¿Podemos enorgullecernos los salteños de tener pocos casos confirmados de COVID-19?

  • Sin haber terminado de cerrarse, Salta debate ‘por sectores’ la reapertura de la economía y acuerda la vuelta al dique seco de una legión de burócratas que pasarán de tinquearse el coto en sus casas a hacerlo en las oficinas públicas.
  • El miedo llegó para quedarse

Si nos dejamos llevar por las palabras del Ministro de Gobierno, Ricardo Villada, en lugar de empezar a abrirse, lo que está haciendo Salta es perfeccionar el encierro. Es esa y no otra la interpretación que se ha de dar a su propósito de «endurecer» los controles de entrada a la Provincia y a la convocatoria a la Gendarmería Nacional para que refuerce el candado que mantiene a Salta aislada materialmente del mundo.


Es probable que la baja cantidad de casos confirmados en toda la Provincia (solo cinco) y el altísimo porcentaje de curaciones (100%) se deba al cerrojo sanitario impuesto por el gobernador Gustavo Sáenz. Pero es igualmente probable que estos números, que han disparado el optimismo en el gobierno, se deban a otros factores que ni siquiera son conocidos, porque en Salta no se estudia nada de esto. Ni los propios funcionarios sabe a qué o a quién atribuir el milagro.

La única verdad es que aunque el número de casos hubiese sido cero, los salteños están con miedo (miedo a salir, miedo a realizar actividades, miedo a perder el trabajo, miedo a enfermarse y miedo a morir). Todo esto no lo ha curado el cerrojo sanitario de Sáenz, ni lo curará.

En Salta no se producen vacunas, ni para gatos. Para remedios, los yuyos. La investigación científica en materia de microbiología es casi nula, de modo que los salteños viven pendientes de la esperanza de que países más avanzados desarrollen la vacuna o la cura que todos esperan. Lo que es prácticamente seguro ahora es que si estos hallazgos se producen, no se producirán en Salta.

Es decir, que cuando todo haya pasado (si es que realmente pasa), la situación en Salta no será mejor que en Milán, Madrid, Londres o Nueva York, en donde han muerto decenas de miles de personas y los hospitales (y las funerarias) se han hinchado hasta reventar. Tras el paso del huracán, los salteños experimentarán la misma sensación de desprotección e incertidumbre que los que viven o sobreviven en las ciudades más castigadas por la pandemia. Esto es inevitable.

Así como hay recetas ni tratamientos para curar la COVID-19, no los hay para el miedo paralizante al contagio y a la muerte. Sáenz no puede agotar su mandato como Gobernador con una Provincia cerrada a cal y canto, sin libertades y sin deliberación democrática, como está ahora Salta. Él lo sabe. En algún momento va a tener que abrir lo que permanecía cerrado y nos daba una cierta tranquilidad. El Gobernador deberá prepararse para un escenario de intranquilidad generalizada.

Dicho todo lo anterior, a la pregunta del título se debe responder que no hay motivo para el orgullo. El gobierno deberá seguir trabajando para cuidar la salud de los ciudadanos, pero ya no podrá utilizar el recurso excepcional del encierro masivo, pues se ha quedado obsoleto. Los ciudadanos tienen que salir, porque muchos de ellos necesitan salir para comer y para llevar el sustento a sus hogares. Cuando los salteños salgan y regresen a la producción, sin curas, sin vacunas y con una gran desinformación instalada en el seno de la sociedad, recién comenzará la prueba de fuego para Sáenz.

Si lo comparamos con lo que se viene, lo que hemos vivido desde el 15 de marzo a la fecha, nos parecerá siempre un juego o un baile de máscaras. El espectáculo del Procurador General inspeccionando el papel higiénico en el supermercado es digno de entrar en los anales de la tragedia, si no fuera por el intenso componente cómico que tiene.

Lo difícil será asegurar, no que los salteños no se contagien (pues puede que eso no ocurra nunca) sino que vivan tranquilos confiados en que su salud será bien cuidada por los hombres y mujeres del gobierno. El miedo es un enemigo más difícil que vencer que un microorganismo. Desde luego, no podrá vencerlo el Comité Operativo de Emergencia, que apenas puede con lo que tiene entre manos.

Y si los que viven en Nueva York, Madrid, Milán, Londres, Paris o Sao Paulo tienen un miedo razonable a lo que pueda venir tras la pandemia, por lo menos saben que, más tarde o más temprano, la solución saldrá de ellos. Los salteños, lamentablemente, no podemos estar seguros ni siquiera de eso.