La muerte de Carlos Fayt, una pérdida sensible para la cultura de Salta

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Carlos Fayt pertenecía a esa clase especial de salteños, rara y poco abundante, que se dedica al noble y humano arte de pensar. Era uno de sus últimos y más lúcidos exponentes.

Su muerte nos alerta sobre el peligro de la inminente extinción de una categoría de ciudadanos que entiende su contribución al progreso de las sociedades en las que viven como un esfuerzo continuo por alumbrar y hacer circular ideas.

Cualquiera puede darse cuenta que en «una tierra de cantores y poetas», como se ha venido definiendo con insistencia a Salta desde el poder, la gigantesca aportación a la cultura del ilustre magistrado fallecido no ha sido destacada casi por nadie. Para el común de los ciudadanos de Salta -probablemente a causa de una perversa influencia del gobierno provincial, que ha convertido a la creación cultural en una mercancía de baja calidad, financiada por subvenciones ridículas- la cultura es algo bastante diferente a lo que el doctor Fayt practicaba.

Si juntásemos las mejores obras de cien perceptores de la famosa pensión al mérito artístico que concede el gobierno de Salta, no llegaríamos ni rellenar los cimientos de esa verdadera catedral del pensamiento político que Fayt supo con paciencia edificar a lo largo de sus prolíficos y bien llevados 98 años de vida.

El pensamiento político goza de un estatus ambiguo entre los salteños. Por un lado, consideramos antiguos a quienes se dedican a releer y reinterpretar a los clásicos. Lo hacemos en beneficio de un enfoque minimalista de la teoría política, que sirve para dar comer a una nueva clase de profesionales de la cuantificación, pero que aporta poquísimas ideas al debate ciudadano. Y cuando alguno se anima a desafiar al lenguaje teórico políticamente correcto, citando, por ejemplo, a Montesquieu, corre el riesgo de ser tachado de oportunista partidario.

Fayt estaba por encima de todo eso y lo demostró haciendo gala de una singular valentía cívica cuando el poder político de turno pretendió arrinconarlo y negarle sus méritos. Pero el ilustre salteño jugó sus cartas como un maestro y se dio el lujo de ver, en el ocaso de su vida y sin que se lo cuenten, el declive irreversible del mismo poder que pretendió execrarlo.

Por eso, algunas condolencias -como las del Gobernador de Salta- rezuman insinceridad y oportunismo. Porque fue el Gobernador de nuestra provincia, hasta solo un año atrás, el baluarte del mismo régimen que pretendió denigrar a nuestro empeñoso y tenaz comprovinciano.

En Salta hay calles y monumentos a personajes cuyo único mérito es haber dejado un descendiente con cierta habilidad para colar proyectos en el Concejo Deliberante. Ingenieros con pocos puentes, laicos comulgadores, maestros con pocos discípulos, etc. Los ejemplos abundan. Pienso que si en Salta aún existen funcionarios con un mínimo sentido de la decencia y con el coraje cívico que hace falta en casoscomo este, el nombre de Carlos Fayt debería imponerse sin mayores dilaciones a la Casa de la Cultura de la calle Caseros 460 o a todo el complejo de la Ciudad Judicial. Ninguno de estos edificios lleva el nombre de un salteño ilustre, como tampoco lo lleva el infame edificio de La Palúdica, que una vez limpio de residuos tóxicos, debería llevar el nombre de Arturo Oñativia.

Mucho mejor homenaje sería imponer el nombre del fallecido al edificio de la calle Caseros, porque sería un reconocimiento -tardío, pero reconocimiento al fin- de que el pensamiento político y jurídico es parte de nuestra cultura, por lo menos al mismo nivel que lo es la música carpera, las honras originarias a la Pachamama o el ballet folklórico.

Con ello conseguiríamos no solo reivindicar que la cultura es algo más vasto y complejo de lo que nos proponen los festivales etílicos que organiza el gobierno con el dinero de los ciudadanos, sino también darle a las ideas el lugar que les corresponde en el firmamento de la creación intelectual de nuestra sociedad.

Carlos Fayt y su prodigioso legado se inscribirán así en la línea a la que por derecho propio pertenecen Mariano Boedo, Facundo de Zuviría, Bernardo Frías, Atilio Cornejo Mollinedo o Ricardo Reimundín.