Opinión


La historia del presente

No se espere ni se pidan profecías a la historia. No se vea en el historiador un augur. Así como la futurología no es menester de historiadores, la historia no suele ser materia en la que abreve la mayoría de los que se arriesgan en el terreno de las predicciones a largo plazo, o se entregan a la tarea de profetizar el futuro. Gregorio Caro FigueroaPero tampoco se piense que historia e historiadores nada tienen que decir y nada pueden aportar, más allá del convencional medio siglo de distancia que debe interponerse entre los acontecimientos y el trabajo del historiador, con el que se elude incursionar en ese pasado que, por demasiado cercano, parece confundirse con el presente.

Hablar de historia del presente parece un juego de palabras, una contradicción, un oxímoron. No se trata de trastornar la lógica; tampoco de alterar el orden cronológico. El sentido común indica que lo que es historia no es presente, y que lo que es presente aún no tiene credenciales, ni densidad, para presentarse como historia.

{sidebar id=9}Pero aquél también puede insinuar que, si bien el presente no recoge “todas las edades”, contiene parte de ellas. Como anota Tomás Carlyle: “El tiempo presente, último retoño de la Eternidad, hijo y heredero de todos los tiempos pasados, de lo que tenían de bueno y de malo”. Lo escribió en Folletos de última hora (1850), pasando revista a esos días “de ruptura, de dislocación, de confusión”. Reflexionó sobre ellos, intentando captar su sentido.

Pierre Chaunu, a quien seguiremos aquí, dice que el presente “es un pasado en formación”, que se va construyendo en la memoria. El presente vivido, “se transforma en un pasado todavía fresco, sin arrugas”. La historia del presente no es la historia del instante, ese “lapso incierto” y fugaz que se mide con cronómetro.

No es el registro apresurado, abigarrado y no tamizado de acontecimientos no sólo cuyunturales sino “de tiempo corto”. Tampoco se confunde con inmediatez, excesiva proximidad, cercanía o actualidad que, medidas en horas o días, son materia prima del periodismo.

Para despejar temores y equívocos, Chaunu es más preciso: de lo que se trata es de explorar el análisis histórico del presente. Si no se puede leer correctamente el presente sin la historia, es aún más difícil comprender la crisis de nuestro tiempo sin la historia. Es más: ese análisis histórico del presente, aunque servía para abordar la crisis, no debía confundirse con el análisis de ésta.

Hace treinta y dos años, en septiembre de 1975, este historiador francés formado con los grandes maestros de la revista Annales, afirmó que los historiadores no podían callar frente a la crisis pues la historia podía, y debía, aportar una perspectiva para comprender aquella crisis, cuya causa profunda, afirmó, es la pérdida de la memoria.

La historia puede aportar una perspectiva, necesaria para ayudar a ver y avanzar en el presente y “para esbozar las líneas de una previsión razonable del futuro”. No se trata de profecías sino de percepción, de previsión y de aportar a una prospectiva que permita superar una futurología más imaginativa que consistente y rigurosa, más desapegada que nutrida del saber histórico.

El análisis histórico del presente, anotó Chaunu, desemboca casi necesariamente en la prospectiva. Tres años después en El pronóstico del futuro, Chaunu es contundente: “Como no soy profeta no me aventuraré a bosquejar el porvenir. Sólo las grandes tendencias son discernibles”.

Tampoco se trata de buscar inspiración en las ideas del conde August Cieszkowski quien, en 1837, creía que se podía “descubrir”, conocer o anticipar el futuro extrapolando pasado y presente. Cieszkowski anunció que se proponía escribir un libro sobre “la determinación del futuro”. Esto podía hacerse, añadió, por medio de la sensación, de la voluntad o de la práctica.

El análisis histórico del presente no puede ser confundido con esas tendencias mágicas o arcaicas a “predecir el futuro”. Tampoco su uso puede equipararse a la ambición de los totalitarismos que, como dice George Orwell, aspiran controlar el pasado para controlar el futuro, del mismo modo que aspiran a controlar el presente para controlar el pasado.

Una cosa es utilizar la perspectiva histórica para percibir y comprender mejor el presente y la crisis y poder avanzar con menor incertidumbre hacia el futuro próximo, y otra muy distinta tratar de ejercer controles totalitarios como los que denuncia Orwell. Hay que recordar a Marc Bloch, uno de los maestros de Chaunu: “La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”.

El análisis histórico del presente no dibuja el futuro: pretende iluminar los escenarios alternativos del futuro. En 1975 Chaunu escribió su libro El rechazo de la vida. Análisis histórico del presente. Lo hizo como reacción al silencio de los historiadores frente a la crisis que, iniciada en 1973 por el precio del petróleo, hundía sus raíces en estructuras y dentro de dimensiones de tiempo más profundas.

El historiador utilizó entonces los instrumentos de la demografía histórica para ver con un potente telescopio lo que la mayoría de los observadores miraban por una mirilla y atados a la inmediatez y al corto plazo. Los cambios demográficos influían en el cambio en la manera de pensar, la sensibilidad y los comportamientos sociales.

