Desde el 1 de febrero de 1997

¿Qué hacías aquel 24 de marzo?

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Años setenta, saludando a mi amigo y protector Rolo FortunyNo hay dudas de que, para millones de argentinos, el 24 de marzo es una de las efemérides más tristes, por no decir de las más siniestras. Lo verdaderamente lamentable, sin embargo, no es que el actual gobierno argentino pretenda instituir a esta fecha como feriado nacional sino que el recuerdo de aquellos acontecimientos y el de los siete años de vergüenza que le siguieron, sean hoy la bandera de muchos de los que estuvieron del lado de los militares golpistas y silenciaron -cuando no aplaudieron- sus atrocidades.

Expertos en disfrazar la historia, los argentinos asistimos casi impasibles al desfile continuo de represores que han obtenido el carnet falso de reprimidos y al deambular de víctimas auténticas, empecinadas en una lucha falsa contra quienes seguramente han sido también víctimas como ellos.

Por suerte -si es que hubo alguna- el 24 de marzo de 1976 me ha encontrado del lado de los perseguidos y creo que es justicia decir que si no fuera por la protección familiar y por mi corta edad de entonces (17 años) hoy estaría tal vez entre las víctimas de aquella sinrazón.

DictadoresA todos aquellos que me cuidaron y me protegieron en medio de aquella inseguridad, a todos a los que les importé en aquel momento más que ellos mismos, quiero dedicar estos recuerdos de adolescencia, que fueron escritos hace algún tiempo sin otro propósito que el de no olvidar nunca lo vivido aquellos días.

Se trata de cuatro fragmentos de un conjunto mayor, que escritos desde la más profunda ingenuidad, abordan la tensión y el desasosiego de los días que precedieron al golpe y de su jornada posterior. Momentos que determinarían -como quizá no lo hicieron otros- el curso de mi vida en los treinta años siguientes.

24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (I)

A comienzos de 1975 y con sólo 16 años, me matriculé en la Universidad Nacional de Tucumán para cursar la carrera de Derecho. Apenas unos meses antes había concluido mis estudios de bachillerato en el Colegio Nacional Nº 6 Manuel Belgrano de Buenos Aires, por lo que pocos -por no decir nadie- entendían muy bien mi decisión de no continuar mis estudios universitarios en Buenos Aires y de replegarme hacia Tucumán. El más crítico con esta decisión, seguramente, fue mi padre. Perplejo ante tan absurdo desplante juvenil, no dudó ni un instante en vincular mi -hasta entonces- desconocido tucumanismo académico con mi ya conocida afición a los sandwichs de milanesa de Don Pepe.

Tenía razón. La elección de Tucumán fue una pataleta sesentista influida por los cuentos fantásticos de mis hermanos mayores y de sus amigos que pintaban aquello como un paraíso de libertades muy atractivo. Los sandwichs de milanesa de Don Pepe hicieron el resto.

Sin embargo, el Tucumán de 1975 estaba muy lejos de ser un paraíso. Y no sólo porque el kiosco de milanesas de Don Pepe había virado al vegetarianismo a causa de una dura veda de carne, sino -y muy especialmente- porque aquella era por entonces una tierra en armas. La Provincia de Tucumán vivió durante aquel triste año de 1975 uno de sus periodos históricos de máxima violencia y no hace falta ser un experto para darse cuenta que aquella agitación habría de trastornar la vida universitaria casi por completo. Aun en mi bisoñez, alcancé a comprender que aquel clima enrarecido poco tenía que ver con el de las luchas obrero/universitarias de finales de los años sesenta. No había idealismo ninguno. Sólo fanatismo y miedo.

