En las últimas semanas se ha multiplicado en Salta la oferta pública (del gobierno provincial y de las municipalidades) de clases de apoyo para estudiantes primarios y secundarios que adeuden materias y deban examinarse antes del comienzo del curso escolar 2017. Este llamativo incremento de la oferta pone de manifiesto, en primer lugar, un elevado nivel de fracaso escolar, que no solo puede atribuirse a un déficit de motivación o de conocimientos de los estudiantes sino también a los pobres resultados del sistema educativo formal.
En segundo lugar, es obligado preguntarse si esta hiperactividad de los gobiernos a semanas vista de los exámenes no supone una competencia desleal o una interferencia distorsiva del mercado de la enseñanza particular; sobre todo, teniendo en cuenta que el gobierno provincial y algunas municipalidades ofrecen el apoyo escolar con carácter gratuito, solo porque los profesores y profesoras que lo prestan trabajan como voluntarios. Es decir, sin gastar un peso.
Quienes critican que el Estado se dedique a dar estas clases de apoyo sostienen que el esfuerzo por evitar el fracaso escolar no puede concentrase en seis semanas y que es a lo largo del curso lectivo cuando se debe demostrar que el sistema funciona. Si el Estado no es eficiente durante todo el año, es más que probable que tampoco lo sea en las pocas semanas de que dispone el estudiante en vacaciones para saldar su deuda de materias.
Por otro lado, quienes defienden esta iniciativa afirman que el Estado no puede desentenderse y dejar librado al mercado la suerte de los alumnos que han tenido dificultades durante el año.
Sin embargo, muchos consideran que esta política de "primero te hago fracasar y luego te ayudo" es equivalente a una política sanitaria basada en el contagio sistemático de enfermedades para después proceder a su curación.
Por otro lado, la intervención gratuita del Estado en la preparación de los estudiantes rezagados anula virtualmente la iniciativa de estos y recorta de una forma importante su autonomía. Hasta hace poco, los estudiantes con problemas que deseaban superar las dificultades se distinguían por buscar soluciones por ellos mismos. Ahora que el Estado extiende de hecho la impartición de clases durante las vacaciones, los incentivos al progreso y a la superación personal parecen haber desaparecido. La falta de incentivos se extiende a los padres de los alumnos, que al no tener que gastar dinero extra en la preparación de los hijos, se quitan el problema de encima y se lo trasladan al conjunto de la sociedad.
Antes que ayudarlos a superar sus fracasos se les debería enseñar mejor y no dejarlos librados a su suerte durante todo el año. Eso es lo que dicen quienes creen que la solución pasa por mejorar la calidad de los contenidos y el desempeño de los docentes.
Los alumnos, por su parte, se quejan de que los profesores más exigentes son los que menos conocen la materia que imparten y que las calificaciones muchas veces obedecen a otro tipo de factores (como la conducta, la simpatía personal o la fama) que al rendimiento efectivo en los exámenes. Son ellos los que defienden que el fracaso escolar se debe a causas sistémicas y no a la poca dedicación de los estudiantes.