario y garanticen el ejercicio de los derechos por todos y la plena vigencia de normas constitucionales. Sobre este tema central, no se encuentran propuestas explícitas en ninguna plataforma electoral. Nada se dice sobre la ineludible exigencia de mirar al futuro y olvidar el pasado.
De los contendientes principales en la próxima elección, ninguno se ha pronunciado sobre la grave y peligroso que es, para la subsistencia de una sociedad organizada, la desaparición de los partidos políticos.
Los tan castigados partidos políticos, cuando funcionan, tienen varios roles que desempeñar. Entre ellos los de enseñar educación cívica a sus simpatizantes, contribuir a la formación de dirigentes sociales y servir como vehículo para la expresión de inquietudes ciudadanas, estableciendo normas de comportamiento consentidas y razonables para dirimir enfrentamientos.
El ejercicio cívico dentro de los partidos da como resultado la formación de ciudadanos que compiten para cargos electivos en órganos de gobierno (intendentes, concejales, diputados, senadores, gobernadores y presidente de la Nación), comprometidos con ideales y propuestas políticas que son la expresión de un conjunto y una doctrina y no de hombres o ideas providenciales.
La vulneración, por casi todos restos de los viejos partidos políticos de tales comportamientos y su no cumplimiento por los nuevos-, contribuye, aún mas, a alimentar el descrédito de tales organizaciones, vitales para el funcionamiento de la República.
Sin los partidos políticos la sociedad está y estará a merced de las corporaciones sindicales y empresarias sin mencionar a las organizaciones de vándalos políticos, como los piqueteros- que, naturalmente, no tienen la visión de conjunto de aquellos, que por su creación, representan al ciudadano como tal y no como trabajador, consumidor, empleado o empresario.
Además, la falta de partidos políticos genera otras distorsiones significativas, que se han visto en el pasado reciente y se verán en el futuro próximo. Los legisladores no tienen lealtad con un ideario, ni compromiso con voluntades de afiliados, de modo que lo único que los une con la entidad que los ungió, es la voluntad de quien los proclamó, capaz, como ellos, de mudar de opiniones y traicionar los pactos, sin sanción partidaria y sin escrúpulo moral o ético alguno.
Salvo meras declaraciones, ninguno de los principales candidatos ha insistido, con la energía que se merece, en el normal funcionamiento de la República constitucional. Muy pocos elevan su voz para cuestionar comportamientos tales como la vulneración por la Corte Suprema de Justicia de la Nación y por muchos jueces, de principios inalterables tales como la igualdad ante la ley, la irretroactividad de la ley penal o la cosa juzgada.
Tampoco se propician medidas radicales para terminar, de una vez por todas, con la sumisión de los gobiernos provinciales, al autoritarismo financiero del gobierno federal.
Lo que seguramente sucederá el 28 de octubre es una gran dispersión de votos, tanto en el nivel presidencial como en el de gobernadores y demás cargos en disputa. Aún quien resulte electo presidente no contará con un mayoritario acompañamiento político.
La dificultades sustanciales de los argentinos (falta de inversión, injusta distribución de la riqueza, deficiente educación, incipiente inflación, falta de inserción en el mundo, por citar sólo algunas) sólo podrán ser enfrentadas, con éxito, si merced al libre funcionamiento de las instituciones, recreamos auténticos partidos políticos, capaces de canalizar las inquietudes ciudadanas y arbitrar en sus disputas, ello en el marco de una auténtica voluntad de crear nuestro propio futuro venturoso, que implica olvidar el pasado de enfrentamientos y confiar libertad creadora.