El llamado faro intelectual de noroeste no obró finalmente en mi el milagro. La ciudad y su portentosa universidad no me impresionaron en absoluto. Con el paso del tiempo me di cuenta que si mi camino hacia Tucumán hubiera sido el normal para un estudiante salteño quizá aquella impresión hubiese sido diferente. En vez de hacerlo atravesando los polvorientos caminos del norte, llegué a Tucumán desde Buenos Aires, después de haber vivido dos años en la gran ciudad y ello, quizá, obstaculizó mi percepción de Tucumán como un paso adelante. Además, mi arribo al Jardín de la República se produjo a bordo de un moderno Jet Boeing 737 que se posó -con la misma suavidad con que un viejo se hunde en una bañera- sobre una de las pistas del aeropuerto Teniente Benjamín Matienzo, la misma que pocos meses después sería dinamitada al paso de un avión Hércules de la Fuerza Aérea, en uno de los atentados más salvajes que se vivieron en el Tucumán de aquel año.

No hace falta decir siquiera que al finalizar aquel complicado año académico salí picando de Tucumán en busca de aires más frescos y, sobre todo, más pacíficos. Como todos los veranos, mi destino fue Cerrillos y allí construí mi fortaleza deseando estirar al máximo el periodo de inactividad. ¡Y lo logré!

El verano 75/76 fue uno de los más lluviosos que recuerda el Valle de Lerma. Inundaciones, desbordamientos, deslizamientos de tierra, rutas cortadas y algunos otros contratiempos favorecieron mi regreso tardío a las obligaciones universitarias. Un encuentro fortuito en la plaza 9 de Julio de Salta dispararía, sin embargo, mi angustia. Caminaba por allí con mi hermano Ramiro cuando nos encontramos con un pintor tucumano apodado "Bayonesa". El encuentro no duró más de cinco minutos y fue un monólogo de Bayonesa en el que hizo, sin que nadie se lo pidiera, un prolijo repaso de la idiosincrasia tucumana. Nos llamó poderosamente la atención que el pintor (de brocha gorda) criticara con dureza un rasgo característico de la personalidad tucumana que él mismo calificó como "pereza rural". En aquellos cinco minutos, Bayonesa el pintor de fachadas, retrató con la maestría de un Goya al personaje tucumano que encarna lo peor de la llamada pereza rural: el pechatusca. Con gestos grandilocuentes, Bayonesa ponía en duda el futuro productivo de su tierra, si es que la riqueza debía depender de ... los pechatuscas de Aguilares, los pechatuscas de Monteros, los pechatuscas de Alberdi, los pechatuscas de Los Ralos... (palabras textuales).

¿Quiénes eran los pechatuscas? ¿Por qué se les llamaba de esa forma? En sus últimos quince segundos el pintor explicó que "los pechatuscas eran los culpables de todo, por vagos". Se trataba de aquellos hombres que pasaban largas horas en el campo apoyados con una mano en una tusca, un árbol espinoso característico del bosque tucumano, y que, probablemente, hacían de ésta su única actividad. Por la forma exagerada en que hacían descansar todo el peso su cuerpo sobre el tronco del árbol, parecía que lo estaban empujando; de allí lo de pecha-tuscas.

Aquel encuentro con Bayonesa fue una experiencia turbadora. Durante mi viaje de regreso a Cerrillos no dejé de preguntarme si había hecho una buena elección al escoger a Tucumán como escenario de mi incipiente vida universitaria. ¿Me convertiría yo también en un pechatusca? (Continúa...)


24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (II)

El regreso a Tucumán fue, como esperaba, penoso. Atrás quedaba Cerrillos envuelto en una suave llovizna de finales del verano. Por delante me esperaba un Tucumán ardiente, como de costumbre, aunque con una humedad disparada a sus máximos históricos. Las tres primeras semanas de marzo de 1976 transcurrieron entre sudores incontenibles y sobresaltos políticos que nos mantenían pendientes de La Gaceta, de la radio, de los ventiladores y de la ducha. Por esas fechas debía yo de rendir mi segundo examen de Historia de las Instituciones. Lo había intentado antes, en octubre del año anterior según recuerdo, pero el Dr. Arturo Ponsati, que presidía el tribunal, me formuló entonces una cordial invitación a volver a pasar por su gentil cedazo examinador. En verdad, no fueron nada amables conmigo. Especialmente no lo fue el fallecido Dr. Ponsati. Con el tiempo llegué, incluso, a agradecer aquel rigor y su talante adusto. No sólo me sirvió para estudiar mejor sino también para afinar la estrategia frente a los tribunales examinadores.

