Urtubey exalta las virtudes domésticas de Isabel Macedo y provoca un terremoto

En el mes de la mujer, y en fechas en que los principales líderes del mundo civilizado efectúan vehementes llamamientos a la igualdad entre hombres y mujeres, el Gobernador de Salta ha exhumado uno de los estereotipos que -al menos en la Provincia que gobierna- se consideraba enterrado y bien enterrado.

«Donde más brilla es en el hogar: es una gran ama de casa», ha dicho Juan Manuel Urtubey de su esposa, la actriz Isabel Macedo, quien lejos de sentirse menospreciada y menoscabada por un halago que muchas mujeres considerarían típicamente machista, ha respondido con su clásica alabanza de las virtudes (supuestas) de su marido: «Me enamora acompañarlo y ver cómo transforma la vida de su gente».

El intercambio de cumplidos entre los integrantes de la pareja gubernamental deja sin embargo una enseñanza bastante clara: el papel de la mujer consiste en «acompañar» al hombre y en «ver» lo que este hace (¡ojo con tocar!). Esta combinación de pasividades subordinadas es lo que, a juicio de Macedo, «enamora».

Por contra, para su deslumbrado cónyuge, lo que de verdad enamora no son las convicciones morales y políticas de su mujer (en el supuesto de que las tuviera), ni su coraje a la hora de defender causas justas, ni su arrojo, ni su compromiso; ni siquiera su trabajo. Son, por el contrario, sus habilidades con la espumadera y el plumero.

Isabel Macedo es una actriz consagrada (de la que nadie puede dudar que sabe hacer bien su trabajo), pero donde realmente «brilla» es en la intimidad del hogar, y no entre sábanas de blanco satén, como podría suponerse a juzgar por sus dotes interpretativas, sino como «ama de casa».

La certificación de este talento no representa, por donde quisiéramos mirarlo, un paso adelante en la lucha por la igualdad de las mujeres sino en todo caso un claro retroceso, ya que probablemente Macedo es, en este sentido, heredera del talento que en idéntica medida y extensión adornaban el carácter afable de sus abuelas, sus bisabuelas y sus tatarabuelas. Es decir, nada nuevo.

Pero lo más llamativo de todo (por no decir «insultante») surge cuando nos ponemos a pensar que la anterior esposa del Gobernador de la Provincia, una señora con letras mayúsculas, quizá no haya sido tocada por la varita mágica del buen hacer doméstico, y que no es portadora de un talento similar para el fregoneo y los guisos. Quizá porque la anterior Primera Dama tenía, como se dice, la cabeza muy bien amueblada, es que el mandatario prefirió dirigir sus misiles hacia otros objetivos.

Si después de esta revelación tan cariñosa, pero tan poco favorecedora de un auténtico estatus cívico de la mujer, la ministra Calletti vuelve a ofenderse porque unas cuantas gritonas la abuchean en una marcha, es sencillamente porque la ministra, encerrada en su laberinto, se entera muy poco de lo que pasa a su alrededor.