Cuando las cosas no marchan bien y el gobierno no consigue convencer, ni con lo que hace ni con lo que dice, la única solución posible para asegurar la supervivencia de los funcionarios inútiles es fingir que estos saben más que los demás y que su misión no es la de gobernar sino la de sacar a los gobernados en la incurable ignorancia en la que viven. De un tiempo a esta parte, cansado ya de coleccionar fracasos y de darse de narices con la realidad, el gobierno que dirige Juan Manuel Urtubey se ha lanzado a explorar nuevas facetas, a buscar nuevos argumentos para convencer y justificar por qué se halla al mando.
Por ejemplo, la feceta de empresario, un rol que desempeña sin pudor ninguno en relación con el voto electrónico, que con permiso del Tren a las Nubes se ha convertido en la principal atracción turística de Salta.
Ahora también el gobierno es proveedor de formación. Pero no hablamos de la educación obligatoria y reglada (la de las escuelas y colegios formales, que por imperativo constitucional debe prestar) sino de un amplio rango de conocimientos informales que van desde la sofocación de incendios a la bioética, pasando por la prevención de riesgos laborales, la prevención antisísmica y la violencia contra las mujeres.
En estas materias, que son muchas, el gobierno presume de saber mucho más que el resto, hasta el punto que se da el lujo de organizar talleres y seminarios para enseñarles a los que saben más que ellos. ¿Quiénes son los capacitadores del gobierno? ¿Dónde se han formado? ¿Cuáles son sus competencias? Nadie lo sabe. Lo único cierto es que el poder de mandar supone en Salta que el que manda también está posesión del conocimiento. El que gobierna es el sabe (monopoliza el saber) y los demás son todos unos troncos.
Por supuesto que en Salta hay universidades. Pero las dos que existen -una privada y una pública- son centros clientelares, que dependen para funcionar sin tropiezos de su sintonía política e ideológica con el gobierno de turno. Mientras más calladas se mantengan, para ellas mejor.
En Salta -donde escasean los sabios- los pocos que hay no son independientes. Aquí no hay centros de estudios prestigiosos ni think tanks capaces de producir materiales para la reflexión y el debate. Hasta han desaparecido las mesas de café en las que se daban cita «sabihondos y suicidas».
El hueco es llenado por los activistas del gobierno, que luego de fracasar en su cometido específico (el de gobernar y solucionar los problemas colectivos) se dedican a enseñar lo que supuestamente saben a los que supuestamente no saben nada.
En esta vana pretensión de colocarse por encima de la sociedad libre en materia de conocimiento, el gobierno se ha dado el lujo de pretender enseñarle a los periodistas cómo informar en materia de adicciones, a los arquitectos cómo diseñar los edificios, a los médicos cómo relacionarse con sus pacientes, a los psicopedagogos cómo detectar de forma temprana una amenaza de violencia contra las mujeres. Y así un larguísimo etcétera de materias en la que el gobierno ni remotamente es especialista y en la que los enseñados generalmente saben mucho más que los enseñadores.
En una amplia variedad de casos, la capacitación a cargo de ignotos formadores del gobierno lleva como «extra» el adoctrinamiento ideológico o religioso. Sin embargo, son pocos los sectores de la sociedad y los especialistas en los diferentes temas que protestan por la interferencia del gobierno en la libertad de enseñar y aprender.
Va siendo hora que los profesionales libres y las organizaciones que se dedican a la enseñanza no reglada y les importa la calidad pongan las cosas en su lugar y le digan al gobierno que para enseñar lo que pretende no basta con ejercer el mando. Que hace falta demostrar otras cualidades que legitiman el derecho a enseñar. Que sus funcionarios, en la gran mayoría de los casos, no están ni remotamente preparados para suplantar o colocarse por encima de gente que lleva toda la vida estudiando.
El gobierno, con Urtubey a la cabeza, debería ser más humilde y reconocer que son sus funcionarios (incluido por supuesto el gobernador) los que necesitan ser capacitados por los expertos y no al revés. Y que de seguir por este camino no conseguiremos mejor cosa que hacer realidad la vigesémica pesadilla discepoliana de que es lo mismo un burro que un gran profesor.