Había conseguido eludir con dificultades el turno de exámenes de febrero y tenía todo preparado para volver a la carga a finales de marzo, pero una inoportuna avería en el cuarto de baño del pequeño departamento que habitábamos con mi hermana Marisa (por entonces a punto de graduarse de abogada) en el mítico edificio de la FOTIA, allanó el camino para una retirada estratégica. Marisa se vio forzada a trasladar sus cosas a casa de mi hermano Eduardo, que vivía en el mismo Tucumán, a unas pocas cuadras, y yo, con su conocimiento y complicidad, decidí volver unos días a Cerrillos. Casi treinta años después, resulta increible pensar que un flotante averiado pudo habernos salvado la vida a mi hermana y a mi.

Sólo mi hermana estaba al tanto de mi desesperado regreso a Cerrillos. Por unos días que iba a durar la reparación del dichoso baño, no parecía oportuno avisar de mi desplazamiento a Cerrillos ni a mis padres ni a mis hermanos mayores. Temía que me malinterpretaran como en efecto ocurrió. El día martes 23 de marzo de 1976 un coche de La Veloz del Norte procedente de Tucumán rompía con sus luces amarillas la neblina del portezuelo salteño. Una vez estacionado en la plataforma, el ómnibus fue rodeado por una nube de operarios, lustrabotas y vendedores ambulantes. Mucha gente para tan escaso pasaje. Antes que yo descendieron del vehículo un señor bajito con cara de ser el dueño de una repuestera y una señora muy bien acicalada que tenía toda la pinta de ser una dentista judía de altos vuelos. Ambos se confundieron rápidamente con los manipuladores de bultos, mientras que yo, aprovechando que sólo llevaba un pequeño bolso con una muda de ropa y mis libros de historia, me escurrí rápidamente entre el gentío en busca de la plataforma que comunicaba con Cerrillos.

Nuestra casa de Cerrillos estaba ya vacía y con la hierba crecida. Había terminado el verano, las vacaciones y el carnaval. El trémulo gris del otoño se había enseñoreado del lugar. Mis padres ya se hallaban de regreso en Buenos Aires y mis hermanos mayores reintegrados a sus respectivos trabajos. Aquel caserón vacío infundía respeto. Lo primero que hice fue intentar olvidarme de los padecimientos del baño de la FOTIA utilizando el generoso caudal de agua corriente que en Cerrillos es relativamente frecuente al finalizar el verano. Lo segundo fue zambullirme en la vieja biblioteca de mi padre en busca de unos gruesos tomos de la Historia de las Ideas Políticas de Mariano de Vedia y Mitre, cuya lectura -suponía- iba a resultarme provechosa durante mi permanencia en aquellas solitarias estancias.

El silencio era abrumador. Mi colección de discos de Mari Trini estaba en Buenos Aires y no había en la casa ni siquiera un perro que ladrase. Mi único contacto con el exterior era una pequeña radio portátil de marca National que tenía el tamaño de un atado de cigarrillos. A través de la radio llegaban noticias acerca de un endurecimiento de la posición de algunos sectores militares insatisfechos con la gestión del gobierno presidido por Isabel Perón. Ninguno de estos rumores, sin embargo, alcanzaba a ser más duro o más amenazante que el contenido del discurso pronunciado sólo tres meses atrás por el nuevo jefe del Ejército, el entonces general Videla.

