Los enemigos del aire acondicionado aprovechan la pandemia para satanizar el refresco

  • El desgarrador drama que vive el mundo a causa del maldito virus pasará a la historia no solo por haber paralizado a países enteros, destruido parcialmente la economía y sumido en la perplejidad a los gobernantes más astutos del mundo, sino también por ser la ocasión para el despliegue de mentiras y bulos a gran escala.
  • Oportunistas y mentirosos

Primero fueron los antivacunas que culparon a las campañas públicas de inmunización de haber favorecido la aparición del nuevo coronavirus y el contagio mundial de la COVID-19.


Después fue el turno de los anticapitalistas que le echaron toda la culpa a la alocada carrera de consumo a la que está apuntada tres cuartas partes de la población del planeta.

También han hablado los enemigos del consumo de leche y los infaltables veganos, que, presurosos, han salido a decir que todo este infierno se debe a nuestra pasión por hincarle el diente al vacío de ternera.

Un poco más tarde, y con algunos datos en la mano de cuya fiabilidad es preciso dudar, han salido los antichinos, con el presidente de los Estados Unidos a la cabeza, para decir que el virus que ha llevado a la tumba a 330.000 personas en todo el mundo es producto de ese pure evil que es el imperio chino.

Dentro de este variopinto paisaje de irresponsabilidad se debe incluir a los negacionistas, a los que dicen no haber visto ningún féretro, a los que no han tenido parientes o amigos ingresados en los hospitales, a los que se retuercen de aburrimiento en sus casas, pensando que lo hacen inútilmente y solo para favorecer los intereses de gobiernos autoritarios y liberticidas.

Hoy mismo, y por si faltara alguno en esta lista, han aparecido los tradicionales enemigos del aire acondicionado, que dicen que estos aparatos pueden favorecer la expansión del coronavirus y el contagio de la COVID-19.

Todos los días se lee y se escucha que es muy difícil que el virus se transmita por el contacto con objetos y que se encuentre flotando en el aire. Casi imposible, dicen los científicos. Pero no falta quien recomiende no tocar los picaportes o los botones de los ascensores, o fregar con lavandina los envases de los productos que acabamos de comprar en el supermercado.

Los enemigos del aire acondicionado han añadido un nuevo demonio a su lista: los ventiladores, de los que dicen hay que usarlos poco, sin explicar el motivo.

La verdad es que los aparatos de aire acondicionado tienen algunos inconvenientes (consumo eléctrico, gases contaminantes, impureza del aire), pero ninguno que no pueda superarse con sentido común, un poco de higiene y la ayuda de la tecnología. Los aparatos con inverter han conseguido rebajar a un tercio el consumo de electricidad y los aparatos más nuevos emplean gases cada vez menos agresivos. El que no limpia los filtros de su aparato es porque es un vago o le gusta enfermarse.

Lo que no es posible es que haya gente que con la misma autoridad que dice tener el que le indica a un semejante qué debe o no debe llevarse a la boca, le diga que no debe usar el aire acondicionado, simplemente porque a ellos a los enemigos les gusta el calor y se sienten cómodos afrontando sus penosas consecuencias.

En estos últimos días, en algunas partes de España las temperaturas han subido por encima de los 30 ºC, lo cual para algunos es propio del tiempo primaveral. Si tenemos en cuenta de que en julio-agosto, en las mismas zonas los termómetros superan los 45 ºC, se entiende que mucha gente quiera reservarse para usar de su comodidad en los meses más cálidos.

Esta buena gente ha salido a decir que para que el virus se destruya hacen falta unos 50 ºC, cifra que, por cierto, no está muy lejos de los registros que se suelen producir en provincias andaluzas como Sevilla o Córdoba. O sea que la apuesta inconsciente es que una ola de calor infernal acaba con el virus de una buena vez.

Pero no hay nada que indique el aire acondicionado, tal cual como lo conocemos, transmita el coronavirus y enferme a la gente, como han dicho estos irresponsables. Solo se enferman aquellos que lo usan mal, igual que pueden enfermar los usuarios de cualquier otro electrodoméstico mal configurado.

Lo que no se puede hacer es condenar a las personas a achicharrarse en una habitación cerrada. Europa recuerda con pavor la ola de calor de 2003 que se cobró unas 70.000 vidas humanas, especialmente de personas mayores, por no contar la cantidad de animales muertos en campos, granjas y establos. Así como para el coronavirus no hay vacuna ni una cura conocida, para las olas de calor existe el remedio del frío, que, comparado con otros, es bastante más barato y sencillo de producir. El aire acondicionado salva muchas vidas humanas a un coste muy bajo, mientras que el calor mata sin piedad y muchas veces sin dar avisos previos.

El calor intenso y prolongado, que se ha hecho tan frecuente en los últimos veranos europeos, no puede ser un motivo de alegría para nadie, sino, al contrario, de preocupación, en un mundo acechado por el calentamiento global, la desertificación y la falta de lluvias. En estas condiciones, el aire acondicionado está dejando de ser una simple comodidad para convertirse en un recurso sanitario, como el oxígeno, o las pastillas contra la tensión arterial.