
En su breve pero fulgurante carrera como funcionaria, la titular de la cartera provincial de Derechos Humanos y Justicia, Cintia Pamela Calletti, ha tenido que presenciar ya varios abrazos, sin protagonizarlos.
Su actitud y su gesto frente a los abrazos ajenos parece cambiar, según las circunstancias (por ejemplo, la presión atmosférica o el porcentaje de humedad) y según también el diferente grado de simpatía que le despiertan los protagonistas.
Así como hace algún tiempo le dedicó una mirada feroz, digna de recordarse, a la pareja formada por los incómodos Santos Clemente Vera y Jean-Michel Bouvier, ayer ha hecho todo lo contrario. Es decir, ha aflojado sus armoniosas facciones para mirar con gran ternura a la pareja -menos incómoda, desde luego- integrada por el gobernador Juan Manuel Urtubey y el Ministro de Justicia del gobierno federal, Germán Garavano.
Parece claro que la pareja Vera-Bouvier -dejando de lado complicadas cuestiones procesales- tiene menos atractivo estético que el binomio Urtubey-Garavano, pero conociendo la poca inclinación de la ministra a la frivolidad, hay que pensar que la mirada asesina que dedicó a los primeros (y la dulce contemplación de los segundos) obedece a otras razones, digamos, más profundas.
Mientras los expertos del Colegio de Psicólogos de Salta investigan cuáles pueden ser estas razones, solo cabe pensar que una ministra, por el cargo que ocupa, debe a veces ejercer de estatua y mantener una prudente distancia emocional tanto de aquellos que le llevan problemas a su escritorio como de aquellos que le pagan el sueldo a fin de mes.
Como responsable de 'articular' las acciones del gobierno con las del Poder Judicial, una ministra de Justicia no se puede dar el lujo de echar miradas sentenciadoras sobre presuntos inocentes y de hacer todo lo contrario cuando el objeto que recibe la mirada es de su agrado. A todos debe tratar por igual; no solo con las palabras y los actos, sino también con los gestos.