De alguna forma, aunque con diferentes niveles de conciencia y entendimiento, yo había vivido otras crisis militares que me parecían similares a ésta, como el enfrentamiento entre azules y colorados o el golpe de Estado perpetrado por el general Pistarini y sus secuaces sindicales que dio por tierra con el gobierno del presidente Illia. Aunque aquellos acontecimientos me sorprendieron con cuatro y siete años respectivamente, a los diecisiete me consideraba ya todo un veterano experto en crisis militares. Porque a pesar de ser un niño, aquellos episodios de los años sesenta habían desencadenado graves consecuencias familiares que mis mayores no pudieron ocultarme.

En 1962 mi madre y sus hijos pequeños debimos de abandonar precipitadamente nuestra casa de Salta para refugiarnos en casa de nuestra tía Sarita en la localidad de Coronel Moldes. Los blindados del general Toranzo Montero, el intransigente caudillo del bando colorado, amenazaban seriamente con plantar batalla a las puertas mismas de la ciudad de Salta. El 8 de julio de 1966, pocos días después del golpe que llevó al poder al general Onganía, falleció en Salta mi abuela paterna María Ana Santoro. Unos días antes había recibido la noticia del arresto y destitución de mi tío el general Carlos Augusto Caro, quien en su condición de comandante del Segundo Cuerpo de Ejército apoyaba sin reservas la continuidad democrática del gobierno del Dr. Illia.

Puede que con mi edad no alcanzara a comprender las razones de aquellos enfrentamientos militares pero las consecuencias que tuvieron en mi familia han sido y son, desde luego, imborrables. (Continúa...)


24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (III)

A medida que avanzaba la tarde del martes 23, comencé a estar más pendiente de las noticias que llegaban por la radio que de la Historia de las Instituciones, que, al menos en teoría, debía de ocupar la mayor parte de mi atención y de mi tiempo. No tenía otra forma de enterarme de lo que estaba ocurriendo en el país. En mi casa no había teléfono (no lo hubo sino hasta bien entrados los años ochenta) y nuestra estación de radioaficionados estaba desactivada porque mi padre había trasladado a Buenos Aires los equipos que estaban en mejores condiciones de funcionamiento.

Los cruces de comunicados y declaraciones contradictorias de los políticos y de los rumores de golpe de que se hacía eco la prensa eran continuos, pero a pesar de ello yo seguía convencido en que el asalto al poder era poco menos que imposible. Me imaginaba que mi padre, que por entonces era senador nacional por Salta con mandato vigente hasta mediados de 1977 y mi tío Carlos, que hasta hace unas pocas semanas atrás era subsecretario en el Ministerio de Defensa, estarían trabajando febrilmente para asegurar el mantenimiento de la legalidad constitucional y el respeto de las libertades. Pero no tenía forma de comprobarlo. De hecho, sólo pensaba que si en medio de aquel tembladeral mi padre se enteraba de que me había escapado de Tucumán en plena temporada de exámenes, le hubiera creado un problema añadido. Guardé silencio y esperé los acontecimientos.

Huellas de aquel atentadoA pesar de que mi padre desempeñaba una alta responsabilidad pública, mi casa, aquella casa vacía en la que yo me encontraba en esos momentos, no tenía vigilancia ni protección ninguna. Nunca la tuvo entre otras cosas porque mi padre era portador de un coraje cívico a toda prueba. Pero también porque él pensaba que cualquier medida de seguridad, aun la más discreta, le privaría de vivir como lo que era, es decir, un ciudadano normal y corriente. Sus convicciones en esta materia le llevaron a no adoptar ninguna medida especial en su casa a pesar de que pocos meses atrás había sido objeto de un atentado intimidatorio con un petardo y varios disparos en la fachada. Quizá no fui plenamente consciente del riesgo que corría permaneciendo allí. Sin embargo, decidí quedarme y resistir lo que viniera. En mi casa no había ningún objeto más ofensivo que unas hondas que había urdido con maestría nuestro vecino Ricardito Guanca, de modo que mi anunciada resistencia se transformó en una estrategia de evacuación controlada. Lo que debe entenderse como el estudio de hasta quince formas diferentes de "echarme al monte", si las circunstancias así lo aconsejaban.

