'Y en un telegrama le dijo a su suegra: No viaje señora, que aquí no hay lugar'

  • Los viajes más o menos sorpresivos de las suegras casi siempre han despertado algún tipo de inquietud en aquellos nueras y yernos que piensan que la mejor familia política es la que más lejos está. No es el caso, al parecer, de algunos yernos cariñosos, con ternura a prueba de huevos de Pascua.
  • Historias de la Salta de antes
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A mediados de los años setenta del pasado siglo, una inquieta salteña que tenía por costumbre matinal la de revisar de forma clandestina los papeles de su marido, descubrió un día que entre facturas de veterinarios, recibos de sueldo de los peones y avisos del banco había un sobre con una carta manuscrita con letra de mujer.


«Querido hijo: Aprovechando que me han pagado una suculenta retroactividad de la jubilación, voy a ir a visitarte la próxima Semana Santa. Espero darle una alegría a esa hermosa mujer que tienes y a mis dos nietecitos, que seguramente estarán ansiosos de verme después de tantos años. Te quiere, tu mamá».

Así decía la breve misiva enviada desde la ciudad de Tucumán por una ilusionada abuela de dos jóvenes estudiantes, que no veía pasar las horas para abrazar a quienes -ella suponía- tanto afecto le prodigaban.

Pero la nuera, lejos de sentirse halagada por la visita, tomó la carta en sus manos y corriendo la llevó hasta la oficina postal más próxima a su domicilio en donde, sin siquiera consultar con su marido, por supuesto, impuso un telegrama colacionado y urgente con un contenido inolvidable: «No viaje señora, que aquí no hay lugar».

Así se comportaban antiguamente las nueras con carácter, esas mismas que a los 19 años les pedían a las suegras que no les hicieran sugerencias sobre la buena crianza de sus hijos porque ellas (las nueras) «ya estaban logradas».

Los tiempos han cambiado tanto, que ahora las suegras se desplazan por el territorio de la patria sin tantos preámbulos y desde luego sin avisos previos. Y las nueras (así como los yernos) ya no reaccionan furibundamente despachando inhospitalarios telegramas sino que reciben a las suegras en Semana Santa con el corazón abierto, por mucho que la madre política -además de chismes- sea portadora de un huevo de pascuas de esos que no caben parados en la heladera.

Como los salteños hemos podido apreciar durante la pasada Pascua, las suegras ya no son repudiadas por las nueras o por los nueros, que las reciben sonrientes y solícitos, a diferencia de lo que sucedía en los llamados «años de plomo», en los que junto a la intolerancia política había no poca intolerancia familiar.

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