
Además de sus quehaceres oficiales, la visita de los religiosos monarcas significaba para ellos el cumplimiento de una promesa sagrada: la de rogar al Señor y a la Virgen del Milagro -ya famosos entonces por sus prodigios telúricos- que le permitiera a la pareja concebir a un heredero.
La aristócrata española había sufrido su primer aborto en la primavera de 1961, a los nueve meses exactos de haber visitado esa ubérrima fuente de hormonas que es Salta -en julio de 1966-, la Casa Real belga anunciaba que la reina esperaba un hijo. Pero tres días más tarde se supo que su segundo embarazo también había resultado frustrado.
Desde aquel momento, y debido a la edad de la reina, que en 1968 cumpliría los 40 años, los belgas se dejaron de magias y de ruegos y se encomendaron a la ciencia. En 1967, tras sufrir su tercer aborto, la Casa Real suspendió los viajes oficiales, pero por poco tiempo, ya que Fabiola, inasequible al desaliento, visitó al afamado doctor Carl-Alex Gemzel de Estocolmo, e incluso llegó a mantener una consulta con la famosa doctora rumana Anna Aslan.
Finalmente, el 25 de febrero de 1968, doña Fabiola de Mora y Aragón se sometería a una operación quirúrgica en Bruselas, que supondría para ella el último intento para mantener la fertilidad, luego de que Gemzel, Aslan y los patronos tutelares de Salta no dieran en el clavo.
Hasta el día de hoy muchos salteños se preguntaban por qué, si el Señor y la Virgen son tan milagrosos, al final decidieron mirar para otro lado frente al sufrimiento de la pareja real belga. Algunos llegaron a echarle la culpa a nuestras Sagradas Imágenes de la esterilidad de la pareja, mientras que otros culparon directamente al entonces Gobernador de Salta, Ricardo Joaquín Durand, al que atribuyeron falsamente la potestad de comunicar la mala suerte.
Todo, hasta que en estos días -marzo de 2019- salieron a la luz los archivos personales del Primer Ministro belga que supo desempeñarse en el cargo en diferentes periodos entre 1946 y 1958, señor Achille Van Acker.
De estos documentos surge lo que los belgas ya se venían maliciando desde hace décadas: que el rey Balduino (conocido también como el rey triste por su escasa propensión a relacionarse con mujeres de su edad) se entendía con su madrastra, la princesa Lilian, segunda esposa de su padre, Leopoldo III, tras la muerte de su madre, la reina Astrid de Suecia.
La princesa Lilian había nacido en Londres, en plena Primera Guerra Mundial, pero se había educado en Bélgica. Sus orígenes aristocráticos le habían puesto en relación con la familia real belga. A la muerte de la reina Astrid en accidente de automóvil, el rey Leopoldo empezó a invitar a Lilian para que acompañara a sus hijos hasta que se hicieron inseparables. Tan inseparables, que la llamada a consolar al rey viudo, terminó consolando a su hijo y heredero, a quien le llevaba solo 13 años de edad.
Aunque Balduino pasó a la historia por ser muy religioso (quería ser sacerdote), lo cierto es que su relación extraña con la segunda esposa de su padre fue duradera y más bien pecaminosa. Quizá el señor Van Acker y muchos belgas se olían algo en 1965, pero el Señor del Milagro tenía, en Salta, mejor información que los belgas en su propio reino, y decidió por ello poner distancia con los deseos sucesorios de Balduino, por una razón -entendemos ahora- bastante justificada.
Décadas más tarde, el Señor del Milagro -algo cansado quizá- se dejó sorprender por otra pareja famosa, a la que bendijo con el don de la fertilidad, permitiéndole concebir a una robusta y rozagante niña. Pero como sus servicios de inteligencia todavía funcionan adecuadamente -a pesar del big data y la inteligencia artificial- es posible que nuestro Santo Patrono ponga las cosas en su lugar con ocasión de la celebración de las próximas elecciones.