A medida que las instituciones argentinas se tambaleaban entre las presiones militares, la endeblez gubernamental y las conspiraciones civiles de siempre, iba disminuyendo mi interés por el estudio de aquellas "formas sociales" que el sabio Ponsatti consideraba imprescindibles de conocer en detalle para aprobar su asignatura. La excitación que me producían los acontecimientos reales era suficiente para dejar aparcada en la cuneta cualquier curiosidad por la volkerwanderung postminoica, a la que hacía referencia el denso libro Ponsatti con cierto lujo de erudición.

Para mi, la verdadera historia, la importante, era aquella que se estaba fraguando, de forma acelerada, casi inexorable, en los despachos porteños del poder, y la que los flashes informativos de las emisoras irradiaban ya con cierta regularidad. Con la caída de la tarde mi pequeña radio de bolsillo se benefició de la apertura de la propagación en la banda de Onda Media y fue así que comencé a recibir con toda claridad las emisiones de las principales radios porteñas, así como noticieros chilenos y uruguayos. El clima político que se vivía en la capital era, si acaso, más denso y preocupante que el que las radios salteñas alcanzaban a transmitir. Mucho más dramático todavía si esos mismos sucesos o esos mismos rumores eran voceados por Ariel Delgado, el principal locutor de la mítica y sensacionalista Radio Colonia, que solía inundar el país de amarillismo desde la parte más baja del dial.

Solo, aislado en aquel caserón desangelado, mal comunicado, sin dinero y, lo que es peor, con el miedo instalado en el cuerpo, decidí tomar algunas precauciones mínimas, como por ejemplo cortar la luz, alumbrarme con velas y cubrir con mantas las ventanas de las habitaciones. El cuadro no podía ser más fantasmagórico. Asido a mi pequeña radio roja, que poco a poco iba perdiendo fuerzas, me acosté vestido y pensé una y otra vez que nada malo ocurriría. Algunas emisoras habían abandonado ya el seguimiento al minuto de los acontecimientos, lo que reforzaba la impresión de que lo peor, si aún cabía, sucedería al día siguiente.

Rendido por el viaje y traicionado por los nervios lógicos de una situación tan particular, al filo de la madianoche, me dormí por unos instantes. Mientras dormía, la presidenta de la Nación era engañada por algunos mandos militares y conducida en helicóptero desde la Casa de Gobierno a la Base Militar de Aeroparque cuyo jefe le haría saber que se encontraba detenida en nombre de las Fuerzas Armadas. Dos o tres veces me desperté con la sensación de que lo peor ya había ocurrido pero no tuve esa certeza sino hasta que todas las radios se unieron en cadena para difundir el fatídico "comunicado número uno" que venía a decir algo así como que todo el país se encontraba bajo el control operacional de las Fuerzas Armadas. Eran las tres y media de la madrugada.

Entonces no temí por mi seguridad personal. Me preocupaba la suerte de los míos y, en especial, el destino de un país sin suerte que, otra vez más, había caído en las garras del autoritarismo, sin que nuestras pefectas y venerables "formas sociales" pudieran hacer nada para evitarlo. (Continúa...)


24 de marzo de 1976 o el desafío de la supervivencia (IV)

Las primeras luces del alba trajeron consigo los primeros sobresaltos. Aunque con más lentitud que de costumbre, la antigua ruta 9, sobre la que estaba emplazada mi casa, había empezado a cobrar movimiento y ya desde la ventana de mi habitación se podía oír el paso de los vehículos sobre el pavimento mojado. Era tal la tranquilidad de aquel húmedo amanecer que incluso se podía seguir la huella acústica de los vehículos hasta que reducían la velocidad para tomar la primera curva de INTA, que comenzaba a un par de kilómetros de allí.

