Hoy toca hablar de Greta Thunberg

  • En el momento en que escribo estas líneas, se supone que la joven activista sueca se encuentra a bordo de un tren que la traslada desde Lisboa a Madrid, en donde se está celebrando la COP 25.
  • La humanidad deshumanizada

Durante los últimos años -especialmente los que se han sucedido tras la injusta superación de la crisis económica global de 2008- hemos visto desfilar por los grandes medios de comunicación y las redes sociales a una legión cada vez más grande de personajes odiosos: Populistas, ultranacionalistas, dictadores bárbaros, machistas recalcitrantes, violadores comprobados, corruptos y delincuentes del más variado pelaje.


Sin embargo, con pocos de ellos nos hemos ensañado tanto como con Greta Thunberg.

Quién sabe por qué, sobre ella se ha volcado una carga de odio cruel e incuantificable que hoy por hoy es única en el mundo, por su poder corrosivo y por la escasa capacidad de defensa de la destinataria. Todo esto obliga a reflexionar un poco sobre los «pecados» que pudiera estar cometiendo esta adolescente con cara de niña que viaja por el mundo de una forma en la que pocos jóvenes de su edad lo hacen y que no deja indiferente a nadie en cada una de sus apariciones públicas.

Una de las primeras cosas que llama la atención, y no precisamente por su razonabilidad, es que Greta Thunberg no es una científica y que, por tanto, aunque sus pronósticos sombríos sobre el futuro del planeta pudieran estar apoyados en evidencias rigurosas, ella no es una científica per se, lo que no parece ser obstáculo para que los negacionistas del cambio climático dirijan contra ella -y no contra los expertos- todo su veneno.

Cualquiera que sea el grado de sinceridad de sus preocupaciones, Greta Thunberg tiene, como todo ser humano, derecho a que sus opiniones sean respetadas. Pero, partiendo de una afirmación tan obvia como esta, se puede decir que Greta también tiene derecho a que sus opiniones sean escuchadas, porque es incuestionable que el futuro del planeta es algo que le concierne y porque los niños tienen reconocido al máximo nivel internacional no solamente el derecho a ser escuchados sino también el derecho a que su opiniones sean tenidas en cuenta en los asuntos que les conciernen.

Es decir, que quien ataca a Greta Thunberg y la hace objeto de mofas y humillaciones, más allá de que las opiniones de la joven sueca sean acertadas o no, no solo está negando el cambio climático y las causas que lo provocan, sino que está atentando contra un derecho fundamental de las personas comprendidas en el artículo 1 de la Convención sobre los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas.

Es sabido que Greta padece el síndrome de Asperger, pero su derecho a la opinión libre no deriva de su condición clínica, como muchos quieren hacernos ver, sino de su edad. Es aquella condición psicológica la que muy probablemente la predispone a la excesiva e inestable emotividad, así como al impulso de ser el centro de atención, algo que normalmente viene asociado a la inflexibilidad del pensamiento y a la posesión de campos de interés estrechos y absorbentes.

Más allá de las formas y del tono, el mensaje de Greta Thunberg debe ser escuchado con atención y no ser objeto de descalificaciones absurdas, por su condición de niña primero y por su más que probable razonabilidad después.

Muchos de sus críticos -y no necesariamente los más feroces- reclaman para ella el regreso a una vida «normal», un concepto un poco arbitrario y difuso en el que se incluye seguramente una escolarización regular y el silencio sumiso de aquellos adolescentes que aún no tienen suficientemente desarrollada su capacidad de razonamiento crítico.

Quienes así piensan pierden de vista algunas cosas importantes. La primera, que Greta Thunberg no es una niña normal, por donde se la quiera mirar, y que, por tanto, nadie se puede arrogar el derecho de «normalizarla» contra su voluntad. La segunda, que su educación es, por ahora, responsabilidad de sus padres. Es decir, que si son ellos los que han decidido que la joven complete su formación fuera de las aulas, ya se entenderán los padres con el Estado sueco; nadie más tiene derecho a terciar en el asunto. Cientos de miles de jóvenes en todo el mundo se forman, por decisión de sus padres, fuera de las escuelas, y aunque no sea esta una situación deseable, ninguno de estos niños han recibido tantas presiones como las que recibe actualmente Greta Thunberg para que vuelva al colegio.

Si en vez de ser una joven en edad escolar, Greta tuviera diez años más, la exhortación a volver al colegio se traduciría seguramente en una invitación a fregar los platos.

Es comprensible que, por su personalidad y por la carga intensamente emotiva de sus mensajes, Greta Thunberg se haya convertido ya en una especie de símbolo de la lucha contra el cambio climático. Pero esta es una situación que deberíamos examinar con cuidado, porque se corre el riesgo de cargar sobre las espaldas del personaje una responsabilidad que excede con creces la que puede soportar una persona de su edad. A Greta Thunberg no se le puede exigir que asuma el papel de contrafigura del presidente Donald Trump o de cualquier otro personaje político de su talla, sencillamente porque las cosas no funcionan así en el mundo de la política internacional, y, si nos propusiéramos alcanzar un objetivo como este, lo único que conseguiríamos sería dañar gravemente a una persona en formación.

Pero aun en el caso de que Greta Thunberg o sus padres traspusieran esa línea, la persona de la joven sueca, con todas sus circunstancias -incluida su enfermedad- así como sus opiniones y su actividad, son y deben ser merecedoras del máximo respeto. Y ello aunque sus posturas sean discutibles o incluso equivocadas.

Respetar a Greta Thunberg aun sin estar de acuerdo con ella o con sus padres es la mejor forma de demostrar que los salvajes y los deslenguados no nos han ganado la partida y que en cuestiones como el cambio climático, así como en otras que nos importan a todos, es la moderación y no el extremismo la clave para encontrar las soluciones que buscamos.

Esto es verdad rigurosa aunque Greta se exceda en sus gestos y sea la primera en caer en los extremos. Respetarla como ser humano y tener en cuenta el contenido de sus mensajes no quiere decir necesariamente que debamos actuar como ella. Aprendamos a diferenciar.