Los Ulloa: Elogio de una familia valiente

  • El autor de este escrito defiende el coraje de dos hombres, pertenecientes a una misma familia, que no han tenido problemas en defender posturas políticas enfrentadas y que al hacerlo han dado una lección a todos los que se esfuerzan por simplificar la realidad de las familias y por negar a sus miembros su autonomía para pensar y para existir.
  • Contra las amalgamas y las simplificaciones

Al mismo tiempo que en Salta ha comenzado a resquebrajarse -felizmente- la idea de su ancestral monovalencia cultural y de su férrea cohesión alrededor del tradicionalismo y la religión, han comenzado también a aparecer algunas grietas en otro de los pilares que, hasta aquí, han venido sosteniendo a la salteñidad más original: el del carácter monolítico y cuasisiciliano de las familias.


Más que de un hecho que se pueda comprobar en la realidad, el de la rocosa unidad de las familias es una ficción ampliamente aceptada en Salta; un teatro bajo cuyas engañosas apariencias se oculta generalmente la diversidad de intereses y sensibilidades entre los miembros de un determinado linaje o clan, cuando no enfrentamientos feroces y disputas interminables entre ellos.

Pero, ya se sabe: Hacer amalgamas ideológicas familiares es uno de los deportes favoritos de los que tienen poco que hacer en Salta.

Le ha tocado esta semana al exgobernador de Salta, Roberto Augusto Ulloa y a su hijo Álvaro Ulloa, actual representante en Salta del Instituto Nacional contra la Discriminación, Xenofobia y el Racismo, más conocido por sus siglas de INADI. Los dos han aparecido en diferentes medios de comunicación sosteniendo ideas y opiniones enfrentadas acerca de un asunto determinado que divide profundamente a la sociedad argentina.

Pero quizá lo importante no sea esto, sino el hecho de que, con ocasión de este asunto, cierta prensa se haya esmerado en recordar a sus lectores que Ulloa padre fue un gobernador ilegítimo de la Provincia de Salta, ignorando al mismo tiempo que también lo fue inobjetablemente legítimo, como fue posteriormente senador nacional, y no precisamente por un error inevitable del soberano.

Esta especie de memoria selectiva, tan característica de los salteños, tan frecuente como las amalgamas familiares, nos retrata como un pueblo olvidadizo, pero también como una sociedad superficial formada por individuos quizá malintencionados.

Las familias no son frentes ideológicos que se mantienen en pie como bloques de piedra frente a las tempestades. La valiente postura discrepante de los señores Ulloa, padre e hijo, así lo demuestra. Bien podrían los dos haber aireado sus puntos de vista diferentes en un asado de domingo, en la intimidad, pero a buen seguro los dos han pensado que, al hacerlo públicamente, estaban prestando un valioso servicio a sus semejantes. Creo -y esta es una apreciación muy personal- que los Ulloa saben o intuyen que hay ciertas cosas, ciertos temas y ciertas familias con una especial repercusión pública que genera en sus miembros una responsabilidad que es ligeramente diferente a la de los demás, de cara a la conformación de esa cosa tan amorfa que solemos llamar opinión pública.

Así como ahora siento el impulso de elogiar el buen sentido común y la vocación de servicio de los dos Ulloa, más allá de las opiniones que pueda tener cada uno de ellos sobre cualquier tema, siento a cada momento la necesidad de decir la verdad sobre algunas cosas del pasado, que ya resulta imposible o inútil callar.

Saben los que acostumbran a leer mis escritos que mi condena a la última dictadura militar ha sido y será siempre firme e irrevocable, además de convencida. Que no habrá justificación para los atropellos que cometieron quienes usurparon el poder en 1976 y sumieron a muchos -incluido a mí- en el sufrimiento y en la desesperanza. Pero también tengo que decir, porque es la pura verdad, que sufrí menos, como ciudadano, como estudiante, como hijo, cuando el capitán Ulloa fue gobernador de facto de Salta, durante la dictadura, que cuando Roberto Romero -que pretendió borrar a mi familia de la política de Salta y la atacó sin piedad- fue gobernador constitucional de la Provincia entre 1983 y 1987.

Que cada quien saque sus propias conclusiones. Hoy toca elogiar la valentía de los Ulloa, padre e hijo, y no se me cae nada por quitarme el sombrero ante ellos, que se lo merecen.

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