En un momento dado sentí que varios coches se detenían en frente de mi casa. Con cuidado, me acerqué a un ángulo de la ventana y a través de un pequeño agujero de la manta que la cubría alcancé a ver las siluetas de algunos hombres que habían descendido de dos vehículos. No se trataba de vehículos militares ni de policía. Uno de ellos era un Torino blanco y el otro probablemente un Ford Falcon. Al primero lo vi con cierta dificultad, aunque luego, al arrancar el motor, se me disiparon todas las dudas: el sonido de aquellos motores era inconfundible; del segundo sólo vi una sombra tras unos árboles, pero, una vez más, el sonido de sus puertas al cerrarse no dejó ninguna duda acerca de su marca y modelo. Los hombres hablaban en voz alta, se movían en varias direcciones y daban la impresión de ser mayores en número de los que yo podía ver. No escuché sonidos de armas, pero como no tenía idea sobre armas, tranquilamente podría haber confundido el ruido de un fusil con el de una llave cruz golpeando sobre un gato mecánico.

Por un momento pensé que aquellos nerviosos movimientos de coches y de hombres estaban relacionados con nuestro vecino de enfrente, que antes y después del golpe de Estado mantenía, incluso por parentesco, relaciones bastante estrechas con grupos armados de ultraderecha. Pero no. Aquel grupo estaba inspeccionando los alrededores de mi casa.

Con nerviosismo pero sin caer en la histeria, me puse a revisar una por una las puertas de entrada de mi casa para asegurarme de que estaban bien cerradas. Al comprobar la puerta trasera, pude observar desde una ventana que un tercer vehículo desconocido se hallaba estacionado sobre la calle lateral de mi casa, una calle de tierra por la que en aquel entonces sólo circulaban los perros.

Mi casa estaba rodeada, y yo a merced de cualquier cosa. Cuando me di cuenta de lo absurdo de la situación recordé aquella extraña definición política que se atribuye a Winston Churchill: "democracia es aquel sistema político en el que cuando llaman a la puerta de tu casa a las seis de la mañana, es el lechero".

Y éstos no eran precisamente el lechero.

Por algún motivo, a ninguno de los madrugadores visitantes se le ocurrió comprobar si había alguien en la casa. Al parecer, los signos de abandono, como la hierba alta, la ausencia de rodadas de vehículos en los accesos o la suciedad de varias semanas acumulada en las galerías, eran suficientes indicadores de una ausencia total de moradores. Sin embargo, demostrando una desconfianza propia del oficio que ejercían, dos de estos sujetos se aproximaron al pilar en el que se encontraba el medidor de la luz en busca de algún indicio de vida. Por suerte, la ruedecilla estaba muerta desde el día anterior cuando había cortado el suministro. Sólo cuando lo comprobaron decidieron marcharse, colocando sus vehículos en dirección hacia el Norte, hacia la ciudad de Salta.

A los pocos minutos, volví a revisar las puertas. No estaba tan seguro de que alguno de estos hombres, al amparo de la impunidad que reinaba desde hacía sólo tres horas, no hubiera intentado picaportear alguno de los accesos. Pensé que la tensión del momento me había impedido quizá controlar todos los movimientos de los intrusos y así fue que volví a revisarlo todo, desde un extremo al otro de la casa.

No había forma de mejorar la seguridad del lugar, pero sí riesgo serio de que todo empeorara muy pronto. Aunque las visitas no habían dejado un piquete, tampoco tenía la certeza de que no estuviesen vigilando mi casa desde algún lugar cercano. Me encontraba sitiado en mi propia casa y con las provisiones justas para aguantar sólo hasta la hora de la merienda. ¿Qué estaría sucediendo afuera? ¿Cómo estarían mis padres y mis hermanos? ¿Habrían intentado localizarme en Tucumán? ¿Es posible pasar a la clandestinidad con sólo 17 años? ¿Quién me había condenado a la clandestinidad? Mi único "pecado" había consistido en huir del calor y de la humedad tucumana por sólo tres días y ahí estaba, convertido en el primer ciudadano en situación de "paradero desconocido" de la naciente dictadura militar argentina. (Continúa...)