El historiador admitió sin disimulos que su atención estaba centrada en los países desarrollados y, dentro de ellos, en los europeos. Sin renunciar a la perspectiva de la larga duración, el periodo de tiempo lo estaba en el último medio siglo. En 1964 el cambio de la natalidad en Europa anunció un derrumbe que afloró en 1968, en el Mayo Francés.

Contra lo que su despliegue, sonoridad y atractivo podían sugerir, aquella rebelión no era una agitación pasajera y superficial. Mayo del ’68 fue el espectáculo visible de un cambio profundo y duradero. La polémica interpretación y la dura crítica que Chaunu hizo al Mayo Francés hace 32 años, reaparecen hoy mismo como idea muy reciente en el discurso del presidente de Francia, Nicolás Sarkozy.

Frente a esto se podrá criticar a Chaunu y adjudicarle el papel de manipulador de la historia para fines políticos, desviación que él mismo siempre criticó. También se podrá reconocer la importancia de los aportes de Chaunu quien, hace 32 años y casi en solitario, se animó a desafiar los lugares comunes y las ideas consagradas.

Pero no es el historiador el que sigue las directivas del político: es el estadista que toma en préstamo la linterna del historiador para ver más allá de la estrecha parcela y del corto plazo. El discurso del candidato Sarcozy en Bercy, en abril de este año, criticando a los herederos del ‘68, tiene algo más que resonancias del análisis de Chaunu en El rechazo de la vida. Análisis histórico del presente.

Aquel rechazo incluía la afirmación del relativismo intelectual y moral, el abandono de un conjunto de valores que no eran patrimonio de la derecha francesa sino que lo habían sido del socialismo democrático: el respeto al republicanismo, al civismo, la escuela de excelencia, la ética política, la cultura del esfuerzo y el trabajo, el orden dentro de la ley, la solidaridad y la fraternidad.

A esa reivindicación el político puso nombres y apellidos: los de Jules Ferry, Jean Jaurés o León Blum. Pero fue aún más lejos: la herencia del ’68 contribuyó a instalar el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido esos valores “los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, el beneficio a corto plazo, la especulación”.

La puesta patas para arriba de los esquemas consagrados es audaz y enciende polémicas. Echar mano a las etiquetas izquierda y derecha para descalificar o para prestigiar una posición parece, cada vez más, una coartada para eludir el examen riguroso de las ideas. ¿Exageró Chaunu sus críticas? ¿Se comportó, entonces, como un oportunista anunciador de catástrofes?

Un año después de aquel libro de Chaunu, se publicó en Francia otro libro inquietante: La caída final. Ensayo sobre la descomposición de la esfera soviética. Esta vez desde el ensayo, su autor, Emmanuel Todd, venía a complementar aquel aporte de Chaunu. La mirada crítica de Todd se dirigió a la Unión Soviética, donde parecía más fuerte que nunca el mito de la fortaleza del régimen comunista.

Donde la mayoría de los expertos en temas soviéticos fracasó, Todd acertó. ¿Se hundiría el sistema soviético? ¿Una guerra nuclear acabaría con él y con parte de la humanidad? ¿Cuántos años más de vida tenía el sistema que había anunciado que su imperio señalaba el fin de la historia? ¿Cómo saber lo que pasaría en el futuro de la URSS si la información sobre su presente estaba falsificada por el poder?

Si la Unión Soviética se presentaba como “el futuro de la humanidad”, ¿cómo atreverse a predecir su colapso? Todd lo hizo con acierto, utilizando instrumentos de análisis parecidos a los de Chaunu. Se fijó en síntomas aparentemente irrelevantes y dispersos. Construyó un modelo de explicación coherente utilizando anécdotas, fragmentos incoherentes y estadísticas manipuladas por el régimen las que, sin embargo, no podían ocultar el derrumbe demográfico.

¿Cuál sería el detonante del colapso? ¿Vendría desde fuera o saldría del interior del propio sistema soviético? O, sería tal vez, la combinación de varios factores: crisis del sector agrario, alza de la mortalidad infantil, sobrecarga del gasto armamentista, bloqueo social, sin olvidar el inasible e impredecible factor humano.

Chaunu concluía aquel libro suyo de 1975 advirtiendo que el análisis histórico del presente consistía en “un método concreto de abordar la realidad”, en el que debían articularse las ciencias del presente con las adquisiciones del pasado. Ese método no proporciona una caja de herramientas simples para explicaciones simples: demanda un trabajo complejo y complicado.

Restablecer la verdad para poder comprender es tarea inmediata. Nuestro destino no está definitivamente fijado, añade al final de El rechazo de la vida. “La historia de mañana y todavía más la historia de pasado mañana dependen de nuestra voluntad, de nuestra libertad” y no de una historia divinizada o una fuerza desconocida que dispone lo que ha de suceder.

(*) Ensayista y periodista. Una versión abreviada de este texto se publica como editorial de la reciente entrega de la revista “Todo es Historia”. Buenos Aires, agosto de 2007.